Arquitecto de formación y ceramista por vocación, Roberto Paparcone se recuerda a sí mismo caricaturizando a amigos y familiares desde bien pequeño. En el papel encontró, reconoce, una vía de expresión que lo acompañó durante sus estudios universitarios y sigue muy presente, todavía hoy, mucho antes de sentarse frente al torno.
Su trayectoria en la cerámica empezó por casualidad. “Me regalaron un curso de un mes en Barcelona y después no lo dejé. Me atrapó y como diseñador descubrí que podía crear mis diseños con las manos”. Desde entonces, se ha formado con referentes como Misako Homma, Marc Vidal, Joan Pere Català Roig y Ana Felipe, y altas dosis de autodidactismo porque si algo tiene claro es que, en esto de la artesanía, la formación implica responsabilidad. “Puedes empezar improvisando, pero luego tienes que aprender las técnicas para controlarlas”.
“Mallorca me ha dado un hogar y la posibilidad de conectar con gente con la que siento que buscamos lo mismo”.
Luego, llegó a Mallorca. Hace diez años ya, aunque reconoce que, cuando echa la vista atrás, siente que ha pasado mucho más tiempo, pues en este lado del Mediterráneo gestó su marca —Paparkone— , que ya cuenta con un showroom —en el callejón de Sant Feliu, una excepción en la ciudad que retrotrae a la Palma de antaño— y un taller, a penas a diez minutos paseando. “Mallorca me ha dado un hogar y la posibilidad de conectar con gente local y que no ha nacido aquí, pero con la que siento que buscamos lo mismo: contribuir a un mundo más sostenible y ético”.
Con influencia arquitectónica y mirada creativa, Paparcone crea colecciones que nacen de un concepto, se incuban en el trazo y toman cuerpo en la cerámica, a veces en solitario, a veces con marcas con las que siente conexión. “Disfruto de la soledad desde el punto creativo porque se necesita silencio e introspección, pero el momento colaborativo permite juntar disciplinas diferentes y es siempre un aprendizaje mutuo”.
CA NA TONETA, Biznaga Atelier o Adalt Brewing son algunos de los proyectos de la isla con los que ha generado sinergias con el convencimiento de que “colaborar, más que sumar, multiplica”. Con la cervecería palmesana, por ejemplo, la propuesta nació de la admiración. “Me gusta su producto y las colaboraciones con diseñadores para vestir sus latas, así que les propuse hacer una etiqueta cerámica”. A partir del estudio del packaging, creó una serie numerada de tazas que, a modo de lienzo, recogen la historia de HERR FISCHMANN, una narrativa que surgió de la conversación entre ambos equipos.
Sus piezas en solitario también narran historias, muchas, con mensajes que nos interpelan. Design your souvenir o Antonia la Dimoni cuestionan cómo viajamos y nos relacionamos con el destino. “Son un recuerdo que no solo pegas en la nevera, sino que te hacen revivir la experiencia” porque “es importante que la gente se vaya con información del patrimonio, del lugar que visita”.


“Es importante darle su lugar a los que nos precedieron y han transmitido el conocimiento. Ahí está el valor político de aupar a un mayor nivel el patrimonio artesanal”.
La creatividad y la técnica se encuentran en el taller, un espacio en el que Roberto también ofrece workshops. La idea germinó en Armenia, donde dio clases como invitado, y decidió desarrollarla aquí tras meditar, largo y tendido, qué quería ofrecer. “Para mí enseñar es una gran responsabilidad y lo enfoco siempre desde el diseño porque creo que es lo que falta, muchas veces, en el campo de la artesanía, que haya diseño detrás de una técnica”.
En formato intensivo o mensual, tiene claro que su taller no es una escuela ni un espacio lúdico sino más bien como “abrir las puertas de tu estudio para que la gente tenga un día a la semana su propio estudio, sin móviles ni distracciones” ahora que la cerámica está en auge.
“Yo no creo que pase de moda. Hay que tomarla con respeto, aprender de los que estaban antes y contribuir, y el diseño tiene su función aquí, para que siga viva”, reflexiona, mientras recalca la necesidad de abrir la conversación e interpelar a los involucrados, los que crean ahora y los que en su día abrieron el camino.
“Es importante darle su lugar a los que nos precedieron y han transmitido el conocimiento. Ahí está el valor político de aupar a un mayor nivel el patrimonio artesanal”. Lo dice, de nuevo, con respeto y tono reflexivo, él, que acaba de ganar el Premio de Artesanía del Consell de Mallorca en la categoría de Innovación y Diseño. “El reconocimiento sirve como ejemplo para generaciones nuevas de que este trabajo puede ser contemporáneo”, sentencia.



