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En Vins Nadal ofrecen diferentes tipos de catas y, como nosotros hemos escogido la visita Pámpano, nos encontramos con una gran mesa presidida por tres vinos y una degustación de productos locales.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Tres generaciones han regentado en casi un siglo una bodega que empezó siendo una casa familiar que producía vino para consumo propio. Hace unos meses conocimos su historia gracias a Esperanza Nadal, que compartió con nosotros la andadura -tan noble como inmutable- de Vins Nadal. Hoy queremos conocer un algo más, a través del paladar, los vinos que elaboran en el centro de Binissalem. Un poco de enoturismo por nuestra propia isla nunca viene mal.
Tras aparcar nuestro coche -justo en frente del celler encontramos un parking con cargador para coches eléctricos-, entramos en la casa de los Nadal, en la que se respira el legado histórico de un celler de toda la vida. Nos recibe Hernán, el sommelier de la empresa, que lleva en Mallorca poco más de un año. Hernán nos sitúa: Esperanza es quién capitanea el negocio, siempre con la vista puesta en la sostenibilidad, y junto a ella trabajan Agustín en la viña, Juan, que se reparte entre la viña y el depósito, y él mismo, que ejerce de guía y comercial. Además, por aquí pasa a menudo Rafael, el padre de Esperanza que, aunque está jubilado, no ha perdido la bonita costumbre de acercarse casi a diario a la bodega.
La experiencia que hemos escogido comienza abriéndonos las puertas del corazón de Vins Nadal. Uno de sus pilares es su historia; el otro, las cepas autóctonas: mantonegro, giró y prensal blanc, nos cuenta Hernán, que no se tratan ni con fertilizantes ni con pesticidas porque aquí se toman decisiones en los que se intenta minimizar la huella ambiental: sus botellas no tienen cápsula para prescindir de residuos innecesarios, las botellas contienen un 20% menos de cristal que una botella común, y ahora están estudiando cómo aplicar el sistema australiano Keyline para que las viñas absorban naturalmente el agua del subsuelo, una forma de combatir la falta de lluvia.
Mientras Hernán nos relata la filosofía de la empresa, saludamos a las hijas de Esperanza, que llegan del colegio -el hogar familiar está junto al celler y ambos están conectadas por un patio-. Es difícil no sentirse en casa aquí. Tras el saludo, continuamos el recorrido por la bodega, donde Hernán nos enseña los depósitos antiguos que actualmente se utilizan para almacenar agua de lluvia con la que, después, se riega la viña.
Mientras paseamos y descubrimos los recovecos del celler, nuestro guía particular nos cuenta que en Vins Nadal la cosecha se lleva a cabo, en agosto y septiembre, de forma manual con el propósito de cuidar el producto y generar menos impacto en el medioambiente. En un momento en el que muchas bodegas vuelven la mirada hacia atrás -y nosotros que nos alegramos- podemos afirmar que los Nadal siempre han tenido sus principios muy claros y éstos dictan su manera de hacer.
Hasta aquí llegan las uvas, cuyo líquido y piel se introducen directamente en los tanques de acero inoxidable. Lo que se desecha es devuelto a la viña y se vierte en la tierra. Abono natural que, además, contribuye a bajar la temperatura del suelo. Así pues, lo entendemos: aquí no se tira nada que se pueda reutilizar. Todo es circular. A continuación, Hernán nos lleva hasta la zona de embotellado y recibimos la visita de Esperanza, que tras saludarnos nos cuenta que la semana que viene comenzarán con la filtración de vinos blancos y rosados. Su idea es tener los primeros vinos del año en Pascua.
Seguimos nuestra ruta y llegamos a la bodega, el corazón del celler. Un espacio oscuro y fresco impregnado por un olor a madera teñida de vino. Utilizan barricas de roble francés y de roble americano porque, nos cuenta Hernán, la barrica americana dota al vino de un matiz dulce y ahumado mientras que la francesa aporta un toque más elegante y tradicional. Al salir de la bodega, nos encontramos con la máquina embotelladora -embotellan 80.000 vinos en un año- y descubrimos que, algunos caldos llevan madurando aquí desde 2007.
Tras conocer las entrañas de Vins Nadal y una historia que empezó a escribirse en 1932 gracias a Miquel Nadal Fiol, llega el momento de la cata. Subimos al altillo de la sala principal, reconvertido en sala de degustación, que conserva la esencia y la estética de un celler mallorquín de toda la vida.
En Vins Nadal ofrecen diferentes tipos de catas y, como nosotros hemos escogido la visita Pámpano, nos encontramos con una gran mesa presidida por tres vinos y una degustación de productos locales: galletas mallorquinas con queso semicurado menorquín y sobrasada, dulce de membrillo casero -que elabora el propio Rafael- y aceitunas. La escena pinta realmente bien.
Empezamos con el blanco Albaflor del 2022, elaborados con las variedades Prensal, Giró Ros y Moscatel, un vino que sabe a fruta y recuerda ligeramente al aroma del jazmín. Después, llega el turno del rosado 110, que se elabora con Mantonegro y presenta un color rojizo que nos sorprende por su vibrante intensidad. Saborearlo es como degustar fruta roja fresca, aunque notamos un ligero sabor que nos recuerda a la naranja.
Terminamos la cata con un tinto imprescindible del celler: el crianza Albaflor -con base de Mantonegro, Cabernet, Sauvignon, Merlot y Syrah cosechados en 2019- ha pasado 24 meses en barrica -mitad francesa y mitad americana-. Sabe a fruta negra con notas especiadas y un toque ligero de vainilla, y su cuerpo está mucho más presente que en los dos vinos anteriores.
Mientras disfrutamos de cada brebaje, charlamos con Hernán sobre el mundo del vino, su futuro en la isla y cómo es el día a día en una bodega que se mantiene fiel a sus principios y a su historia. Una experiencia muy enriquecedora de la que nos llevamos un muy buen sabor de boca.
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