Hay una canción de Izal que describe a una mujer mirando por la ventana de una cafetería. Alguien que nos incita a sonreír. Una heroína que desea conceder sus superpoderes a los demás para que todos estemos en un mismo plano, en igualdad de condiciones para disfrutar de lo que nos regala la vida. Este tema musical y el nombre del restaurante donde nos encontramos son homónimos, pues estamos sentados en una mesa de La Mujer de Verde. Un establecimiento que se inauguró en 2021 en la porta de Santa Catalina. Al escuchar la letra de Izal, nos vemos casi encarnando el papel de este personaje misterioso. Tan solo nos falta el traje con el que se engalana la mujer. De manera involuntaria, nos vemos emulando sus gestos. Atisbamos la ciudad de Palma por el ventanal del local: algunos niños juegan en un parque infantil, una pareja se besa en un banco de la plaza. Sonreímos. Tenemos a Paula Ramírez sentada delante de nosotros, la portavoz de un proyecto que también ha hecho sonreír a todo aquel que cruza sus puertas.
«A mi padre le regalé una entrada para ver el concierto de Izal cuando cumplió sesenta años. Él no conocía al grupo y la última canción que tocaron fue La Mujer de Verde. Le llegó mucho, se le puso la piel de gallina». Paula se refiere a la influencia que ejerce esa partitura, unos versos inspirados en una protagonista que arroja un halo de luz a los desamparados. A los que no sabemos qué hacer cuando andamos perdidos. Desconocemos si ese era el estado anímico que atravesaba a Juanjo Ramírez, el chef del restaurante, al escuchar una composición musical que se alojó en su cabeza para no salir de ahí. Eso fue en septiembre de 2021, casi un año antes de que padre e hijos corrieran la aventura que los ha llevado hasta aquí. Para Juanjo, montar un restaurante no era cosa nueva. Estamos hablando de uno de los socios de El Bon Lloc, un local que se granjeó una reputación sin igual por una razón muy loable y sencilla: fue el primer restaurante vegetariano fundado en Mallorca. Dicho lo cual, podríamos considerar al padre de Paula como un pionero. El Bon Lloc abrió sus puertas en 1978. Si tenemos en cuenta el contexto social de ese momento, entenderemos su gesta.
«Quisimos incorporar mejoras en la carta, que la comida fuese de mayor calidad».
Fue la pandemia quien activó un cambio de planes. El Bon Lloc tuvo que cerrar a causa del confinamiento, una clausura que coincidió con el momento en que Paula y Carlos – su hermano – decidieron emprender. «La Mujer de Verde es como un primo hermano del local que fundó mi padre. Quisimos incorporar mejoras en la carta, que su comida fuese de mayor calidad y que los platos tuviesen un corte más internacional». Nosotros somos unos asiduos a La Mujer de Verde, unos enamorados de las manos de Juanjo cuando se pone a jugar con ellas en la cocina. Este precursor del veganismo se unió al proyecto que sus hijos querían lanzar. Hemos probado su menú semanal para comer y también para cenar; abrir de noche es otra de las novedades que marcan diferencias respecto al El Bon Lloc. La sutileza de su iluminación es como un faro que, en la oscuridad, te guía hasta el color verdoso de sus paredes.
Son las tres de la tarde cuando nos reunimos con Paula. Algunos comensales están acabando de comer y otros se acomodan en las mesas, pendientes de la carta. Las veces que nos hemos llenado el buche en La Mujer de Verde, que han sido unas cuantas, hemos saboreado unos raviolis de remolacha, unos tacos de jackfruit mechado o una berenjena al grill con humus de guisantes. Lo que Ramírez y sus ayudantes preparan entre fogones son auténticas virguerías culinarias. Como hoy ya hemos comido, Paula nos invita a unos postres que son una delicia. Mientras nos endulzamos el paladar con la vertiente vegana del Ferrero Rocher y el Kinder Bueno – así describen en su carta esta mezcla llamada avellana remix –, Paula nos explica por qué en su familia la alimentación sana ha sido un pilar. «Mi padre siempre ha sido muy combativo. De joven ya estaba metido en todas las luchas sociales y manifestaciones. De hecho, fue de los primeros en impulsar que Cabrera fuese parque natural». En ese momento, saca su móvil y nos enseña la imagen de un Juanjo más lozano en los años noventa. No es de extrañar que alguien tan guerrillero y apasionado, adherido a todos los movimientos que persiguen un mundo más justo, abriese el Bon Lloc para luego unirse a La Mujer de Verde con sus hijos.


«Los datos indican que cada año hay más gente vegana y vegetariana. Esto es el futuro».
El público que acude a este local es tan diverso como sus platos, y comparte los mismos rasgos que sus fundadores: personas concienciadas con el medio ambiente y preocupadas por la salud, en su mayoría mujeres con una horquilla de edad entre los treinta y cuarenta años. Al señalar la óptima ubicación con la que cuenta el establecimiento, Paula dice que «somos de Palma y nos hemos criado aquí, y esta es de las pocas zonas de la ciudad que aún puede considerarse barrio. Nos gusta la idea de saber quiénes son nuestros vecinos». Esa familiaridad que desprende la energía del restaurante también la practican a la hora de conseguir sus productos, pues proceden de proveedores locales. En La Mujer de Verde todo queda en casa, en la isla. La calidad de los ingredientes es excelsa y su raíz es completamente natural. «Los datos indican que cada año hay más gente vegana y vegetariana. Esto es el futuro. Restaurantes como el nuestro también están aumentando a nivel global porque la otra opción ha dejado de ser sostenible. Lo que ocurrirá en algún momento es que la carne será para elitistas».
Nos fijamos en las paredes de La Mujer de Verde, donde algunas artistas que viven en la isla pueden exhibir su obra durante un mes entero. De esta manera, dan visibilidad a la creatividad que reina en Mallorca a partir de trabajos con un mensaje feminista, animalista o apegado al veganismo. El local hace las veces de escaparate para aquellas que no pueden permitirse estar en una galería. Se llama democratización del arte. Hincamos la cuchara en la última porción de la avellana mientras las ilustraciones de Belén Pez, desde los muros del local, nos cautivan con sus trazos. Paula nos despide con un abrazo y una sonrisa, la misma a la que nos alienta la protagonista de la canción de Izal. La misma que esgrime Juanjo Ramírez cuando pasamos por delante de la cocina. Le vemos sostener un brote de albahaca entre sus dedos. Se acerca a la puerta, posa su mano sobre nuestro hombro y nos da las gracias por nuestra visita.



