Aunque en la actualidad el sector de los servicios, capitaneado por el turismo, reina en la economía mallorquina, lo cierto es que desde el siglo XIX hasta la década de los 2000, la industria manufacturera gozó de una época esplendorosa. Fábricas de textil, peletería y numerosas empresas de zapatos se repartían a lo largo de la isla y alcanzaron, muchas, reconocimiento mundial. Sin embargo, el tejido productivo local se ha ido deshaciendo desde entonces.
Hoy, proyectos como el de Llanatura, echan la vista atrás con el fin de recuperar el valor de una industria de calidad, respetuosa con el medio ambiente y enfocada en la circularidad. En su taller de Inca, ubicado en una antigua fábrica y a pocos metros -qué simbólico- del Museu del Calçat i la Indústria, Gemma y Eugenia lideran una iniciativa que despierta conciencias.
«No sé si definirlo como innovador o una locura», dice Gemma, ambientóloga de formación, mientras nos enseña el espacio en el que trabajan. «Durante la pandemia, nos planteamos cómo podía ser que estuviéramos desechando algo como la lana y surgió la idea de crear una fábrica que proporcionase el material, pero lo reconducimos porque como era desconocido, la gente no sabía las posibilidades que tenía».
Este material al que se refiere es el fieltro que Llanatura crea a partir de lana esquilada que, hasta ahora, era descartada. «Nacimos con el propósito de renovar una materia natural y maravillosa que es la lana. Si quisiéramos inventarla no podríamos porque es muy compleja pero, aun así, la estamos tirando para utilizar fibras sintéticas». Un sinsentido que ellas intentan revertir con un propósito claro y firme: «el de querer cambiar las cosas».
Con esta voluntad en mente, el proyecto ha ido tomando forma y ahora, además de elaborar la materia prima -el fieltro- de forma artesanal, también impulsan la artesanía del textil, pues diseñan y producen productos, y colaboran con artesanos y artistas para que hagan lo propio en su taller. Una simbiosis de artesanía circular que nace, reflexiona Gemma, «desde el sentido común y el pensamiento crítico. No hemos inventado nada, hemos puesto sobre la mesa un problema».
«Nos preocupa el tema ambiental del agua y para teñir se necesita muchísima. Por eso, la gama de colores es 100% natural».
El resultado final de su trabajo, el producto, son plantillas, zapatos, botelleros, diademas, alfombras… sostenibles y made in Mallorca, pero hasta llegar a este punto, recorren un largo camino que nos explica Eugenia -artesana de la lana desde 2013-. «Primero se selecciona la lana sucia cuando llega de la esquila y se pasa por una máquina -que compré en Binissalem- que rompe las fibras, la tritura y la prepara para lavar. Una vez limpia, la lana se seca en el taller y se vuelve a introducir en la misma máquina para desapelmazarla de nuevo».
A continuación, la lana pasa por una segunda máquina que crea el fieltro. En este momento se decide el color -blanco, rojo, negro o con un tono amarronado que se consigue a partir de la mezcla de lanas, pues aquí se prescinde de tintes-. «Nos preocupa el tema ambiental del agua y para teñir se necesita muchísima. Por eso, la gama de colores es 100% natural», explica Eugenia. Finalmente, el fieltro pasa por una tercera máquina -única en España, nos cuentan- que permite dibujar y estampar formas e ilustraciones. Una vez lista la materia prima, llega la hora de venderla o bien de diseñar y confeccionar el producto.
En todo este proceso participan Carmen, Gemma, Eugenia, Andrea y Elisabeth, además de alumnos de formación profesional de la Fundació Es Garrover. «La idea es que la gente que está fuera del circuito laboral se reincorpore. Ellos reciben nociones de comercio y habilidades sociales además de experiencia laboral, aquí, en el taller». Su colaboración es estrecha: «Cuando pensamos este proyecto no teníamos dinero para llevarlo a cabo. Después de llamar a varias puertas, Es Garrover se interesó y ahora estamos juntos», añade Eugenia.


«La piedra, la sal, la lana… son recursos naturales escasos que te permiten potenciar lo local. Aquí, en la isla, me planteaba: ¿si tenemos pocos recursos, por qué no los aprovechamos?».
Queda lejos ahora aquella tarde en la que ambas se conocieron, en pleno confinamiento, a través de una pantalla gracias a una persona en común que las presentó, pero todavía hoy, cuando hablan, tienen la capacidad de contagiar su entusiasmo por lo que hacen a cualquiera. Un entusiasmo, eso sí, que respira aires de realidad y conciencia porque el trayecto hasta llegar aquí no ha sido de color de rosa: «El apoyo institucional fue muy difícil, no existen instrumentos porque falta pensamiento crítico. Quizá al ser una isla, hay cierto carácter de protección», apunta Gemma. Sin embargo, los obstáculos no fueron impedimento para seguir adelante: «La piedra, la sal, la lana… son recursos naturales escasos que te permiten potenciar lo local. En la isla, me planteaba: ¿si tenemos pocos recursos, por qué no los aprovechamos?».
Así pues, aquí se aprovecha todo en una rueda cien por cien local, sostenible y circular: desde que Almacén Canyelles, que recoge la lana que se esquila desde la Tramuntana hasta el Llevant, se la entrega este recurso natural pasa por las manos de trabajadores locales y cuando su vida útil termina, al ser biodegradable, se echa a la tierra y la nutre. Entonces, el círculo se cierra y el residuo es cero.
Al preguntarles por el futuro, Gemma y Eugenia nos cuentan que aspiran a consolidar la marca a través de eventos y abrirla al sector de la arquitectura y del mobiliario, explotando todas las posibilidades de su fieltro, con el que se pueden crear desde paneles insonorizados hasta muebles -de hecho, cuando las entrevistamos, están preparando la exposición de mobiliario sostenible Re Pensar Disseny, Re Pensar Processos, de la mano de Amarar, Paumes i brins y Teixits Vicens-.
Un futuro prometedor, a todas luces, porque su recorrido está plagado de pequeñas grandes victorias: «haber sobrevivido ya es un hito», sonríe Eugenia, «pero destacaría la parte social del proyecto, que la gente que trabaja aquí lo haga con bienestar, acompañamiento y entendimiento, y por supuesto la medioambiental, la concienciación de que la lana es un recurso para crear un producto cien por cien hecho en Mallorca, desde la materia prima hasta la confección, como lo hace un alfarero con el barro o las madonas de sa llata con el palmito».
Gemma, Eugenia y su equipo van tejiendo la historia de Llanatura, sin prisa pero sin pausa, y con altas dosis de conciencia. Crean la materia prima, colaboran con diseñadores y artesanos de la isla, y diseñan sus propios productos libres de microplásticos y respetuosos con la piel. Adquirirlos (en tiendas como Son Moragues, Dos Alquimistas o A punt d’extinció, en el propio taller o en su página web) es una forma de contribuir a su iniciativa. Sentarnos a reflexionar qué estamos haciendo con los recursos que nos rodean y actuar en consecuencia, también.



