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7103 Petit Celler

Nobles propósitos

Producto LocalVino
Autor:
Aina Coll
06.09.2023
Acreditada como bodega de producción ecológica, 7103 es un celler joven, pero con las ideas muy claras. Su filosofía es sencilla y noble: respetar la tierra, cultivar variedades autóctonas y contribuir a conservar el paisaje de la isla. ¿Su nombre? Un guiño a la idiosincrasia de la pagesia mallorquina: el número de metros cuadrados de una unidad de medida que solo existe en estas islas, la cuarterada.

Pep Cànaves y Sebastià Ordines se conocieron estudiando ingeniería agrícola en Mallorca, pero no fue hasta 2013 cuando emprendieron el camino de lo que hoy es 7103 Petit Celler. Por aquel entonces, «sin clientes ni dinero», como reconocen sentados cerca de sus vides mientras tomamos café, comenzaron a experimentar con la producción de vino en un garaje. De aquellas pruebas iniciales salieron 4.000 botellas. Este año, una década después, embotellarán 50.000 unidades.

En realidad, el mundo de la vid nunca les ha sido ajeno. «En mi casa», cuenta Sebastià, «siempre había habido viñedos. Mi bisabuelo hacía vino y lo vendía a granel y, aunque mis abuelos dejaron de producir, vendían uvas de Mantonegro a los cellers». Pep, en cambio, se introdujo en este mundo a raíz de sus estudios universitarios y se especializó en enología, después, en Tarragona.

Desde que se juntaron, su producción ha ido creciendo y evolucionando. «Nuestra base es trabajar con variedades de uva autóctonas y con ellas intentamos producir vinos y productos diferentes: vermut, cerveza, vino espumoso, sangría...», nos cuentan en el porche de su bodega de Santa María del Camí. Así es. Empezaron lanzando tres propuestas al mercado y ahora cuentan con trece vinos, dos vermuts -No passis pena y Te dic coses- y su exitosa sangría que, con un 50% de zumo de naranja Canoneta de Sóller, ha sido toda una revolución para la bodega.

«Cuando compras un vino en un celler pequeño de Mallorca estás comprando una historia, una cultura, una manera de ser». 

Sin embargo, nos atreveríamos a decir que la clave de su éxito no reside exclusivamente en la calidad (y de eso van sobrados) de sus propuestas. En 7103 hay un factor extra –llamémoslo personalidad- que forma parte de la esencia de la marca y que definen con palabras y practican con hechos. «Tenemos que ser conscientes de que cuando compras un vino en un celler pequeño de Mallorca estás comprando una historia, una cultura, una manera de ser», reflexionan.

Una forma de ser que, a su modo de ver y pese a la proliferación de bodegas en la isla, no está exenta de riesgos. «En Santa María hay 7 cellers, pero quedan pocos payeses. La figura del pagès que siembra uva para venderla es escasa y si queremos mantener el paisaje que nos define, tiene que haber más», aseguran.

En su particular contribución a la conservación de ese paisaje y de las variedades de la isla, valor patrimonial de Mallorca, en 7103 cultivan Mantonegro, Premsal Blanc, Giró Ros, Fogoneu y Callet, aunque no todas las viñas son de su propiedad. El relevo generacional en el pueblo es escaso y, por eso, cultivan en fincas de familiares y en otras que alquilan a payeses ya jubilados.

Sebastià, se le nota cuando habla, es el que se encarga de la tierra y las vides. Pep está al mando de la producción y Miquel, la última incorporación del equipo, es el comercial.  «Es una rueda bien engrasada», aseguran entre risas. De hecho, con la llegada de Miquel hace 4 años, 7103 dio un salto. Curtido en una empresa mucho más grande y a cargo de cartera de productos mucho más extensa, Miquel asumió el reto de dar a conocer una bodega con 5 productos en un mercado en el que cada vez hay más vinos y a precios más asequibles de los que puede asumir un petit celler de la isla.

«Hacemos agricultura ecológica y la metemos dentro de una botella. Somos payeses que hacen vino»,

La competitividad no es el único obstáculo con el que se han encontrado en el camino. «Antes de la pandemia éramos algo reacios a vender nuestro vino en las grandes superficies, pero con el confinamiento solo podíamos vender allí porque el resto de comercialización se paró. Eso sí, vendimos a muchos particulares», nos cuentan. De aquellos tiempos no tan lejanos, no parece que hayamos aprendido mucho. En aquel contexto, «la gente tomó conciencia del trabajo que hacen los payeses porque dependíamos de lo que se cultivaba aquí, sin embargo, no creemos que haya quedado nada de ese sentimiento», lamentan.

A pesar de todas las dificultades a las que se enfrenta una bodega como esta, 7103 avanza con optimismo. «Cuando sacamos la primera producción adelante, pensamos que era imposible encontrar a 4.000 personas que quisieran una botella de vino nuestra. Nunca creímos que pudiésemos llegar hasta aquí», aseguran con una carcajada al unísono.

Ahora, instalados en una nueva nave que terminaron de construir hace apenas dos años, aspiran a crear un espacio más dinámico para atraer a gente a los viñedos, gente que desee conocer la realidad del celler en su forma más auténtica. El objetivo es absolutamente coherente, pues en 7103 no hay imposturas, lo que enseñan es lo que hay: «hacemos agricultura ecológica y la metemos dentro de una botella. Somos payeses que hacen vino», resumen.

Es esta una manera clara de sintetizar no sólo el trabajo que llevan a cabo, sino también -y lo más importante- el porqué de lo que hacen. Al fin y al cabo, durante nuestra visita comprendemos que su anhelo no es otro que dar un valor añadido a nuestras variedades, a nuestra tradición, a nuestra cultura, y con él, contribuir a la conservación de un paisaje que nos define y que, si queremos seguir disfrutando y admirando, debemos respetar, sembrar y cosechar.