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Ca'n Fogarada

Creatividad abierta al mundo

Cultura
Autor:
Aina Coll
Fotógrafo:
Jaume Oliver
10.18.2023
En el patio delantero de Ca’n Fogarada nos recibe María Borrás, la impulsora de este centro multidisciplinar ubicado en el barrio de Son Anglada. Bajo la sombra de uno de los árboles que reciben a la gente que llega hasta esta casa familiar con mucha historia, charlamos sobre los orígenes y la evolución de un proyecto abierto que aviva la creatividad.

Entre los árboles que cobijan el patio de Ca’n Fogarada, María hace memoria para compartir cómo nació la idea de crear un centro enfocado a la expresión creativa: «comenzó en 2011. Mi marido (el músico Marko Lohikari) y yo vivíamos en Barcelona, pero esta casa ya era de mis tatarabuelos. Estaba medio abandonada y vinimos aquí».

Al principio, en Ca’n Fogarada, María ofrecía clases y sesiones musicales para bebés, pero, claro, «a medida que los niños crecían, fuimos adaptándonos». Así, el centro fue ampliando su oferta formativa al ritmo que la pareja iba poniendo a punto los diferentes espacios de la casa, un hogar en el que viven junto a sus tres hijos.

De hecho, fueron los pequeños, cuenta María, los que la inspiraron a diversificar las clases: danza creativa, yoga, teatro y muchas actividades familiares siempre pensadas «con otra mirada, enfocada en la vivencia y la interiorización natural a través del proceso creativo». El boca a boca funcionó, el primer curso terminó con 60 alumnos y, con el tiempo, llegaron a alcanzar los 150.

Las clases de Ca’n Fogarada se complementaron con un coworking orientado a emprendedores creativos. Sin embargo, con la llegada de la pandemia, la mayoría de profesores del centro reorientaron sus carreras y en el espacio de trabajo compartido solo quedaron cuatro personas. Tocaba, de nuevo, repensar y María, tenaz, se adaptó a alumnos adultos, un cambio que «ahora se está empezando a afianzar porque por entonces estábamos muy enfocados a familias y bebés, y resultó complicado con las medidas sanitarias derivadas de la Covid 19».

«De repente el ambiente era muy creativo y dinámico».

Durante el confinamiento, con diez años de experiencia impartiendo clases de música a sus espaldas, María decidió «grabarlo todo para poder ofrecer clases online. Un método a base de prueba y error» en el que la naturaleza -y el ritmo lento de ésta- la inspiró. ¿El resultado? Una escuela online en la que se puede estudiar iniciación al ukelele y estimulación musical en la que «el proceso es lo que importa».

Pasado lo peor de la pandemia, el coworking volvió a llenarse de vida. En febrero de 2022, entró Mónica, con su proyecto Costureo Lab, y mujeres de edades muy diferentes empezaron a frecuentar Ca’n Fogarada. «De repente el ambiente era muy creativo y dinámico», sonríe María. Este empuje no ha parado de crecer desde entonces. Nuevos proyectos han llegado para quedarse y, sobre todo, para compartir, creando sinergias entre nuevos coworkers. Tanto que incluso María ha acabado trabajando con ellos en el espacio.

En la actualidad, talleres, música y coworking conviven: una quincena de adolescentes siguen acudiendo a las clases de piano y ukelele que imparte María, pero el espacio se ha enfocado a «experiencias artísticas a cargo de la misma gente del coworking». Una suerte que ha permitido ampliar el perfil de alumnos y elevar el nivel de creatividad del centro. «Ahora tenemos talleres de impresión botánica, costura y customización de ropa a través del arte con The Bleuve», explica con entusiasmo.

Por si fuese poco, en Ca’n Fogarada también hay espacio para un estudio de grabación en el que Marko ha producido su propio disco. «La idea es poder grabar cualquier cosa: música, meditaciones, podcast… y además contamos con un piano de cola». Y es que esta casa parece estar destinada a transformarse continuamente, década tras década. La vivienda, que pertenecía ya a los tatarabuelos de María en 1850, fue un bar y una suerte de posada hace casi dos siglos. «Estaba a mitad de camino entre el centro de Palma y Puigpunyent, y aquí se quedaba a dormir la gente que iba a la ciudad en caballo».

«Poner Ca’n Fogarada a punto fue como revivir la casa».

Luego, el bisabuelo de María cerró el bar para trabajar el trigo con un molino -en un contexto marcado por la guerra civil y el contrabando- y, después, su abuelo, «que era muy emprendedor», montó una empresa de baldosas. Ya en manos de su padre, éste la alquiló y la casa se convirtió en un laboratorio de materiales. Una historia curiosa en la que Maria ha buceado desde que decidió instalarse en ella porque, confiesa, de pequeña nunca estuvo aquí. Capa a capa, dice, «poner Ca’n Fogarada a punto fue como revivir la casa».

Versátil, abierta y acogedora, Ca’n Fogarada tiene muchas vidas y la actual es apasionante. Convertida en un laboratorio de conexión creativa, el proyecto invita a los adultos a conectar con su creatividad y a María, confiesa, le gusta hacia dónde se dirigen: «quizá me gustaría tener un poco más de gente en el coworking para crear más sinergias y centrarme más en la gestión; que el espacio sea más rentable nos permitirá enfocarnos en cuidarlo y ofrecer más experiencias artísticas y conciertos».

Inquieta y apasionada, la mirada de María está puesta en varios sitios a la vez. Sin embargo, el prisma con el que mira es el mismo: la cultura, en cualquiera de sus vertientes, pero siempre desde la experimentación, el goce, el juego y la vivencia. Y abierta a todos, abierta al mundo. Como su casa.