Llubí es un pequeño pueblo del Pla de Mallorca que transmite la serenidad propia del carácter mediterráneo. Aquí recaló Araceli Iranzo en busca de nuevos horizontes en sintonía con el proceso vital que estaba viviendo. «Soy de Zaragoza, pero vivía en Madrid y allí tenía una agencia de publicidad», se presenta. «Con mi pareja, decidimos cambiar de vida radicalmente. Entendimos que lo que estábamos haciendo no era coherente con lo que pensábamos».
Ambos conocían la mayor de las Baleares porque veraneaban aquí, pero aún así el primer año se dedicaron «a conocer Mallorca de otra manera». En esta exploración, Araceli llegó a Capdepera y allí conoció la artesanía de la llata, todo un arte con el que se crean, sobre todo, cestas y sombreros con palmito trenzado en la isla. Al descubrir en qué consistía este proceso, lo supo: «es esto». Y así emprendió su propia marca de capazos, Antic Mallorca.
Sus maestras fueron las madones de la llata, un grupo de mujeres que aprendieron este arte de sus madres -y éstas de sus abuelas-, y que lo han mantenido vivo, compartiendo generosamente su experiencia y sus conocimientos, hasta el día de hoy. Trenzando en círculo y mirándose a los ojos, Araceli aprendió que «se puede trabajar de otra manera. En comunidad y en confianza. Y yo venía de todo lo contrario».
Inmersa en un proceso transformador, después de lanzar Antic Mallorca y de tener a sus dos hijos, en 2018 Araceli fundó la Escola de l’Art de Ses Madones de la Llata. Había aprendido de ellas para enseñar y eso hizo. Con el ánimo de «dar valor al trabajo de esas mujeres», empezaron los cursos que pronto se llenaron de gente. ¿El feedback? No pudo ser mejor: "Venir aquí es lo que necesito”, “este es el mejor día de la semana”, “desde que vengo estoy de mejor humor”... son algunas de las sensaciones que sus alumnos le transmitían y que hoy ella recuerda con emoción.
«La escuela online nos permite llegar a más público y mostrar que existen otras formas de vida, otras más sostenibles».
Sin embargo, la escuela todavía fue un paso más allá. «Conocía a muchos otros artesanos y pensamos ¿por qué no inspirar a más personas con artesanos y maestros?». Gracias a esta acertada reflexión, en 2021 nació el proyecto que hoy visitamos, La Escuela Artesana. Un lugar en el que se rinde tributo a la artesanía contemporánea, se recupera el valor de lo que se hace con las manos (y con esmero), y se comparten valores como la sostenibilidad y la inclusividad. Un espacio en el que se aprende y, lo más importante, se disfruta aprendiendo porque aquí, cuenta Araceli, «creamos productos sostenibles, pero además la artesanía nos conecta en un mundo digital que nos separa de lo que somos».
Desde que Antonella y Araceli lanzaron los primeros cursos -de llata y de telar-, la escuela no ha parado de crecer, presencialmente y en formato online. Los oficios de siempre y los materiales locales son los protagonistas: encordado, bordado, metal, ebanistería, joyería textil… todo aquello que tradicionalmente se ha cultivado con tiempo y respeto tiene aquí cabida para un público de perfil heterogéneo que busca desde «mejorar» sus habilidades hasta «relajarse o incluso cambiar de vida». En este cambio insiste Araceli, seguramente porque lo ha experimentado en primera persona: «la parte online nos permite llegar a más público y mostrar que existen otras formas de vida, otras más sostenibles».
Desde todas partes de Mallorca, de Menorca, de Ibiza e incluso de Inglaterra o Alemania; músicos, arquitectos, diseñadores y creativos son parte del alumnado asiduo a las clases de La Escuela Artesana, «pero también gente que se dedica a otros ámbitos y que tiene interés. ¡También vienen funcionarios!», sonríe esta emprendedora que no puede evitar contagiar su entusiasmo por un modo de hacer -y de vivir- que no siempre se ha valorado tanto como ahora. «Es un muy buen momento para la artesanía. Estuvo mucho tiempo maltratada. Ahora hay un repunte porque encaja con los principios que se persiguen, como la sostenibilidad, y, además, hay más asociaciones y entidades que la impulsan. Para mí la artesanía ahora es el nuevo lujo».
En esta revalorización de lo que se hace a mano, el tiempo y la experiencia son fundamentales, pero hay otro papel indiscutible: el de la mujer. Antes de emprender Antic Mallorca, cuenta Araceli, «siempre había estado en entornos muy masculinos y cuando llegué aquí, en este entorno, todo era compartir y generosidad». Por eso, en sus comienzos, planeó crear un espacio dedicado a mujeres en riesgo de exclusión, un «entorno sano en el que, a través de la artesanía, reforzaran su autoestima». Aunque la idea no fraguó por cuestiones burocráticas, la Escuela cada mes ofrece una beca a mujeres en situación de vulnerabilidad, en colaboración con Fundació Deixalles y la fundación IRES.


«No solo enseñamos técnicas, enseñamos valores».
De cara al futuro, Araceli y Antonella se han propuesto seguir ampliando el catálogo de cursos, tanto presencial como online. De hecho, recientemente han lanzado un curso de marroquinería y otro de metal, y están trabajando en más ideas que, de momento, no se pueden desvelar. Otro objetivo del proyecto, cuenta, es «evolucionar hacia una formación más continuada para alumnos que quieren profundizar. Es una responsabilidad que puedan seguir aprendiendo» y, para eso, necesitan «hacer caminos más largos».
Para que esta nueva época dorada de la artesanía no se quede en una moda, para Araceli es fundamental saber comunicar cuánto cuesta, en esfuerzo y en tiempo, cada objeto que se crea de forma artesanal. Y sus cursos, por supuesto, «ayudan a que la gente entienda el valor» de cada objeto hecho a mano en un mundo del que «venimos de aplaudir la baja calidad, el usar y tirar».
De hecho, el compromiso de la Escuela va mucho más allá del aprendizaje técnico. «No solo enseñamos técnicas, enseñamos valores», dice Araceli, que destaca también los lazos que se tejen entre personas creativas que comparten su tiempo y su talento en los talleres: «de aquí han salido proyectos entre alumnos, como el de Llanatura y una arquitecta, por ejemplo, cuando se pusieron a hablar sobre cómo la lana podía funcionar como aislante».
Aquí se esconden algunas de las claves más significativas de este proyecto -y la mayor recompensa para sus impulsoras-: su capacidad de unir a las personas, de poner en valor la tradición y de inspirar «nuevas maneras de vivir». Si "al andar se hace el camino", como escribió Machado, nos alegra saber que aquí hay mucho recorrido y mucho, todavía, por recorrer. Hagamos que no sea una moda.



