GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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En Thomas Bakeshop el olor a pan inunda nuestra nariz, y nuestros ojos se pasean por unos estantes repletos de productos.
Autor: Joan Ramis Boscana
El barrio de Santa Catalina se ve irreconocible a primera hora de la mañana. Desembocamos en sus calles después de asomarnos al mirador de Es Jonquet, un recorrido bien corto en el que nos cruzamos con los más madrugadores de la zona: transportistas que descargan pilas de cajas en el mercado, el personal del Santina que saca a algunas mesas sobre la acera. El silencio es casi absoluto en este lugar de Palma, una tranquilidad que se percibe raras veces en un sitio así, y que solo se interrumpe por el trajín de algunos trabajadores. Una chica en bicicleta aparca junto a la entrada de un lugar que casi ni habíamos visto, un local incrustado entre las viviendas del carrer d’Anníbal y que tiene un cartel que dice así: Thomas Bakeshop. El mensaje que reza su cristalera viene a afianzar el nombre del letrero: pan artesano de masa madre. Nos quedamos como hechizados delante de la puerta hasta que la chica de la bicicleta sale con un pan bajo el brazo. Queremos imitarla.
Las dimensiones de esta panadería es lo primero que nos llama la atención. Es más bien pequeña, coqueta, y la concentración tanto producto rico en un espacio tan menudo hace que sus olores se intensifiquen. En Thomas Bakeshop el olor a pan inunda nuestra nariz, y nuestros ojos se pasean por unos estantes repletos de productos, todos ellos elaborados con masa madre. La oferta es tan variada que si quisiéramos probar una cosa distinta cada día, deberían inventarse nuevos días de la semana. Un pan italiano con unos agujeros bien generosos en su miga, otro de espelta integral cuyo trigo ya se cultivaba en la Edad del Bronce o uno de remolacha – atención, remolacha – que ya por su nombre nos hace abrir los ojos. Estas son solo algunas de las genialidades que crea Thomas, que desde hace siete años trabaja de noche para que sus productos adquieran unas formas de fantasía al despuntar el alba.
De tanto contemplar los productos de la panadería no hemos caído en que alguien nos está saludando. Se trata de Michelle, que desde detrás del mostrador nos sonríe para preguntarnos si deseamos algo. Nos dice que la fermentación de sus panes dura más de veinte horas, y que durante el fin de semana ofrecen productos que se han preparado a lo largo de tres días. El paso del tiempo, por lo visto, es uno de secretos con los que rellenan sus panes. Por eso nos llevamos uno medio de centeno que ha requerido de setentaidós horas de elaboración. Asimismo, nos apetece tomarnos un café. Michelle nos dice que por supuesto, que nos sentemos en una mesita que han instalado justo en la entrada, donde han colocado un jarrón con flores y un montoncito de libros. Un rincón donde disfrutar de la mañana.
Para acompañar la bebida, pedimos un caracol de pasas que alternamos con unos sorbos que nos calientan la garganta. El caracol es tan deliciosamente frágil que casi parece de vidrio, es tan perfecto como el día que se presenta ante nosotros. Nunca habíamos disfrutado de Santa Catalina de forma tan pausada. Gracias a Thomas Bakeshop y a sus harinas ecológicas, empezamos a verla desde otro prisma. Cuando entramos de nuevo en la panadería para llevarnos algo más a casa, Michelle nos regala un trozo de focaccia y nos dice que la disfrutemos, que seguro que nos gusta. Su sonrisa se ve tan franca que resulta imposible negarnos a su invitación. No nos extraña que sobre una mesita alta descanse un poema dedicado a su persona. Antes de salir de la panadería, vemos que en sus estantes venden aceite y también la miel de Mel Vici. Sonreímos al identificar un proyecto que ya conocemos en las instalaciones de otro que acabamos de abrazar. Cuando ponemos un pie en la calle, Santa Catalina recupera poco a poco su ritmo habitual.
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