A Joan Aguiló le gusta dibujar y pintar desde bien pequeño. Desde que tiene memoria, dice. De hecho, nada más llegar –manchado de arriba abajo de pintura- nos cuenta que, de niño, los fines de semana corría a despertar a su madre para empezar el día haciendo manualidades. Esa chispa creativa lo acompañó también durante su adolescencia, convencido ya de que estudiaría arte. Así fue, primero cursó Ilustración en la Escola d’Arts i Oficis de Palma y luego Bellas Artes en Barcelona, aunque acabó la carrera en México, donde residió dos años.
Cuando volvió a la isla, recuerda, pasaba horas y horas en su taller de Sa Pobla y pronto entendió que la soledad del estudio no era para él. «No me gustaba estar tanto tiempo a solas. Por entonces, conocí a mi pareja y me fui a Berlín. Allí me apunté a un free tour de arte urbano y vi por primera vez cómo la gente se organizaba para pintar y aportar a la comunidad». El sentido de comunidad local, ese sentimiento colectivo que nos aúna, ha rondado en la cabeza de Aguiló desde entonces. «Siempre he pensado que en Mallorca no existía este sentimiento colectivo que, por ejemplo, en México si encontré», afirma.
Motivado por los mundos artísticos que había explorado en la capital, al volver a Mallorca, Joan abandonó el taller y sacó, por primera vez, su arte a la calle. «Nunca antes había pintado en la calle y al principio no quería pasar mucho tiempo en ella, así que preparaba un collage y cuando salía, lo encolaba». El primer día pecó de novato y al terminar su intervención se dio cuenta de que no había pensado en qué nombre usaría para firmar su primera obra urbana. Al final, decidió no utilizar un pseudónimo y, aunque muchos lo tacharon de loco, nunca le ha supuesto un problema, asegura. De hecho, cuenta, durante una intervención, una vecina lo amenazó con llamar a la policía y él le pidió que esperase a ver la obra terminada y entonces decidiera qué hacer. Nunca volvió a saber nada de la vecina y la policía no contactó con él.
«Intento trasladar la intimidad al espacio público».
Si el arte urbano es, en esencia, efímero, las primeras obras de Aguiló lo eran aún más, pues recuerda que el papel que utilizaba duraba muy poco. Sin embargo, algunas han sobrevivido gracias a las personas que han empatizado con su arte y lo han convertido en algo suyo, en algo de todos. Mientras da sorbos a su Laccao caliente, Joan cuenta que «una vez puse una pareja de gente mayor abrazada con una frase del escritor mallorquín Blai Bonet. Era un homenaje al abuelo de mi pareja, que había fallecido. Resulta que todavía está porque los vecinos lo han encolado cada vez que se ha despegado».
Este hecho confirma lo que andábamos sospechando: es imposible no conectar con la sensibilidad de Aguiló porque su arte es irremediablemente universal. Sus escenas cotidianas, esa curiosidad infantil que contagian los niños de sus murales, la sabiduría que desprenden las arrugas de sus ancianos, la imaginería de los veranos de la infancia –los suyos, con la familia en Can Picafort-… Pequeñas escenas íntimas y cotidianas que nos interpelan a todos y avivan, como un punzón delicado, nuestros recuerdos.
La universalidad del arte de Aguiló dialoga, paradójicamente o no, con la búsqueda insaciable de la identidad. El propio Joan lo define a la perfección: «intento trasladar la intimidad al espacio público. Me interesan los momentos de intimidad que nos definen como comunidad, pero representados con cierta poética que los vuelva universales».


«Siempre me he esforzado en crear un circuito de arte urbano y muralismo».
Con el tiempo, y al perder el miedo a salir a crear a la calle, Aguiló fue indagando en otros métodos. «Buscaba formas más pictóricas y pasé del collage a las plantillas. Después comencé a pintar encima y, luego, a salir de día. ¡Y salir de día despista!», afirma con una sonrisa. Después exploraría, por fin, el muralismo, el lienzo que le ha dado una notoriedad unánime y que trabaja tanto para encargos privados como de instituciones públicas.
De entre sus hitos profesionales, está especialmente orgulloso –y no es para menos- de haber impulsado el Saladina Fest, el festival de Can Picafort que en 2022 celebró su quinta edición y promueve la intervención de fachadas de grandes dimensiones para transformarlas en obras de arte público. Además, el evento, que pone el mural en el centro y cuenta con artistas invitados, conciertos, teatro y talleres, se convierte en un encuentro en el que convergen la cultura, los residentes y el entorno. «Siempre me he esforzado en crear un circuito de arte urbano y muralismo, un circuito profesional» afirma Aguiló. «Estoy muy contento de haber contribuido a este mundo. Hace unos años no había muralistas en Mallorca y trabajé durante muchos años para llevarlo adelante».
Si, como el mismo Aguiló afirma, cuando empezó en el mundo del street art quería hablar de la identidad pero no sabía muy cómo hacerlo, ahora, al revisar su obra, parece más que evidente que lo ha logrado con creces. Sin duda, el mallorquín captura y plasma como nadie los días de sol y playa que huelen a sandía recién cortada. Las tardes de reflexiones a la fresca de nuestras abuelas. Las ganas incansables de jugar en la arena. Esos pequeños instantes que vivimos cada uno a nuestro modo pero que, al fin y al cabo, compartimos porque se parecen bastante a la esencia de la vida.



