GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Sus platos albergan el sabor del Mediterráneo y transmiten ese frescor humilde de las recetas que se atreven a jugar sin pretender ser algo diferente a lo que son. Humildes, pero originales; con sentido común, pero con garra.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
El edificio que alberga L’Escrivania ha tenido muchas vidas: custodiando la plaza de Porreres, el espacio fue el ayuntamiento de la localidad durante cuatro siglos, un mercado e incluso una prisión. Ahora es un restaurante que apuesta por el producto de temporada y elabora sus menús semanales según la oferta del mercado. Entre la piedra original de sus paredes -que se rescató tras una reforma- y el ir y venir de locales y visitantes, aquí se celebra una fiesta gastronómica que nosotros estamos deseando descubrir.
Es jueves y la fachada de L’Escrivania -que narra parte de la historia que aguarda- nos recibe con una aparente calma de día laborable en un pueblo que siempre respira animado. Nada más entrar, una de las camareras nos acompaña hasta nuestra mesa, pegada a la cristalera, entre sillas de madera, mesas camilla vestidas con roba de llengües y un largo sofá bermellón, a los pies de un pequeño altillo con unas pocas mesas.
Tras el cristal de una gran vitrina, lucen las botellas de vinos mallorquines que conocemos bien: los porrerencs Trispol y Sincronía, de Mesquida Mora, y Origen, de Blanca Terra, pero no son los únicos vinos isleños: Can Verdura, 15 Mil gotes y Can Feliu hacen compañía al resto. Resulta casi obligatorio pedirnos una copa, así que cumplimos con nuestro deber.
Echamos un vistazo a la carta de temporada -aquí cambia al ritmo que dicta la naturaleza- que rezuma producto local con propuestas con un ingrediente estrella: el albaricoque. Fruta emblemática de la localidad, descubrimos que L’Escrivania tiene un hermano, Can Parrí, que produce productos elaborados con esta delicia tan mediterránea: albaricoques secos, albaricoques con chocolate, licor de albaricoque… que, por supuesto, pueden comprarse en el restaurante.
El menú semanal -en versión media o completa- no tiene nada que envidiar a la carta: consta de siete apetitosas propuestas y tres postres a elegir. Tras sopesarlo, decidimos apostar por los rollitos de primavera con salsa casera de albaricoque -por supuesto- y una ensalada con paquetes de pasta filo rellenos de queso azul y mermelada de ciruela. Entrantes con sabor afrutado, rico y original, que nos dibujan una sonrisa.
La elección del plato principal resulta más costosa, pero finalmente resolvemos encargar un arroz con pisto de verduras y tofu en tempura, y una ración de raviolis de salmón con espinacas y pasas.
El arroz es sabroso y meloso, y el toque crunchy del tofu en tempura crea un contraste de texturas muy interesante. Por su parte, el salmón de los raviolis, riquísimos, comparte protagonismo con la salsa, que le da mucha personalidad a un plato con ingredientes aparentemente sencillos, pero cocinados con sensibilidad y alguna que otra dosis de ingenio.
Los postres del día se presentan como una ineludible tentación ante nuestro paladar. Todos son caseros, así que pedimos dos para compartir: el flan de coco -emplatado con maestría- tiene muy buena pinta, pero su sabor es todavía mejor. La crema cremada -o crema catalana- también es un éxito: la textura de la capa de caramelo que recubre es, posiblemente, una de las mejor logradas que hemos probado en mucho tiempo.
L’Escrivania es uno de esos restaurantes que celebran la gastronomía: ensalzan el producto de temporada, revitalizan ingredientes sencillos, festejan la elaboración casera. Sus platos albergan el sabor del Mediterráneo y transmiten ese frescor humilde de las recetas que se atreven a jugar sin pretender ser algo diferente a lo que son. Humildes, pero originales; con sentido común, pero con garra. Por eso entendemos que, cuando llega la hora del café, el local está abarrotado. Es difícil no disfrutar aquí porque esta cocina te hace sentir que estás en casa. Volveremos.
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