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Fil de Bosc

El futuro de la agricultura

SostenibilidadEcológico
Autor:
Aina Coll
Fotógrafo:
Jaume Oliver
05.22.2024
¿Y si el porvenir de la agricultura pasa por potenciar el autoabastecimiento y la transformación de lo que, aparentemente, es residuo en recurso? Estas son algunas de las preguntas que explora Sara Lechuga a través de su proyecto Fil de bosc. Una empresa que planifica huertos familiares y hace de la lana un nutriente activo.

En un pequeño huerto agrícola situado a las afueras de Sencelles, Sara Lechuga aporta, con su trabajo diario, su personal granito de arena al futuro -incierto- de la agricultura. Trabaja como habla: serena y cálida, pero con convicción, y con los pies -y las manos- en la tierra. Vinculada desde niña a la naturaleza -todos sus abuelos han sido payeses-, a lo largo de su trayectoria profesional, Sara se ha involucrado en proyectos de desarrollo rural y transformación de recursos en Canarias, Sudamérica y Asia. Ahora, entre Mallorca y Menorca, impulsa Fil de bosc, un proyecto que comparte con nosotros entre el cantar de los pájaros y el repicar de los cencerros de las ovejas de las fincas aledañas.

Antes de tomar forma Fil de bosc, Lechuga gestionaba jardines comestibles, «que no deja de ser identificar las necesidades de las familias y diseñar un huerto para que tengan a su alcance un espacio comestible», pero tras estudiar un máster sobre agroecología, soberanía alimentaria y desarrollo en las Islas Canarias y de afrontar su trabajo final como un desafío «que debía generar un impacto positivo en el territorio», comenzó a investigar los posibles usos de la lana. «Vi que como solución agrícola era muy buena. Un fertilizante natural que da salida a la lana que no se utiliza y que para el payés es un problema».

Así pues, ahora en Fil de bosc conviven ambas líneas de trabajo: por un lado, con la intención de acercar las personas a la naturaleza desde una visión respetuosa, diseña huertos -dinámicos, estéticos y productivos- que favorecen la soberanía alimentaria y nos hacen más conscientes de los procesos que hay detrás de cada alimento que consumimos. De otro, transforma residuos en recursos, como la lana o la zarzamora, dos compost cargados de beneficios para la tierra.

«Algo que me gusta es acercar la agricultura a la gente con terminología sencilla. Yo no soy licenciada, no hablo con términos complejos que hacen que a la gente se le escape la información».

A pesar de los numerosos beneficios de la lana, históricamente ésta ha sido considerada residuo animal, cuenta Sara, por lo que solo las personas autorizadas pueden tratarla. Sin embargo, gracias a la investigación, se ha permitido que las propias fincas de las Islas Baleares puedan procesarla y hacer uso de ella, «un paso importante para el resto de territorios». Y es que, en un proyecto piloto impulsado de la mano de la Universitat de les Illes Balears, Sara ha elaborado ocho compostajes para ocho fincas con el objetivo de comprobar cómo funcionan en cada una y cómo responde la vegetación a este estímulo nutritivo y natural.

De hecho, el papel de las instituciones es fundamental en la misión de recuperar el campo, y Sara se considera «un vínculo» entre ellas y la payesía. «Algo que me gusta es acercar la agricultura a la gente con terminología sencilla. Yo no soy licenciada, no hablo con términos complejos que hacen que a la gente se le escape la información». A pesar de ello, al principio, recuerda, tanto las instituciones como los agricultores se sorprendieron ante su propuesta, pero al comprobar «todas las posibilidades que tenía la lana, se abrieron», afirma con una alegría honesta.

La tercera rama de Fil de bosc es el asesoramiento, que Sara ofrece con respeto y entusiasmo porque está convencida de que el futuro pasa porque las personas aprendan a autogestionar sus fincas, «ver qué tienen en el entorno y entonces aplicar una u otra solución». A través de su empresa, contribuye a redefinir la agricultura desde un enfoque innovador y aborda cuestiones como la quema de rastrojos, la optimización del estiércol o la regeneración del suelo.

Con la vista puesta en el mañana, las nuevas generaciones juegan, claro está, un papel imprescindible. Por eso, Lechuga comparte su mirada y sus conocimientos entre los más pequeños en talleres enfocados a la educación ambiental y, tras comprender las dificultades que tienen las artesanas de la lana para encontrar tintes naturales, ahora proyecta un jardín de plantas tintóreas para crear tintes naturales -y en el que también quiere involucrar a niños y niñas-. De hecho, con el propósito de aunar aprendizaje y diversión, a través de la experimentación con flores, plantas y raíces, Sara propone «jugar de forma artística con la naturaleza y salir del estándar de la escuela».

«Los olivos empiezan a florecer más pronto y si hace un día de frío, las flores se caen. Ésto nos afectará a todos porque no tendremos comida. Algunas producciones ya son un desastre».

Ideas y ganas no le faltan. En el mismo lugar en el que charlamos, nos enseña un espacio en construcción que albergará actividades y talleres colaborativos, con las raíces en la agricultura, pero capaz de explorar las artes en todas sus formas y hacer que se encuentren. Es Rock amb Kol, un segundo proyecto toma forma de espacio de creación, investigación e inspiración, que cocina, con otros compañeros, a fuego lento.

Ahora que se cumple un año desde que Fil de bosc se constituyó como empresa, Sara augura un sendero que «transforme la visión y el concepto que tenemos de la naturaleza y sus residuos» en el que hay mucha gente dispuesta a comprometerse. La pega, señala, es la burocracia, «que en cualquier ámbito es un problema que te impide hacer tu trabajo».

Sin embargo, a pesar de las piedras en el camino, ante las consecuencias innegables del cambio climático, no nos queda otra alternativa. «Es un tema de conversación constante. En las Islas, antes había dos floraciones, en primavera y en otoño, y ahora hay tres. Los olivos empiezan a florecer más pronto y si hace un día de frío, las flores se caen. Esto nos afectará a todos porque no tendremos comida. Algunas producciones ya son un desastre», explica con un realismo que no entiende de obstinación.

En esa siempre difícil balanza que sopesa el optimismo y el pesimismo, Sara contempla el escenario -y el campo que cultiva- y parece haber encontrado su espacio gracias a un proyecto que, comentamos antes de despedirnos, es una gota, sí, pero necesaria en un mar inmenso. «Supongo que sí», dice Sara con una sonrisa. «Y ya sabes lo que dicen: gota a gota s’omple la pica».