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Naan

Comida callejera con tintes internacionales

El Naan es un establecimiento que asocia su alma a la de un puesto de comida callejera, un local que se dio a conocer en 2016.

Autor: Joan Ramis Boscana

Hoy subimos por avinguda Argentina a la caza de un propósito muy concreto que viene siendo la tónica habitual en nuestra rutina: buscamos un sitio donde comer. Se trata de uno de nuestros pasatiempos, una práctica que no vamos a abandonar porque necesitamos llenar la panza con los tesoros gastronómicos que Palma ofrece. No podemos evitar asentir con satisfacción cuando pasamos por delante del Brox o del Vegan Bistró, dos sitios que ya hemos visitado para que sus especialidades nos dejen aturdidos. Si fuese la hora del brunch, tal vez nos dirigiríamos a El Perrito para engullir unos huevos benedictos. Y si nuestros deseos proyectaran la imagen de una quesadilla, entraríamos directos a El Aquanauta. Pero hoy nuestros pasos han torcido por carrer Caro para que el Naan se revele como el sitio a descubrir. Nos gusta escarbar en el suelo de Santa Catalina para que el barrio nos desvele estos secretos, tan alejados de su oferta arquetípica.

Antes de entrar en el establecimiento, posamos nuestros ojos en unas banderas de oración tibetanas agitadas por el aire, extendidas en la parte exterior de la ventana. Nos lo tomamos como un aviso de lo que vamos a encontrarnos en el seno del restaurante. El Naan es un establecimiento que asocia su alma a la de un puesto de comida callejera, un local que se dio a conocer en 2016 y cuya cocina está liderada por el chef Nicolas Malenchini. Su contrastada experiencia en el Tahini o Duke le animaron a lanzarse a la piscina. El resultado ha sido lo que nuestra mirada registra con hambre y curiosidad: suelo de madera, mesas altas y tonos turquesa que nos recuerdan al mar de Mallorca, aunque su cocina nos manda a tierras distantes para saborear el street food que encontraríamos en Japón, Perú, Brasil y otros países a los que solo llegaríamos con vuelos transoceánicos.

Que el Naan se encuentre en Palma es una suerte, pues acerca a nuestra mesa algunos platos de un exotismo al que sería difícil acceder desde la isla. Nos sentamos en un rinconcito cerca de una ventana, observamos su carta y vemos cómo está estructurada: tienen unos entrantes que han apodado como bites donde pueden disfrutarse unas pakoras, una ración de babaganoush o un tiradito de pescado de mucho cuidado. Luego pasan a otra sección compuesta por unas tapas de pastel de camarao, pollo crujiente yakitori o unos anticuchos de ternera que nos sumen en unas deliciosas dudas. Ya para finalizar, su propuesta pasa por unos naan classics y unos streed food basics entre los que hay un ramen, unas costillas, un lobster roll e incluso una hamburguesa, solo por mencionar algunos. No hemos incluido todos sus platos en este listado para no empachar la lectura, pero las opciones de esta carta son múltiples.

Después de comunicar nuestra elección a la camarera, nos fijamos en que el interior del restaurante está semivacío porque su actividad se concentra por la noche, con un público que se reparte al cincuenta por ciento entre una clientela autóctona y otra mitad extranjera. Agradecemos la calma que ahora gobierna el establecimiento entre las guitarras de The Doors y la voz de David Bowie, el hilo musical que pone el Naan mientras nos sirven una ensalada kimchee. Nos la sirven en un bello bol de cerámica. Como si se tratase de un escáner, nuestro paladar intenta captar todos los matices de una creación de origen coreano. Nos abonaríamos a la sensación juguetona y encurtida que la cebolla, la col y las setas shitake le confieren a esta creación, una fiesta a la que se apuntan la carne de cerdo y los anacardos. Una colisión de texturas donde también cabe la manzana verde, y a la que se amolda perfectamente nuestro placer.

Dejamos reposar el tenedor en el cuenco cuando, de súbito, se materializa ante nosotros el sándwich de pescado crujiente que pondrá el colofón a esta comida. Este emparedado tiene más facha de hamburguesa que de otra cosa, pero es cierto que nunca habíamos visto una igual. Clavamos nuestros dientes en un brioche de aceite de oliva y semillas bajo el que descansa un filete de corvina. Si jamás habíamos conocido una hamburguesa así, su sabor también se coloca en un terreno inexplorado por nuestras papilas gustativas. El sabor mantecoso de la corvina no desentona para nada con la lechuga, el pepino y la cebolla. No sabríamos identificar del todo las salsas con las que han acompañado este plato, pero nos alegramos de haberlo apostado todo por la suculencia de un sándwich que nos sabe a paraíso.

Mientras nos limpiamos las manos con unas toallitas que nos han facilitado, pensamos en una noche para cenar en el Naan en su horario de esplendor. Este sitio es un maravilloso acierto.

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