GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Salimos de Contrabando con el estómago feliz como quien sale del cine tras ver una película que no ha necesitado un argumento rocambolesco para enganchar al espectador.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Producto local y tapas para compartir definen la propuesta de Contrabando, un restaurante en Llucmajor al que nos acercamos para cenar atraídos por su carta, que reúne platillos imprescindibles de toda la vida -ensaladilla, croquetas, boquerones y anchoas, pimientos de Padrón y banderillas-, tartares -de atún, de ternera y de salmón- y especialidades de la casa -alitas de pollo con salsa BBQ, pulpillo de roca, zamburiñas gratinadas y solomillo de cerdo con sobrasada, entre otras exquisiteces que no podemos resistirnos a probar-.
Nada más llegar a la calle Jaume III de la localidad, a una hora bastante temprana para lo que un local considera cena, detectamos una terracita con unas pocas mesas tras un cercado de madera. Ahí está Contrabando, un espacio amplio decorado con curiosos motivos que, precisamente, hacen honor a su nombre -y es que Llucmajor y el levante mallorquín fueron la capital de esta actividad ilícita durante décadas tras la Guerra Civil española-.
Nada más atravesar el umbral, nos llama la atención la cocina, a la vista de los comensales y presidida por una barra en la que reposan cestas de palmito repletas de frutas y verduras. Frescos y de temporada, los pimientos, los calabacines, los limones y los tomates que aguardan a ser cocinados nos parecen una estupenda carta de presentación.
Tomamos asiento cerca de los ventanales con vistas a la calle y encargamos dos copas de vino tinto que aquí, sí o sí, se sirve de proximidad: Can Axartell, Sa Cabana, Can Vidalet, Miquel Oliver, Can Coleto, Ribas y Can Verdura, entre muchos otros -pues la bodega es extensísima- dibujan un mapa que recorre los cellers y las bodegas más icónicas de la isla.
Mientras degustamos el vino, vamos a por un tartar de ternera trufada que nos sirven con dos rebanadas de pan con aceite de oliva. Exquisito es poco: con sorprendentes toques cítricos, que combinan en armonía con el sabor potente de la trufa y el frescor de la ternera, el plato es perfecto para empezar a seducir nuestro paladar.
Entusiasmados y expectantes, continuamos con carrilleras de cerdo que llegan acompañadas de puré de boniato y una mini coca de patata. Cocinadas en salsa de vino tinto, no necesitamos cuchillo para cortarlas, pues cada bocado se funde en nuestra boca. Con ganas de mezclar los sabores y las texturas -la comida no es un juego, ¿pero quién dijo que no podía ser divertida?- disponemos la carne sobre la coca, como si fuese un panecillo, y disfrutamos del dulzor que aporta la combinación de la coca y el boniato con una carne deliciosa.
El colofón a nuestra primera -pero no última- visita a Contrabando tiene todavía más sabor local. Entre los postres caseros que el personal nos sugiere tenemos una clara preferencia: una mousse de algarroba elaborada, claro está, con algarroba de Johannis, Es Garrover de Mallorca, un proyecto con raíces en Llucmajor que desde 2015 elabora productos gourmet -como infusiones, café, turrón o untable de algarroba- y harina de este fruto que se utiliza para crear postres como este. El punto final a esta comida redondea toda la experiencia.
Salimos de Contrabando con el estómago feliz como quien sale del cine tras ver una película que no ha necesitado un argumento rocambolesco para enganchar al espectador. Con producto KM 0, pasión por la gastronomía y el buen ambiente que crea todo el personal que nos ha atendido, Contrabando no requiere cambios de guion. Es sencillo pero sabroso. Aparentemente fácil pero perfectamente ejecutado. Como las historias que nos encandilan. Como la comida que nos gusta descubrir, disfrutar y compartir.
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