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Balancins Gelabert

Serenidad, paz y tradición

Producto Local
Autor:
Aina Coll
Fotógrafo:
Jaume Oliver
11.22.2023
Sentados en él, hemos descansado, leído, tejido e incluso hemos echado más de una siesta. Elemento estético y funcional fundamental de las casas tradicionales de la isla, todos conservamos, grabada en nuestra memoria, alguna imagen de nuestra infancia en un balancín. En Balancins Gelabert llevan tres generaciones elaborándolos de forma tradicional, empeñados en mantener viva la fabricación artesanal.

El abuelo de Pep montó una sillería con sus hermanos, que luego heredaría su padre y, después, él mismo, en el carrer de Bonjesús, en Manacor. Con el tiempo, el taller familiar dejó de producir sillas y se especializó en la creación de balancines mallorquines. Quienes rememoran hoy la historia de esta empresa familiar, sentados en sus propias creaciones, son Pep y su padre, dos generaciones que comparten la misma pasión y respeto por la ebanistería delicada y cuidada.

Rodeados de herramientas, madera y muchos balancines, en un taller en el que se respira la esencia de antaño, escuchamos atentos. «Mi madre rescató un balancín de mi abuela y mi padre sacó las plantillas», cuenta el padre de Pep. Por aquel entonces, prosigue, «solo éramos mi padre y yo, y me propuso hacer solo balancines. Hace ya cincuenta y cinco años». Tras enfermar el abuelo, un hermano se incorporó y ambos tomaron las riendas del negocio familiar.

Entre serrín y telas, creció Pep. La mayoría de los recuerdos de su infancia, de hecho, tienen este taller como escenario. «Recuerdo jugar aquí y ver a mi madre tapizar cada balancín. Lo he vivido desde pequeño y para mí aprender el proceso fue natural», cuenta. Tan orgánico que cuando cogió el relevo, optó por «ponerse al día y hacerse visible» pero, como asegura, «el modo de elaborar cada balancín apenas ha cambiado».

«Muchos ebanistas hoy en día son más informáticos que ebanistas».

En este sendero enfocado a la actualización, la tercera generación de Balancins Gelabert ha asumido el reto de afrontar un rebranding, ha lanzado una página web y ha incorporado alguna máquina auxiliar que, claro, cuando el abuelo trabajaba no existía. Sin embargo, el método es exactamente el mismo que décadas atrás: un camión descarga la leña en el taller y Pep selecciona y separa la que le interesa según las vetas para que el resultado sea armonioso. Después, explica, marca a lápiz cada pieza y comienza a serrar la madera. Aunque ésta siempre había sido de pino mallorquín, finalmente, tras algunos problemas con proveedores, han resuelto utilizar madera francesa, que es más robusta.

Pep invierte una jornada laboral intensa y de muchas horas en dar forma a un solo balancín, desde que trabaja la estructura hasta que la tapiza. Todo el proceso pasa por sus manos. Sus grandes aliadas para lograr un resultado genuino son las tres marcas de roba de llengües que quedan en la isla. Tres históricas que siguen, hoy, tejiendo en el telar según la técnica milenaria del ikat: Teixits Riera, en Lloseta; Teixits Vicenç, en Pollença, y Teixits Bujosa, en Santa Maria. Entre las tres, cuenta con un muestrario de trescientas telas, con todo tipo de dibujos y una paleta de color casi infinita.

De esta forma, cada balancín es único y personalizado al gusto del cliente. Disponibles en dos tamaños, para adultos y para niños, lo que sí tienen en común todos es la curva invertida, un modelo patentado por Balancins Gelabert para que la espalda descanse de forma sana, cómoda y natural. Han investigado para lograrla, «probando e innovando para mejorar, pero siempre de forma artesanal».

Al fin y al cabo, «un balancín tiene una característica que no tiene una silla: la silla se asienta, pero un balancín se mece. Si no está bien hecho, no dura toda una vida». Y un objeto como éste debe durar. Para ello, cuenta Pep, es fundamental «trabajar a tu ritmo, sin presión», algo que ensalza de su trabajo, de su modo de ganarse la vida.

El modo de hacer artesanal es un mantra en este taller porque, medio en broma medio en serio, reflexiona un hombre que ha pasado la vida entre madera, sobre cómo ha evolucionado su profesión: «Muchos ebanistas hoy en día son más informáticos que ebanistas», ironiza.

«Un balancín tiene que estar bien hecho y aquí nada se hace solo».

Agradables y acogedores, a los Gelabert la artesanía les corre por las venas. Quizá por eso recuerdan con añoranza aquellos tiempos en los que en cada calle, había al menos un taller. «En Manacor, cuando tenía quince años, había cuatrocientos treinta talleres. En esta calle había seis y dos tapicerías. Ahora solo quedamos nosotros», recuerda el padre de Pep. Es el retrato de la Mallorca de otro tiempo.

Tantas décadas trabajando en el taller de siempre han dado lugar a muchas historias y anécdotas con clientes locales, pero también extranjeros con segunda residencia en la isla que acuden hasta la calle de Bonjesús para personalizar su balancín. Incluso, nos cuentan, un presidente del Govern de les Illes Balears ha pasado por aquí.

Este año, Pep ha recibido el carnet de primater d’obra fina, una distinción que sólo reciben los fusters que trabajan a la antigua usanza. Y es que todavía hay muchas personas que valoran este modo de producir y entender la creación de piezas únicas por su proceso, pero también, en este caso, por las telas que se utilizan para tapizar.

El taller de Balancins Gelabert es un lugar humilde, sencillo y auténtico, que se mantiene fiel a sus valores: el trabajo artesano siempre con la vista puesta en la calidad. Alineado con esta visión, Pep no se ha desviado ni un ápice de lo que su abuelo le enseñó a su padre y éste a él: «un balancín tiene que estar bien hecho y aquí nada se hace solo. Todo se hace con las manos».