Ahlam Bahri creció entre aromas y recetas cuidadosamente emplatadas. De niña, husmeaba alrededor de sus tías mientras cocinaban para bodas y servicios de caterings. Fascinada por todo lo que ocurría entre fogones, la gastronomía estaba ahí desde el principio, aunque a los dieciocho años, reconoce, todavía no tenía claro si quería convertirla en profesión o decantarse por las Bellas Artes.
La respuesta llegó con las manos en la masa. Pasó por restaurantes y hoteles y, poco a poco, confirmó que su lugar estaba en una cocina. Más tarde completó su formación en la Escuela de Hostelería de les Illes Balears, donde cursó el programa de Especialista en Alta Cocina, y empezó a tomar forma una idea que llevaba tiempo en su cabeza: abrir su propio restaurante, pero no un restaurante más.
“Siempre estaba pensando en abrir algo que no existiera”, cuenta sentada en la barra de Yumee, el proyecto que imaginó y que hace ahora tres años se convirtió en realidad. “Quería que mi proyecto fuese una propuesta diferente e innovadora” en la que poder “transmitir todo lo que tenía dentro: la cocina de mi origen y la cocina que me apasiona”.
“El producto local es el protagonista de la cocina y la base de nuestro éxito”.
Ese “algo que no existiera” es una combinación tan inesperada y sorprendente como sabrosa y cautivadora: una combinación alquímica de la cocina del Magreb y la gastronomía japonesa que Alham y su equipo consiguen que casen a la perfección y elevan con un factor determinante: el producto local. “Es el protagonista de la cocina y la base de nuestro éxito”.
Aquí las fronteras gastronómicas se difuminan en forma de platillos (como el tabulé Umami, que combina sémola de cebada marroquí, algas marinas, edamame y brunoise vegetal), crudos (el tartar de atún sobre crujiente de sésamo negro es un imprescindible), brochetas a la robatayaki (incluída opción vegana) y una selección de makis fresquísimos preparados a la vista del comensal.


“Los viernes son un día sagrado en la cultura árabe. En mi familia es el día de encuentro, cocinamos cuscús y lo pasamos bien. Quise hacer lo mismo en Yumee”.
Aunque el concepto no deja indiferente a nadie, no es lo único que rompe moldes en este restaurante de Platja d’Alcúdia con espacio para cuarenta clientes. Los viernes es día de omakase open bar: una barra libre de sushi de autor acompañada de un espectáculo de danza árabe en directo. La idea surgió el día de la inauguración y funcionó tan bien que terminó convirtiéndose en una cita semanal, con lista de espera incluida. Tiene sentido. “Los viernes son un día sagrado en la cultura árabe. En mi familia es el día de encuentro, cocinamos cuscús y lo pasamos bien. Quise hacer lo mismo en Yumee”.
La tercera temporada, la de 2026, ha sido también la de la consolidación. Yumee abre sus puertas en abril y las cierra a finales de octubre, siguiendo el pulso de la temporada mallorquina. Entre sus clientes hay turistas que vuelven al año siguiente y residentes que han convertido el restaurante en uno de sus habituales. Para quienes llegan por primera vez, en cambio, la sorpresa suele despertar la misma pregunta: “Me preguntan mucho de dónde soy porque se sorprenden por la novedad y la mezcla de sabores”.
Es sabido que encontrar gente apasionada en el sector no es tarea fácil, pero la chef y propietaria se vuelca en la formación del equipo para “enseñar todo lo que sé, de corazón, y transmitir mis conocimientos” desde una convicción sencilla: “Pienso que hay que dar oportunidades como me las dieron también a mí”.
Cuando proyecta el futuro, Alham sueña con ampliar Yumee. Hacerlo más grande, con más espacio y más equipo, pero sin perder aquello que lo hace diferente desde el principio. “Quiero que siga siendo el mismo concepto”, dice. Y todo parece indicar que está en el camino correcto quién, a pesar de la distancia geográfica, ha logrado que dos culturas se encuentren alrededor de una mesa y se entiendan tan bien.



