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La Mujer de Verde

Verde que te quiero verde

En La Mujer de Verde han sabido diseñar un establecimiento que destila buen gusto.

Autor: Joan Ramis Boscana

La primera exposición de Peti Collage en Palma se celebra en un restaurante del que hemos oído hablar: la Mujer de Verde. Caminamos por las calles del Puig de Sant Pere, un barrio emblemático que en la época medieval fue un pueblo pesquero, y que ocupa un lugar importante en el corazón de cualquier llonguet. De camino a nuestra cita, cruzamos uno de los puentes que vadean Sa Riera y nos fijamos en la imponente muralla gobernada por Es Baluard, en sus vistas a un puerto donde centellean las luces. Y casi arrimada al muro que cerca el caso antiguo de la ciudad, en la plaza Porta de Santa Catalina, encontramos la puerta de un lugar que ha venido para quedarse. 

Nada más franquear el umbral, presentimos que la velada será especial. La iluminación de La Mujer de Verde es agradable, tenue. Proviene de una pared de piedra encalada y dividida en dos tonos: un blanco minimalista y un verde que nos zambulle en la idiosincrasia del establecimiento. La obra de Peti Collage cuelga de los muros y decidimos tomar algo. Carlos nos atiende con una sonrisa franca, dispone sobre nuestra mesa un par de cervezas que llevan el nombre del restaurante.

El primer trago es refrescante, tiene el toque afrutado de una IPA con carácter, fermentada de manera artesanal en la fábrica Juntos, en Bunyola. Se acoplará como un guante a una cena que no habíamos planeado, a la que nos vemos casi obligados tras haber leído la carta. El aroma cítrico de la IPA condimentará las recetas que Juanjo Ramírez, desde los fogones, elabora con enorme maestría. Juanjo capitaneó con mano experta la cocina del Bon Lloc durante cuarentaidós años, el restaurante que puede vanagloriarse de ser el primer vegetariano inaugurado en Mallorca. Sus credenciales hablan por sí solas.

Aterrizan en nuestra mesa unos raviolis de remolacha con queso de anacardos. La estética del plato es de una delicadeza que cuesta creer, una propuesta salpicada de pétalos coloridos que invita a observar, a admirar sus atributos antes de saborearlos.

Tras un momento de embeleso, las láminas de remolacha ceden con suavidad bajo la presión del cuchillo. Nos llevamos el tenedor a la boca. Nuestras papilas gustativas se activan de golpe. La esponjosidad del queso se entremezcla con la crudeza de la remolacha. Se hermanan con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida. Mientras saboreamos esta sorprendente fusión, descubrimos casi sin querer un elemento que no entraba en nuestros planes. El pesto de pipa de girasol irrumpe en escena y pide protagonismo, camuflado bajo el queso, rodeado por una quinoa garrapiñada que redondea una obra que es casi un milagro.  

El segundo plato consiste en unos tacos de jackfruit mechado con pico de gallo y jalapeños. Un viaje a México con identidad vegetariana y pellizcos picantes. Cada bocado es un canto a la reinterpretación de la cocina, una versión crujiente donde se conjugan el frescor de la verdura y el agradable escozor del jalapeño. Un picor juguetón que consigue aliviarse gracias a las pinceladas de un cilantro que va por libre. Queda prendido en nuestra lengua porque no quiere que nos olvidemos de su carácter. Mientras degustamos la mixtura de ingredientes, nuestros ojos se pasean por las otras mesas: los comensales charlan animadamente bajo la intimidad que proporciona una luz indirecta. La Mujer de Verde ha sabido diseñar un establecimiento que destila buen gusto. La experiencia de su equipo – sus miembros son familia – se nota en su carta, en la decoración, en un trato que irradia calidez. Nos hemos quedado con ganas de probar su menú. Por eso regresaremos.  

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