Campo de ensayo, zona de recuperación y finca de experimentación, estudio y conservación, Son Mut Nou es la tierra en la que Monserrat Pons i Boscana cultiva con amor y empeño su proyecto personal: una vasta colección de higueras que nos recuerdan la importancia de nuestro patrimonio natural.
Es aquí, en la Marina de Llucmajor, donde este farmacéutico de profesión pasa gran parte de sus días gracias a una historia que califica de «compleja». «En mi juventud siempre viví en el ámbito agrario, en la Marina. Estudié farmacia y la botánica se convirtió en una parte importante de mi formación. Empecé a dedicarme a la higuera como árbol simbólico de nuestra historia porque para mí la higuera es el árbol».
Un árbol que relata nuestra historia como pueblo -como quizá solo puede hacerlo, también, el olivo- pero que con el tiempo ha ido menguando su presencia en el paisaje balear. «En la época dorada del siglo pasado, las figueres de porc eran las más cultivadas. Los higueros eran para alimentar a los cerdos, había muy pocas para consumo humano. Antes eran el pan del pobre y el postre de los ricos».
«Las higueras me dan vida. Dentro de este paraíso, hago mi trabajo».
Ante esta situación crítica, Monserrat, hace veintiocho años, comenzó estudiar las casi infinitas variedades de higuera que crecen alrededor del mundo y a sembrarlas en Son Mut Nou hasta dibujar un escenario agreste de casi tres mil ejemplares, de aquí y de allá, pero sobre todo locales, «variedades en recesión y riesgo de desaparición» con el propósito de recuperarlas y porque, como afirma, «las higueras me dan vida. Dentro de este paraíso, hago mi trabajo».
En su juventud, cuando estudiaba farmacia, el campo no le era ajeno. En su familia tenían vacas y ovejas, y vendían su propia leche, pero no fue hasta que su amigo Colau Monserrat i Garau le introdujo en este mundo cuando decidió impulsar un proyecto difícil de comparar a cualquier otro. A partir de entonces, «como un engranaje, fui buscando estas joyas de nuestra historia, cultura y patrimonio que son las higueras».
Desde 1995 hasta la fecha, ha recorrido el planeta en busca de propietarios de variedades dispares, un viaje de investigación «por amor a nuestro pueblo y nuestros antepasados» que ha quintuplicado el número inicial de higueras. Y no lo hace solo. Aunque el equipo involucrado es pequeño, un payés le ayuda en las tareas de mantenimiento, poda y recolección, una joven en los quehaceres de la logística y varios familiares y amigos le dan apoyo en lo que necesita.
Con el paso del tiempo, Monserrat ha reunido en su finca «higueras únicas, esquejes e hijos de higueras con historia»-de donde la Sagrada Familia fue expulsada, del lugar en el que fusilaron al Che Guevara y a la sombra del árbol en el que Buda se iluminó- y ha logrado captar el interés de locales, escuelas y asociaciones, pero también de muchos viajeros que llegan incluso desde Nigeria, Bangladesh y Pakistán para saber más sobre este árbol histórico.


«El proyecto se centra en la recuperación, reproducción y conservación de las variedades locales».
Son Mut Nou alberga, pues, ejemplares de todo el planeta -aquí las hay isleñas, españolas y de los continentes europeo, americano, asiático, africano e incluso unas cuantas del océanico-, pero como Monserrat reconoce, «el proyecto se centra en la recuperación, reproducción y conservación de las variedades locales’ que ‘forman parte de nuestro patrimonio agrícola en recesión».
La historia de Son Mut Nou, narrada por Monserrat, es fascinante y la pasión que transmite es cautivadora, pero no por ello su discurso deja de ser realista, pues sabe que se enfrenta, a diario, a múltiples retos: el turismo, la globalización, la sequía extrema y que cada vez haya menos payeses. «Todo induce a que nuestra cultura agraria desaparezca a pasos agigantados, y sobre todo el cambio climático, si no ponemos remedio a corto plazo».
A pesar de esta incertidumbre, la vida de Monserrat -que no ha perdido su vocación sanitaria y que, aunque ahora alejado temporalmente por cuestiones de salud, sigue manteniendo su farmacia y su clientela- transcurre entre centenares de ejemplares de este árbol mítico -que sirvió de cobijo literario, relata, a poetas imprescindibles como Miguel Hernández, Rosalía de Castro o García Lorca.
Son Mut Nou no es un mundo aislado. Su promotor abre sus puertas a los curiosos en visitas guiadas y a consumidores que prueban los higos en el lugar, llenan sus cestos y, con una donación, contribuyen al mantenimiento de la finca, pues «las ayudas son escasas». No obstante, consumir producto local, recuerda, también es un modo de aportar nuestro granito de arena. «Cuando voy al mercado, me sabe mal ver frutas de fuera, cuando tenemos variedades que se pierden».
El porvenir del campo de experimentación de Monserrat es incierto. Como él mismo reflexiona, «el plan de futuro no existe. Se tiene que vivir el día a día. Partido a partido. Mis hijos no se van a dedicar a esto, ¿qué pasará? No lo sé. Mi ilusión es que pasase a uso público, que estas variedades fuesen a una finca pública y que los isleños puedan disfrutarlas». Mientras tanto, entre el aroma dulzón e inconfundible de las higueras que inunda esta parcela de la Marina de Llucmajor, su propietario comparte sus conocimientos en su próxima visita guiada, a la que nos invita a unirnos.
El recorrido resulta ser una extensión de nuestra entrevista, en la que ahora permanecemos callados, pero atentísimos. La emoción y el profundo respeto con los que Monserrat riega su proyecto nos atrapa. Sus frases, cargadas de verdad y compromiso, resuenan más allá del campo y nos dan una lección difícil de olvidar: nuestra cultura, nuestro pasado y nuestro patrimonio están también en la tierra, y un proyecto inconmensurable y altruista como este ayuda a mantenerlos vivos, pero todos, sentimos, tenemos la responsabilidad de contribuir a esta preciosa tarea. Ojalá lo hagamos con la misma pasión que Monserrat.



