GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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En Miga de nube lo dan todo para que su carta sea saludable, un objetivo que logran gracias a una huerta donde cosechan algunos de sus productos.
Autor: Joan Ramis Boscana
Nos disponemos a hacerte una confesión sin ambages: somos unos enamorados de Sóller. Durante las últimas semanas hemos absorbido la esencia anaranjada que emana de sus campos, nos hemos dejado cautivar por todos los productos que nacen de una tierra tan fructífera. Pero aún nos quedaba una muesca por hacer, una casilla que debíamos marcar para que nuestro conocimiento sobre el municipio fuese satisfactorio. No podíamos sentir el verdadero carácter del pueblo sin pasar por una calle que reúne el latir de sus habitantes, que es el carrer de Sa Lluna. Antes de entrar en el establecimiento donde hemos quedado, Forn de Barri intenta tirar de nosotros, nos lanza un conjuro artesano que apenas podemos sortear. Sus productos se ven tan golosos como sanos, pero debemos reservar nuestro apetito para Miga de Nube, un sitio que nos llamó la atención desde que lo descubrimos. ¿El motivo? Entra con nosotros y lo sabrás.
Con los pies ya dentro de su local, enseguida comprendemos que Miga de nube es un espacio provisto de infinita sensibilidad. Aquí no solo se viene a comer, ni mucho menos. Aquí se viene a tomar el té, a pringarse de arte, a abrazar el concepto que Cris y Candela, sus propietarias, lanzaron para definir la naturaleza de este lugar: slow café & atelier. Desde el principio nos impacta la decoración de Miga de nube, la de un atelier que va variando su aspecto y que nunca permanece igual. Estamos en una vieja casa de pueblo cuyas paredes se lijaron hasta recuperar sus colores originales. El suelo es de piedra, y de los muros cuelgan obras de arte de toda clase, sobre todo cuadros. Aquí cohabitan la cultura y la gastronomía porque tal y como dicen sus fundadoras: todo alimenta. Si buscáramos la definición de pintoresco en el diccionario, al lado aparecería una imagen de este atelier donde algunos clientes extranjeros toman la perla de la casa: un café tostado en Mallorca que, según dicen, está de vicio.
La camarera nos guía hasta nuestra mesa, y por el camino nos cruzamos con un mostrador y una vitrina en la que descansan trozos de banana bread, tartas de chocolate y naranja, panna cotta de piña y coco o crumbles de frambuesa y manzana. No hace falta que nos juren que todo es casero; su aspecto habla por sí solo. En Miga de nube lo dan todo para que su carta sea saludable, un objetivo que logran gracias a una huerta donde cosechan algunos de sus productos. El kilómetro cero es una de las máximas de este restaurante, que cuenta con un jardín que nos deja pasmados. El aire corre bajo un techo formado por hojas de limoneros y plantas trepadoras. Este lugar es como un palacio construido en aras del ecologismo. Cuando vemos las ensaladas que comen nuestras vecinas de mesa, el color verde invade nuestra vista: una la ha pedido de aguacate y huevo encurtido, la otra está salpicada de pera y lo que parece ser azafrán. Los platos son tan abundantes que las dos amigas podrían bañarse en ellos.
Nosotros estamos indecisos. ¿Pedimos una tabla de quesos artesanos para darle al picoteo? ¿O mejor nos entregamos a un baba ganoush que hace tiempo que no probamos? Mientras las dudas nos devoran y un perro bebe de un cuenco al lado de unas clivias, la carta de Miga de nube nos habla con claridad: aquí la comida alcanza unas cotas orgánicas como en pocos sitios. Por eso nos decidimos por una de las reinas de su propuesta, que son las tostadas. Un plato que vamos a ligar con un acompañamiento donde mojar pan. Un pan, por cierto, que está elaborado con masa madre. Cuando la camarera vuelve con nuestro pedido en la mano, lo hace pisando unos guijarros que tapizan el jardín. Deposita en nuestra mesa unos platos de cerámica esmaltada: uno está cargado con un humus de tomate seco, el otro trae una tostada que han apodado como El Alfonso.
Lo primero que hacemos es coger un trozo de pan de pita que está calentito, que huele a hogar. Lo recubrimos de humus y nos lo llevamos al único sitio al puede ir: nuestra boca. De todos los detalles que intentamos atrapar, hay uno sobresale por encima del resto, y es el sabor de las aceitunas negras que se despeñan por una montaña de color rojizo. Ahora el cuchillo y el tenedor viajan al otro plato, le enseñan el pasaporte y parten la tostada por la mitad. Sobre el pan descansa una cama de queso elaborado con eneldo. ¿Y qué nos cuenta el eneldo? Pues que lo mezclemos con el salmón salvaje que le aporta una capa rosada al plato. Si decimos que la tostada es un festival de sabores – el amargor de las alcaparras se maneja bien con la suavidad del pepino – no mentimos. Y así estamos, en equilibrio entre el dulce y el salado que nos regala el humus, disfrutando de la textura jugosa de un salmón que sabe a sueño. Porque a eso nos ha invitado Miga de Nube: a un sueño.
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