Nada más entrar en el celler de Vins Nadal, en el municipio de Binissalem, entendemos que aquí los conceptos tradición e identidad no son tópicos manidos escogidos al azar. En esta bodega se respira historia, concretamente, la historia de una familia entregada al vino que ha sabido mantener su esencia y sus valores sin renunciar a la innovación y a un modelo de producción cada vez más sostenible.
Quien nos explica el pasado y el presente de la bodega es Esperanza Nadal, la representante de la cuarta generación de Vins Nadal, que lleva en la empresa desde 2002. En su relato se respira fuerza, determinación y mucha verdad pues, en este celler, nos queda claro, la autenticidad es innegociable. No obstante, a pesar de tener muy presente en su día a día sus raíces, nada más empezar la conversación, nos llevamos una primera lección: tradición y transformación no están reñidas porque los cambios aquí se ejecutan sin renunciar jamás la idiosincrasia de la bodega.
El relato de Vins Nadal comienza en 1932 y mucho ha llovido desde entonces. Miquel Nadal Fiol, el bisabuelo de Esperanza, fue quien fundó el celler, y lo hizo en su propia casa porque, antiguamente, nos cuenta Nadal, «los cellers estaban en el pueblo, formaban parte de la vida cotidiana de los vecinos. El trabajo, en cambio, se hacía en el campo y así lo mantenemos hoy».
En sus comienzos, la bodega de los Nadal producía vino para el autoconsumo; después, empezaron a venderlo a granel –como era tradición en la isla- y, luego, pasó a embotellarse y distribuirse alrededor de Mallorca. A Nadal no se le escapa que en esta transformación jugó un papel muy importante la explosión turística de los años 70. «El boom turístico cambió el escenario. Dejamos de ser autosuficientes, así que empezamos a importar vino de la península porque los viñedos que teníamos por entonces en Felanitx y en Manacor no bastaban. De repente, empezó a haber más demanda que oferta».
«Tenemos que volver a la agricultura de antes».
Por aquel entonces, Esperanza recuerda que el vino llegaba en tren, la familia lo almacenaba en Palma y de allí se distribuía. Eran otros tiempos, pero el paradigma volvería a dar un giro en los noventa con la instauración de la Denominación de Origen Binissalem-Mallorca y el relevo generacional interno de Vins Nadal. Durante esa década, el vino mallorquín en general aumentó espectacularmente tanto su calidad como su producción y, claro está, su consumo creció exponencialmente. No sería diferente en el caso de los Nadal cuyo vino, gracias a la labor comercial de Rafael, el padre de Esperanza, llegó a todos los puntos de la isla.
Con la incorporación de Esperanza a la empresa, llegarían, de nuevo, cambios. Aunque, como nos confiesa, de niña no sentía mucha curiosidad por el mundo de la viticultura, en 2002 entró en la bodega para hacerse cargo del control de calidad de la producción. Formada en la facultad de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid y con un máster en enología, Esperanza Nadal viajó para conocer las diferentes variedades de uva y las distintas formas de producción de vino alrededor del mundo. De aquí y de allá traería ideas y reflexiones que ahora, como directora de la marca, le sirven de inspiración para adaptar la bodega a un modo de hacer tradicional, respetuoso y sostenible pues ella lo tiene claro: «tenemos que volver a la agricultura de antes».
Siguiendo los parámetros de la viticultura regenerativa y con el objetivo de consumir menos CO2, en los viñedos de esta bodega de Binissalem se cultiva una vez al año, no se remueve la superficie de la tierra y se prescinde de productos químicos. Además, también se ha revisado el packaging que, como nos cuenta Esperanza, es un factor muy contaminante, sobre todo desde que en los noventa se dejaran de recuperar las botellas usadas en la isla. Para minimizar el impacto, en Vins Nadal han apostado por botellas de vidrio ligero y se han eliminado las típicas cápsulas que recubren el corcho. Su compromiso con la sostenibilidad es firme y los hechos lo demuestran: desde 2018 forman parte de la Fundación Empresa y Clima y sus vinos están certificados por Residuo Cero.


«Cuánto más local es el mercado, más sostenible eres».
Además de su modelo de producción y de seguir, a día de hoy, vendimiando de forma manual -cada año cuentan con la ayuda de jóvenes del pueblo para esta tarea-, la directora de Vins Nadal también reflexiona sobre cómo el mercado influye en el impacto ambiental y nos recuerda que «cuánto más local es el mercado, más sostenible eres». Por eso, la restauración, la hostelería y el sector de la alimentación de la isla son los principales canales de venta de sus dos marcas: Albaflor, la marca con mayor producción, y 110, que homenajea con su nombre a las raíces de las viñas de la bodega.
El mercado es, pues, local, pero las personas que visitan su celler, en cambio, son de cualquier parte del mundo. A veces, reconoce Esperanza con una sonrisa, alguien se sorprende porque cuando acude a visitar el celler espera recorrer las viñas, un concepto que en Vins Nadal no comparten porque su propuesta de valor es otra: «defendemos la identidad mallorquina. Ofrecemos visitas a un celler mallorquí en una casa mallorquina y eso a los turistas les gusta porque quieren conocer la isla, lo que se hace aquí y cómo se hace».
Como todas las historias, la de Vins Nadal se nutre de su pasado, se construye en el presente y se proyecta hacia el futuro. Y aunque el porvenir, en palabras de Esperanza Nadal, «es incierto, pues somos un grano de arena y necesitamos ser muchos granos de arena» el compromiso de esta bodega familiar es férreo y no teme, después de todo, a los cambios: «sabemos que nos tendremos que seguir adaptando a lo que venga, pero tengo claro que debemos ir por este camino».



