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Ca'n March

Cuando el mejor ingrediente es la historia

La cocina de Can March no necesita adjetivos grandilocuentes porque su gran valor es hacer que te emociones al comerte un plato que podría haber guisado tu abuela a fuego lento durante la mañana -y servido en un plato de Duralex-.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

Entre los platos de la llamada cocina fusión y las tendencias gastronómicas que, como tendencias que son, van y vienen -ahora toca cocina japonesa, ahora se desata la locura por los tacos, luego deléitate con pasta italiana para comer y para cenar-, todavía quedan restaurantes -y qué alegría, por cierto- que profesan amor incondicional por la cocina de siempre y el producto estacional. Y este es, sin lugar a dudas, el caso de Can March en Manacor. 

En una travesía de Avinguda del Tren, en el número 7 del Carrer de València, se cuecen los sabores de un proyecto que echó a andar, nada más ni nada menos, que en 1925, la Fonda Ca'n March. Reconvertido en el concepto actual desde el 2000, el restaurante ensambla, desde entonces, producto de calidad, recetas reconocibles y un toquecito de creatividad con un claro referente: la cocina mallorquina. 

Al acomodarnos en nuestra mesa un mediodía entre semana, buceamos entre las diferentes opciones de la carta -que propone cocas de xeixa integral y huevos rotos camperos entre sus entrantes, y pescado de lonja, cochinillo de Can Company y terrina de cordero asado entre los principales- y el menú del día -cocina de mercado que cuenta con opción vegetariana-. 

Con un sabroso pan de harina de xeixa con aceite y sal que recibimos a modo de bienvenida y una copa de vino blanco de Pere Seda ya en nuestra mesa, nos decantamos por el menú diario, una propuesta que, como el sobrio y elegante salón que nos acoge, reafirma que aquí la temporalidad marca los tiempos y ordena los sabores. 

Comenzamos con una ensalada con queso feta -algo fresco y ligerito para empezar- y unos garbanzos con bacalao y espinacas, que dan paso a dos segundos de altura: un guiso de albóndigas con panceta y patatas y costilla alta de cerdo con salsa de naranja, espárragos, granada y un toque, tan inesperado como diferencial, de plátano frito. 

El postre, a modo de colofón, lo pone una crema de queso con polvo de algarroba y granos de granada -suave de sabor, consistente en la textura- y una lemon pie en copa que se debate, perfecta, entre la acidez y el dulzor. 

Todos los platos están muy, pero muy, buenos. No es una afirmación elaborada ni elocuente, es cierto, pero es que la cocina de Can March no necesita adjetivos grandilocuentes porque su gran valor es hacer que te emociones al comerte un plato que podría haber guisado tu abuela a fuego lento durante la mañana -y servido en un plato de Duralex-. Que lo goces, que lo disfrutes, y que quieras más. 

La apuesta gastronómica de Can March abraza y reconforta. Te hace sentir bien. Es todo lo que reconoces y te gusta, un poco más elevado, pero sin pretensiones. Un homenaje al producto de temporada que cuece con mimo y muchísimo sentido común el chef Miquel Gelabert y sirve un equipo en sala que hace que te sientas acogido, como en casa. Y la verdad, en los tiempos qué corren, ¿quién necesita más? 

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