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La Barra de Miceli

Del mercado a la barra en un instante

Marga Coll ha conseguido uno de sus objetivos: que el público vuelva a acercarse a un mercado que había visto cómo algunos de sus puestos habían echado el cierre.

Autor: Joan Ramis Boscana

Los mercados de abastos podrían compararse a los termómetros de una ciudad, de un pueblo. Pasear por sus pasillos nos permite tomarle el pulso al ambiente, inferir cuál es el carácter de sus habitantes. Esa es la sensación que experimentamos cuando accedemos al Mercat d’Inca un jueves cualquiera. Se percibe en el aire una atmósfera de lo más animada, un trasiego humano en el que mujeres cargan sus bolsas de la compra, donde hombres arrastran sus carritos con la mirada clavada en las vitrinas de los puestos. Buena parte de culpa de tal actividad la tiene La Barra de Miceli, uno de los proyectos que Marga Coll lidera a la vista de todo el mundo; el público puede sentarse en sus taburetes para contemplar cómo la chef, con manos expertas, cocina el menú del día con productos que adquiere del propio mercado. Un espectáculo en directo.

Hallamos un hueco en la barra, el lugar idóneo para que nuestro olfato capte los aromas que rezuma el lugar de trabajo de la cocinera y sus ayudantes. Nos acodamos en el mostrador y enseguida nos damos cuenta, a golpe de vista, de cómo los clientes se conocen de hace tiempo. Se saludan unos a otros, se interpelan por sus nombres de pila. La Barra de Miceli actúa como punto de encuentro en el núcleo de Inca, una cualidad que reúne a una clientela fija que nunca quiere perderse lo que se cuece en sus fogones. Aquello que ofrecen Marga Coll y su equipo depende del género que exponen los tenderos en sus mostradores. Por lo tanto, la variedad es siempre una constante a la que agarrarse. Es el propio mercado quien abastece a la cocina de la Barra de Miceli, que cuenta con productos del día, frescos, ligados a una inapelable temporalidad que se antoja como uno de sus máximos atractivos. 

Lo que se nos antoja a nosotros de todo lo anotado en unas pizarras colgantes – la oferta es tan amplia que cuesta decidirse – son dos platos que ya hemos visto pasear ante nuestros ojos, y que hemos saboreado con las retinas antes de que los depositen en la barra: unas gambas fritas y unas croquetas de bacalao. Nos hemos decidido por el mar en el interior de un mercado anclado en tierra firme, en el centro de la isla, donde los productos que provienen de la costa alcanzan los límites geográficos de Inca sin perder un ápice de frescor. Antes todo lo contrario. Un mordisco a la primera croqueta nos zambulle en los mares fríos del norte, donde el bacalao campa a sus anchas. La ternura de este pescado se alía con la textura crujiente del rebozado. Una mixtura perfecta, alejada del punto grasiento y aceitoso que sufren estas recetas que tanto se atribuyen a nuestras abuelas, y que muchos restaurantes no consiguen emular. Pero sí Marga Coll, que suele darle una vuelta de tuerca a las raíces de nuestra gastronomía, la que tanto nos describe. 

La gente se va agolpando alrededor de la barra mientras transcurre la hora de comer. Marga Coll ha conseguido uno de sus objetivos: que el público vuelva a acercarse a un mercado que había visto cómo algunos de sus puestos habían echado el cierre. A partir de sus creaciones culinarias, su equipo ha logrado incrementar un ajetreo que se había apagado. En eso pensamos mientras nos llevamos a la boca una gambita ligeramente empanada, cuyo sabor a Mediterráneo mojamos en un alioli memorable. El viaje que emprenden nuestros dedos – no nos hace falta tenedor ni lo queremos – genera cierta adicción, una repetición de movimientos que apenas podemos reprimir fruto del deleite.

Pocas veces una comida en forma de picoteo nos había sentado tan bien. Jamás unas tapas nos habían hablado con tanta personalidad, haciéndose oír por encima de las conversaciones de los comensales. Porque los platos de la Barra de Miceli se expresan con claridad para gritar que el Mercat d’Inca ha renacido. Esto es auténtico kilómetro cero. 

La gente se va agolpando alrededor de la barra mientras transcurre la hora de comer. Marga Coll ha conseguido uno de sus objetivos: que el público vuelva a acercarse a un mercado que había visto cómo algunos de sus puestos habían echado el cierre. A partir de sus creaciones culinarias, su equipo ha logrado incrementar un ajetreo que se había apagado. En eso pensamos mientras nos llevamos a la boca una gambita ligeramente empanada, cuyo sabor a Mediterráneo mojamos en un alioli memorable. El viaje que emprenden nuestros dedos – no nos hace falta tenedor ni lo queremos – genera cierta adicción, una repetición de movimientos que apenas podemos reprimir fruto del deleite.

Pocas veces una comida en forma de picoteo nos había sentado tan bien. Jamás unas tapas nos habían hablado con tanta personalidad, haciéndose oír por encima de las conversaciones de los comensales. Porque los platos de la Barra de Miceli se expresan con claridad para gritar que el Mercat d’Inca ha renacido. Esto es auténtico kilómetro cero. 

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