Imaginemos a un estadounidense acostumbrado a cubrir las grandes distancias de su país, alguien hecho a la multiculturalidad de sus gentes y a la variedad paisajística de su geografía. Un personaje al que le puede la curiosidad y que decide meterse en un avión, cruzar el charco y aterrizar por primera vez en Mallorca. Enseguida que toma tierra repara en la idiosincrasia de la isla: las costumbres de su población, el olor de sus recetas, la melodía de sus cánticos. Después de afinar el oído para descodificar el dialecto local, este norteamericano consigue memorizar algunas frases que los autóctonos, de vez en cuando, pronuncian con una cadencia muy particular. Una tarde de verano que está con sus amigos isleños, con el calor apretando y el sudor perlando su frente, se pone de pie y les pregunta: anam a fer un capfico? Eso fue lo que vivieron los integrantes de M de Mallorca, una marca textil que trabaja con materiales sostenibles cuyo estampado captura el imaginario mallorquín. Esa pregunta fue la catapulta que los llevó a probar suerte.
Cuando nos lo cuentan nos encontramos en su estudio, situado en la calle Julián Álvarez, en Palma. Ahí nos abren la puerta Sònia Santandreu, Gabriel Palmer y Xisco Durán, tres talentos del diseño gráfico y la ilustración que compaginan sus profesiones con un amor desacomplejado hacia Mallorca. Cuando Gabriel rememora ese momento con su amigo norteamericano, se le ilumina la cara. «Soltó una píldora de identidad que concentra lo más íntimo de nosotros. Lo dijo con un acento americano muy marcado. Ahí se nos encendió una chispa para tratar de acercar, de forma lúdica, esa cultura a los demás». El vehículo de aprendizaje que escogieron para transmitir esta cultura a peninsulares y turistas es la moda, prendas de vestir que serigrafían a partir de ilustraciones y mensajes que recogen lo típico de forma atípica. El acervo popular de Mallorca condensado en una firma de ropa. Aunque ellos, de forma brillantemente acertada, prefieren llamarlo emocionario.
Es Sònia quien nos explica el origen de ese neologismo. «Se trata de un diccionario emocional que recoge aquello que nos rodea y que nos define». Su explicación nos toca la patata. Un recorrido visual por los productos de M de Mallorca confirma el valor de sus palabras. Textos y diseños que apelan a juegos de la infancia, a saludos populares, a expresiones que solo conocen quienes se han criado entre los límites de una isla con carácter propio. Su objetivo es extender ese conocimiento a quienes lo deseen. Xisco, sin embargo, nos cuenta cómo reacciona incluso el local que se ve reconocido en sus tejidos. «Ahora que hemos estado en ferias hemos visto a mucho mallorquín al que se le dibuja una sonrisa al ver nuestro puesto. Son conceptos que hemos utilizado toda la vida plasmados a nivel gráfico con cierta gracia». Tal y como lo vemos nosotros, han puesto la lupa sobre lo pequeño para darle una forma ingeniosa y ya luego, una vez confeccionado el producto, han podido exhibirlo.
«El futuro es sostenible o no será».
La tipología de sus creaciones se divide, por el momento, en tres formatos diferentes: camisetas, sudaderas y tote bags, todos ellos fabricados de manera artesanal, pieza por pieza. El paradigma al que se acogieron para diseñar sus prendas se basa en el slow design, un movimiento que arrastra una fuerza ecológica que, aunque lenta, avanza de manera inexorable porque «el futuro es sostenible o no será», dice Sònia. «Hasta ahora nosotros nos habíamos dedicado a vender servicios. Por lo tanto, nuestro trabajo nunca nos ha convertido en entes contaminantes. Cuando luego nos planteamos fabricar un producto que se considera un bien de consumo, tal y como estamos, decidimos hacerlo bien». Hacerlo bien puede tener muchas acepciones, pero en M de Mallorca implica la utilización de algodón orgánico y también trabajar con tintas al agua. Por otro lado, elaboran sus creaciones bajo demanda. Esto último supone que las grandes producciones, aquellas que crean más residuos por culpa de la generación de excedentes, no sean una opción.
La criatura de M de Mallorca empezó a gestarse en 2014, cuando Gabriel y Xisco realizaron un taller de serigrafía que, visto hoy en retrospectiva, tuvo una importancia crucial a la hora de entender el momento que atraviesan. Tras ese curso, el gusanillo de la estampación comenzó a picarles. Las técnicas que aprendieron tenían como finalidad la confección de algunas camisetas para uso propio. Pero una cosa llevó a la otra. Tanto se animaron con esos primeros tonteos que acabaron comprándose una máquina que estuvo bastantes años aparcada; la falta de tiempo y su elevado volumen de trabajo como diseñadores relegaron esa adquisición a la espera del proyecto ideal. Gabriel nos explica que «se juntaron algunas cosas como que nos encanta el diseño, vivir en la isla y la cultura de aquí». Una veneración a Mallorca que les hace proclamarse como roqueta lovers. Una pasión en aquel momento algo reprimida que, debido al parón provocado por la pandemia, encontró salida. Así lo cuenta Sònia: «el confinamiento nos dio espacio para retomar actividades que se habían quedado a medias».


«Si en los cuatro primeros mercados no hubiésemos vendido ninguna camiseta, igual no estaríamos ni hablando».
Téntol, Uep, Dimoni Cucarell y algunos otros conceptos que tanto conmueven a los isleños son los que aparecen en las prendas de M de Mallorca. Para poder conseguir sus productos tan solo hay que entrar en su tienda online, pero también pueden comprarse en Estiu Concept Store, Biokalma, S’Arboçar Ecotenda, Just Sant Elm y Típic, ubicados en distintas coordenadas de la isla. Si hace unos meses alguien les hubiese comentado que tantos locales contactarían con ellos para comercializar sus productos, quizá no se lo hubieran creído. Gabriel recuerda el desconocimiento con el que se presentaron a su primer mercado, en Valldemossa: «fuimos ahí con muy pocas camisetas y sin saber a quién le interesaría lo que hacíamos. Al final, se acercó todo el mundo: locales, gente con segunda residencia y extranjeros». La franja de edad de su público, por otro lado, es muy amplia, pues oscila entre los veinticinco y los sesentaicinco años.
Se describen a sí mismos como un bebé naciendo, unos recién llegados con un precioso camino por delante pavimentado con un material muy concreto: el del ensayo y error. Según Xisco, «si en los cuatro primeros mercados no hubiésemos vendido ninguna camiseta, igual no estaríamos ni hablando. Menos mal que a la gente le gustó porque eso te da energías y fuerzas para seguir». El progreso de M de Mallorca viene dado por las necesidades que satisfacen a lo largo de ese camino. En aquel primer mercado de Valldemossa, los extranjeros que se aproximaron a su puesto lo hicieron con mirada interrogativa. Cuando preguntaban por el significado de sus diseños, los integrantes de la flamante marca contestaban a partir de una chuleta que se habían preparado. Hoy en día, esa explicación cuelga de los burros que llevan a las ferias y también puede descargarse gracias al código QR que está en cada packaging. Detallistas hasta la médula, empáticos hasta decir basta. La respuesta a todas esas explicaciones, como no podía ser de otra forma, es siempre una sonrisa.



