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Microceller Son Crespí

Sorbos ecológicos para paladares exquisitos

La casa está en una posición algo elevada que permite gozar de la extensión de los viñedos, cuidados mediante una producción ecológica.

Autor: Joan Ramis Boscana

Fotógrafo: Jaume Oliver

Conducir por la comarca del Raiguer es adentrarse en una de las cunas del vino mallorquín. Los campos que flanquean las carreteras están tomados por hojas de parras, un paisaje que se replica hasta el infinito y del que ya fuimos testigos cuando visitamos la bodega de 7103, situada en Santa Maria del Camí. Hoy volvemos a dirigirnos a este pueblo, un destino que muchos amantes de la uva tienen bien marcado en sus mapas y que nosotros también conocemos. Es en la entrada del municipio donde encontramos el Microceller Son Crespí, un proyecto que levantaron Pere Crespí y Neus Beltrán porque el cultivo de la vid es su razón de ser.

Nuestro coche eléctrico cruza la entrada de esta possessió y se interna en sus dominios. A mano izquierda dejamos un campo en el que la viña brilla en todo su esplendor, y nuestros ojos se detienen en un modesto huerto que viene a indicarnos que en este proyecto todo se hace con mimo y amor. Estamos en los terrenos de Son Crespí de Passatemps, una antigua finca mallorquina que data de 1528. Cerca de la construcción nos espera Ignasi, que nos indica dónde podemos estacionar el vehículo. Nada más bajar del coche nos invade una sensación de sosiego absoluto, una paz que nos mece en medio de un escenario de lo más bucólico. La casa está en una posición algo elevada que permite gozar de la extensión de los viñedos, cuidados mediante una producción ecológica. Después de alimentar la mirada con el espectáculo que brinda la naturaleza, Ignasi nos ofrece un pequeño tour a través de la vivienda. La decoración y el mobiliario de su interior destilan humildad, respetan el estilo arquitectónico de cualquier casa de campo. Herramientas colgadas de las paredes, una chimenea esquinera y el suelo de terrazo.

En este proyecto no hay ni una sola gota de ínfulas; es todo modestia y pasión por lo que hacen. Así nos lo explica Albert en la terraza donde se celebra la cata, un enclave en el que los atardeceres deben parecerse una ilusión, con el sol desvaneciéndose detrás de la Tramuntana. Sucumbidos a la magia del entorno, nos ofrecen el primer vino: un blanco que es un coupage entre manto negro y prensal blanc. En boca sabe refrescante, casa como nunca con este verano que acabamos de abandonar. Nuestro olfato es víctima de una fiesta en la que se conjugan aromas frutales, hay en su sabor un resabio a manzanas y peras. Mientras lo disfrutamos, Ignasi nos cuenta que en Son Crespí se quedan con el cuarenta por ciento de lo que cosechan; el resto lo venden a otras bodegas porque al ser un microceller, no dan abasto para procesar toda la producción de uva. Le ponen enorme esmero a las ocho referencias que elaboran, fruto de un trabajo manual que les ha hecho merecer la carta de maestro artesano, otorgada por el Consell de Mallorca.

Acompañamos este vino con uno de sus mejores aliados: unas láminas de queso rematadas con un toque de mermelada de higos. Un tentempié tan casero como el segundo vino que nos sirven, que es un rosado cien por cien manto negro, una de las variedades más apreciadas en Son Crespí. El recital afrutado que habían iniciado los higos continúa ahora de la mano de cerezas y fresas, las notas aromáticas que se adueñan de nuestros sentidos con cada sorbo. Ignasi nos explica que el padre de Pere, uno de los fundadores de este proyecto, fue quien se propuso plantar variedades locales en sus tierras porque, según se decía antaño, las uvas mallorquinas eran del todo estériles para producir vino. Este rosado que nos estamos bebiendo desdice esa afirmación, una verdad que festejamos con sumo placer mientras picoteamos unas galletas de Muro untadas con sobrasada. Los pájaros sobrevuelan la mesa donde estamos sentados, un perro ladra a lo lejos y el mediodía nos sonríe.

Es en ese instante cuando un grupo de diez personas se apunta a la visita. Ignasi tiene que dejarnos y Albert coge su relevo. Mientras llena nuestras copas de un tinto con un ligero deje láctico al que no le faltan ecos de acidez, nos confiesa que el personal que organiza las visitas es el mismo que brega en el campo. Quienes hoy nos han explicado las vicisitudes de este proyecto usan sus manos para sembrar y cosechar, conocen el producto que presentan a través del tacto con la tierra. Son las manos de Albert las que descorchan el último vino: un Gironauta, otro blanco que rinde homenaje al mastín cuyos ladridos siguen escuchándose por toda la finca. Un animal que se pasea por la viña porque es un miembro más de la familia, y al que han llamado Giró. Este blanco contiene un tono amarillento y sabe ligeramente a mantequilla, es la antítesis del primero que hemos probado, tiene mayor cuerpo. Se ha criado en bota de roble francés durante seis meses. Según las palabras de Albert, no tenían demasiadas esperanzas depositadas en este vino y, al final, ha explotado como una sorpresa. La misma que nos hemos llevado nosotros gracias a una visita para enmarcar.

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