Nuestra visita a la bodega Ribas termina a mediodía en un encantador patio de la casa familiar. Situado en el centro del pueblo, en este recoveco se respira una calma inusitada que nos permite disfrutar de una cata muy especial con los cinco sentidos. Vino, jamón ibérico y una selección de deliciosos quesos redondean el momento. Probamos Ribas rosado, una propuesta con carácter mediterráneo: veraniego, evocador y perfecto para compartir con amigos en una charla de tarde estival. Luego, catamos Ribas Negre, un mantonegro de viñedos de veinticinco años de historia, rojo cereza, equilibrado y cálido. Terminamos con Sió Negre, quizá el vino más representativo de la bodega. Estamos ante un vino que nos traslada a un final de día invernal por su cuerpo, su complejidad y su aroma, y que surgió como homenaje a la abuela Sió, una mujer, nos cuentan, que formó parte activa de la modernización de la bodega en un mundo, por aquel entonces, capitaneado por hombres.
Los vinos, la degustación, el entorno y la paz que reina en este típico patio de las antiguas casas del interior de la isla son el colofón perfecto que nos confirma que, en Ribas, las cosas se hacen con cariño y respeto a las raíces. En realidad, lo intuíamos desde que hemos llegado y nos hemos acomodado en otro patio empedrado, durante unos pocos minutos, hasta que ha empezado la visita guiada. Enseguida nos hemos reunido con los demás curiosos para conocer las instalaciones de la bodega familiar más antigua de Mallorca. Una bodega fundada en 1711 por Pedro Ribas de Cabrera que, antiguamente, producía también trigo y aceite de oliva y que, en la actualidad, combina la experiencia del payés y el I+D de la ingeniería agrónoma para crear vinos de extrema calidad.
«La vendimia se sigue haciendo a mano porque necesitamos los ojos de los vendimiadores para que estos elijan las mejores uvas».
Del trabajo tradicional, artesano, enraizado, sin duda, conservan muchas cosas. El trato es familiar, el respeto por la tierra es profundo y la labor manual es innegociable pues, como nos explican, «la vendimia se sigue haciendo a mano porque necesitamos los ojos de los vendimiadores para que estos elijan las mejores uvas». También tienen claro en Ribas que la reutilización y la minimización de desperdicios son capitales. De hecho, las uvas que descartan las llevan a un pastor que, a cambio, les da su abono natural, sin fertilizantes.
Como apuntábamos, la innovación también es un punto clave en esta bodega de Consell, sobre todo, a partir de la incorporación de la novena y la décima generación de la familia. Se han instalado placas solares, se llevan a cabo proyectos de experimentación y, en 2019, se construyó un nuevo edificio para modernizar las instalaciones y aumentar la producción. Este, diseñado por el estudio de arquitectura de Rafael Moneo, está perfectamente integrado en el entorno y nos deja boquiabiertos cuando accedemos a su interior. Hormigón blanco, madera y piedra de Binissalem conforman, en tres plantas –dos de ellas subterráneas-, la arquitectura perfecta para elaborar y almacenar los blancos y rosados de Ribas.
Más allá de la belleza de sus instalaciones, la razón de ser de Ribas pasa, siempre, por la uva. En su caso, apuestan, en su gran mayoría, por las variedades autóctonas mantonegro, prensal blanc y gorgollassa, un patrimonio de la isla que defienden y que, confían, se adaptará al cambio climático. Un problema, este, que sale a debate durante nuestra visita en varias ocasiones porque, nos cuentan, «la vida de los viñedos empieza a ser más corta». Para combatirlo, la observación, el estudio de nuevas formas y la evaluación continua de las técnicas de cultivo adaptadas a los retos del presente y del futuro son indispensables.


«Quizá somos un poco clásicos, pero creemos en nuestro estilo».
Todas las propuestas de Ribas tienen en común la selección a mano, grano a grano, de la uva. Después, cada especialidad sigue su curso, meticulosamente planificado. Ribas Blanc y Ribas Rosat, por ejemplo, fermentan en acero inoxidable –la barrica se evita en estos casos para lograr un vino más fresco- entre 30 y 40 días a baja temperatura. Ribas Negre, en cambio, fermenta a mayor temperatura en barrica; para Ribas de Cabrera se seleccionan racimos maduros de las cepas más antiguas y, para Soma, una parte del vino fermenta en depósitos de acero inoxidables y una proporción menor lo hace en barricas francesas.
Todo parece estar perfectamente estudiado en esta bodega que se nutre del saber hacer heredado generación tras generación. Una bodega abierta a la innovación, pero que no ha perdido de vista la tierra, sus raíces. De hecho, como ellos mismos nos aseguran, aquí los cambios son sutiles, se producen poco a poco. Y añaden: «quizá somos un poco clásicos, pero creemos en nuestro estilo». Ahora que conocemos su modo de trabajar y comprendemos su filosofía de empresa, mientras catamos sus maravillosos vinos en este idílico patio, podemos afirmar que nosotros también creemos en este estilo. Un estilo que nos recuerda la importancia de hacer las cosas con sentido, sin prisas y con mucho respeto.



