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En Re Organic la sostenibilidad es como un mantra que se repite por todo su establecimiento.
Autor: Joan Ramis Boscana
Si hay un municipio de Mallorca que ha sabido labrarse una personalidad sin parangón, ese ha sido siempre Sóller. Al cruzar el túnel para ir bajando hacia el valle, el espectáculo de la naturaleza se cuela en nuestros ojos. Una nube de planes revolotea en nuestra cabeza mientras aparcamos en el centro del pueblo. Dejamos el coche cerca de Ecocirer, un agroturismo que promete estancias para recordar y que tiene un denominador común muy claro: el ecologismo. Pasamos al lado de Ca’n Pintxo, bajamos por carrer de Sa Mar y el restaurante Re Organic nos habla desde la acera. Su puerta permanece abierta y desde la calle ya podemos atisbar el abrazo en el que nos envolverá su interior. Mentiríamos si dijéramos que no habíamos oído hablar del proyecto; su fama y su buen hacer le preceden.
Nuestro asombro empieza a crecer desde el primer instante, justo cuando empezamos a movernos por su vestíbulo. Es ahí cuando nos damos cuenta de algo que no esperábamos: esto es mucho más que un restaurante; también es una tienda de productos cien por cien saludable. A nuestra izquierda tenemos cajas de frutas y verduras de temporada, una oferta combinada con tarros repletos de todo tipo de cereales y legumbres; a nuestra derecha hay un repertorio de vinos ecológicos de Jaume de Puntiró, la kombucha de Isla y el aceite de Son Moragues. Puede que la gastronomía sea el eje central del proyecto, pero cuando nos fijamos en los acabados del restaurante – ellos mismos se encargan de diseñarlo – y los sumamos a la tienda que acaba de maravillarnos, entendemos que en Re Organic la sostenibilidad es como un mantra que se repite por todo el establecimiento. Aquí se cree en la bioconstrucción, el consumo ecológico y una dieta orgánica. ¿Cómo no íbamos a entrar?
Por dentro el restaurante es un ejemplo de elegancia y calidez: mesas y sillas de madera y un conjunto de lámparas que forman un bonito entramado de colores. Desde la barra nos ofrecen una mesa en el jardín, un espacio con un encanto cautivador que le pone el lazo a un sitio que, aún sin habernos sentado, nos parece medido al detalle. Nos acomodamos en un sofá que hace esquina, cobijados por la sombra de unas plantas que crecen cerca de un estanque. El resto de mesas están adosadas a las paredes, en un espacio gobernado por una morera. El lugar es precioso, el piar de las aves y el murmullo del agua así lo confirman. La camarera nos enumera las sopas del día, pero el calor es ya una realidad y hace un sol de justicia. Por eso nos trae una ensalada que nunca nos había durado tanto, enmarcada en una sección de la carta titulada Mundo Vegetal. La razón está en su contundencia: hojas de kale marinadas en shiro miso y lima y salteadas, acompañadas de trigo sarraceno en dos texturas. Cuando la materia prima se cuida, el resultado se nota. El sabor del plato es tan auténtico, tan de verdad, que degustarlo es como darle un mordisco al campo.
Las camareras se pasean por las mesas para preguntar si todo está al gusto del cliente. Como respuesta nosotros le señalamos nuestro plato vacío y la relajación que reina en el jardín. En poco tiempo nos hacen llegar uno de los platos principales: tagliatelle con pesto rosso. La pasta está perfecta, al dente. La enrollamos con nuestro tenedor y unos pimientos asados a la llama crepitan en nuestra boca. Dos ingredientes se escuchan de fondo como un eco, y no son otros que el queso de anacardos y los frutos secos, una pareja de ingredientes que le da una pincelada suave y crujiente a una pasta que es un primor.
Nos hemos quedado con ganas de más Re Organic: de probar una hamburguesa con pan de Forn de Barri, de comer un taco de calabaza confitada con especias o de bebernos una Sullerica. Regresaremos a Sóller porque hay mucho por descubrir.
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