Marcar como favorito

Moge

El zapato artesanal que desafía las tendencias

Producto Local
Autor:
Aina Coll
Fotógrafo:
Jaume Oliver
09.02.2026
En la era del deseo volátil y el consumo frenético, entre las generaciones más jóvenes hay quien reivindica la herencia artesanal y el trabajo lento. Es el caso de Toni Gelabert, un artesano de Lloseta que recupera modelos de zapatos tradicionales y, a través del diseño, desafía prejuicios y algoritmos.

Aunque el padre de Toni Gelabert Morro regentaba un taller de zapatos en un pueblo en el que el calzado artesanal dio forma a su economía e identidad local durante décadas, él, reconoce, no sintió especial interés por el sector durante su infancia ni adolescencia. Tanto es así que al jubilarse su padre de forma prematura por una afección en la vista, se desprendió de gran parte de la maquinaria ante la falta de relevo generacional. Sin embargo, caprichos del destino, una pandemia y mucho tiempo libre para probar cosas nuevas cambiaron los derroteros de esta historia.

«Cuando nos confinaron, hice un par de zapatos con lo que había en el taller porque no me gustaba ver que, fuera a donde fuera, todo el mundo llevaba los mismos. Quise hacer algo diferente y me lancé a por unas patateras coloridas y con alegría, así empezó el hobby». Este hobby, en realidad, se convirtió rápido en un trabajo. Gelabert cambió los cuchillos de la carnicería en la que trabajaba por el delantal de una fábrica inquera donde adquirió experiencia y conocimiento. Después, emprendió la aventura de crear su propia marca: Moge.

La primera sílaba de cada uno de sus apellidos (Gelabert Morro, cambiados de orden) es la bandera de un proyecto que recupera el zapato tradicional y lo actualiza, más que reinventa, a través de la creatividad. «Lo que me atrajo fue el diseño», cuenta Toni, «aunque disfruto de todo el proceso». Y el proceso empieza en la búsqueda de inspiración. «Me gusta pasar un día solo en la montaña y anotar ideas, aunque a veces llegan a las tantas de la noche y no me dejan dormir», explica entre risas, retales de piel y hormas amarillas.

De hecho, Serra es el nombre de su primer drop, una colección de cinco modelos que homenajean el paisaje de la Tramuntana y trasladan sus tonos y texturas en la combinación de pieles. El resto de modelos, los crea a medida. «Me encanta que la gente venga al taller -con cita previa, eso sí- porque aquí puede escoger el color, la piel, el hilo y la suela y tener un par de zapatos únicos, que no tiene nadie más».

 «Me gusta pasar un día solo en la montaña y anotar ideas, aunque a veces llegan a las tantas de la noche y no me dejan dormir»

Las porqueres y las patateres, así como las avarques menorquinas, son sus modelos estrella. Formas que se han utilizado tradicionalmente en el entorno rural y en el desempeño de trabajos agrícolas, y que con el declive de la agricultura y la deslocalización de la industria se estaban perdiendo. El propósito de Toni es, con creatividad, atrevimiento y un toque moderno, recuperarlas, y la idea parece que ha gustado a un público muy diverso: «payeses, oficinistas o margers, la gran mayoría son mallorquines, pero también hemos enviado zapatos a Italia, Dinamarca, Alemania… es gente que valora la artesanía, el servicio y la calidad», dice cuando le preguntamos por su clientela.

 «Yo prefiero vivir el presente»

Hasta el taller llega gente muy dispar: algunos con las ideas muy claras y otros quieren que los orienten; también están los abiertos a dejarse sorprender -a pesar de la responsabilidad que esto conlleva, admite Toni-, y mujeres, cada vez más mujeres, que rompen con la asociación de las porqueras con un imaginario masculino. «Las porqueras realmente son para hombre y mujer, pero antes se hacían en marrón, azul y nergo. Cuando empiezas a mezclar colores, el mercado se amplía. Hay una evolución y eso me gusta mucho».

Ahora que los cimientos de Moge están asentados en este pequeño taller que corona la cuesta del Carrer Lluna, Toni recuerda la dureza de los inicios, pero se reafirma en el presente y mira con optimismo hacia el futuro. «En Mallorca quedan cuatro personas trabajando el zapato clásico y yo soy el más joven, así que imagino Moge posicionándose como marca, pero quién sabe, quizá acabo en Brasil… No lo sé. Yo prefiero vivir el presente», zanja quien se ha ganado, con los pies en la tierra, el derecho a soñar.