La vemos montar su puesto con gesto resuelto: deposita sobre un suelo enarenado unas cajas en las que se adivinan láminas y cuadros, arma una mesa que debe alcanzar los dos metros de longitud. Con un mantel blanquecino cubre la superficie del que será, a lo largo de esta bochornosa tarde estival, el expositor donde presentará su obra. Sus ademanes son los de alguien que se está fogueando en los mercados de arte. Movimientos ágiles que no la impiden saludar a sus compañeras mientras ellas también disponen sus mostradores. Hoy el enclave es Sa Ràpita, en pocos días la chincheta se clavará en las latitudes de Pollença. La semana que viene le tocará el turno a Puigpunyent. Peti Collage podría considerarse una nómada. Hace nueve meses que fijó su residencia en Mallorca, pero su trabajo la convierte en una artista errante que carga con ella sus avíos. El sol empieza a ponerse tras el faro de s’Estalella, pero aún pica. Los artistas se cobijan bajo una estructura de madera que la organización ha facilitado a tal efecto, una para cada proyecto. De vez en cuando, rachas de aire traen consigo un aroma salino.
Nos acercamos a ella cuando el ambiente del mercado adopta un aire festivo. Niñas con coletas a hombros de sus padres, extranjeros que lamen un helado de pistacho, veinteañeros que se llevan un botellín de cerveza a los labios. Los temas que propone el DJ se elevan sobre la concurrencia y el calor nos ofrece una tregua. Julia Petisco se muestra categórica cuando explica el porqué de su trabajo. «Llevaba unos años trabajando por cuenta ajena y tomé la decisión de dejar ese camino. Cuando estuve un poco a solas y conmigo misma, el collage me encontró a mí». Detiene su explicación y nos deja con ganas de más; algunos clientes acaban de llegar a su puesto con expresión curiosa. Observan su obra sin perder detalle: láminas que cuentan historias sobre el cuerpo de una mujer atravesado por una flor, sobre una pareja que baila en una taza de café, sobre un rostro femenino inundado por un mar transparente. Este es el imaginario de Peti Collage, su proyecto artístico. «Estaba buscando un hueco para saber quién soy. Intentaba llenar mi tiempo y despejar la mente con una finalidad terapéutica».
Julia siempre había albergado un enorme interés por el arte en todas sus formas, una sensibilidad como espectadora que la llevó a buscar inspiración allá donde se posaban sus ojos, que han bebido de muchas fuentes. Entonces su cabeza la empujó a lanzarse a lo desconocido, un salto que suele enfrentarse con algún que otro atisbo de vértigo. Pero no en su caso. «El collage es bastante democrático si quieres iniciarte en él. En su máxima esencia, se trata de cortar y pegar. Por lo tanto, en ningún momento sentí esa barrera de miedo a la hora de afrontar su técnica».
«Mi padre era profesor de cerámica, y siempre le recuerdo con las manos en el barro».
Julia nació en Asturias. Vivió hasta los diecisiete años en Ribadesella, un lugar recoleto y bañado por dos aguas: la mansedumbre del río Sella y la fiereza del Cantábrico. La altura de sus montañas protege a sus habitantes, pinta el paisaje de un verde irrigado por las lluvias. Un mes antes de cumplir la mayoría de edad, empacó un par de maletas y se marchó a Madrid para estudiar Comunicación Audiovisual. La capital le causó una profunda impresión desde que puso un pie en sus aceras. Nunca dejó de apreciar la arquitectura de sus edificios: el señorío de sus fachadas, la curvatura de sus cornisas. «He tomado parte de mi inspiración de las exposiciones a las que iba. Mucho de cine, mucho de foto, mucho de diseño. En Madrid tenía muy a mano una gran cantidad de actividades de las que poder nutrirme».
Fue la villa quien la configuró como artista y como adulta. Su labor siempre estuvo asociada a la industria cultural. Después de haber trabajado durante cuatro años en la distribución audiovisual de festivales cinematográficos, decidió que su carrera tenía que dar un vuelco. Un giro de ciento ochenta grados que podría estar conectado con el talento de su padre. Sus facciones se vuelven melancólicas cuando le evoca. «Mi padre era profesor de cerámica, y siempre le recuerdo con las manos en el barro. En nuestra casa tenía un pequeño estudio y en el instituto donde impartía clase disponía de un taller con un torno y un horno. Vengo de una familia que practica la artesanía. Mi tío talla en hueso, mi tía cose y tapiza y unas primas de mi padre son pintoras. Cuando quieres descubrirte a ti misma, esa es una semilla que está ahí plantada». Y ya sabemos que a toda semilla se le tiene que derramar un riego constante.


«Esto no es solo un reto creativo; es un compromiso con el medio ambiente».
Ese riego ha sido su esfuerzo, que en sus inicios tuvo un punto de exploración y juego. Probó con las tijeras, con el cúter, con el bisturí. Una experimentación que consiguió definir su estilo cuando algunas causas se cruzaron en el camino de Julia. Temáticas de rabiosa actualidad que espolean su creatividad en todo momento prolífica, pues nunca ha dejado de crear. La obra de Peti Collage está trufada de diseños que denuncian el machismo, que subrayan los matices de las relaciones interpersonales, que reivindican su preocupación por el cambio climático. Todo salpimentado con un humor mordaz. De hecho, esa consternación por los derroteros que toma el planeta no solo está presente en sus diseños; es parte constitutiva de un proceso puramente analógico. «Voy por la calle y me fijo en lo que se ha tirado por si encuentro un material que sea potencial para mi obra. Revistas y catálogos que a veces son de calidad. Cuando tu entorno empieza a enterarse de lo que buscas, también te regala cosas. Intento darle una segunda vida a algo que acabaría desechado. Esto no solo es un reto creativo; es un compromiso con el medio ambiente».
Desde que desembarcó en Mallorca hace menos de un año, Julia ha encontrado en la isla otra clase de inspiración. Un tempo más sosegado en el ir y venir de la gente, otra paleta de colores en el litoral balear. Sus collages pueden adquirirse en distintos puntos de venta como la tienda Just Sant Elm, Botons Palma y en la librería La Salina. Los diseños que realiza en el estudio de su casa no suelen exponerse en galerías, como si el collage no tuviese cabida en sus paredes. «Son muy jerárquicas y la concepción que tienen del arte es algo antigua. Pintura por encima de todo. Lienzo y brocha. Es cierto que algo está cambiando porque el collage está ganando presencia, pero se sigue teniendo una mentalidad un poco arcaica sobre lo que debe exponerse en una galería». Peti Collage ha presentado su obra en un amplio espectro de espacios, aquellos que conforman un circuito más underground: numerosos bares en los que ha brillado a título individual y exposiciones colectivas como la del Matadero Madrid. El colofón de su carrera, sin embargo, lo vivió en el Ateneo de Málaga, donde su trabajo Identidades notables ocupó la sala Frank Rebajes.
La jornada empieza a decir adiós a las fiestas de Sa Ràpita. Julia Petisco mira el cielo y piensa en el presente, en la exposición que puede disfrutarse hasta finales de septiembre en La Mujer de Verde, un restaurante vegano situado en el centro de Palma. Pero también tiende su mirada hacia el futuro próximo: hacia su página web que está en pleno desarrollo, hacia su tienda online donde podrá ofrecer sus creaciones, hacia la identidad visual de su marca, que renovará junto a un diseñador gráfico que es amigo suyo. «Cojeo un poco en esas cosas porque no soy nativa digital, por eso me gusta tanto trabajar con las manos». Acto seguido, en la noche retumba un concierto de fuegos artificiales.



