GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Una antigua barra y una estantería de rejilla que alberga algunos alimentos le otorgan al espacio cierto aire de antiguo colmado, y las mesas de madera y las lámparas de ratán crean un ambiente cálido y acogedor que invita a alargar el brunch y a perder de vista el reloj.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Comprometidos con nuestra tentadora misión de explorar las mejores propuestas de brunch que se ofertan en la isla, una soleada mañana de marzo nos dirigimos a Valldemossa. El mítico pueblo de la Serra de Tramuntana nos recibe con su espectacular belleza y nos encaminamos hasta la plaza de la Cartuja. Allí, justo en la esquina, se encuentra Barbaflorida Cafè, nuestro destino.
Tras debatir si elegimos quedarnos en la terraza embaldosada de piedra –el día, desde luego, acompaña- o entrar y descubrir el local, finalmente resolvemos pedir mesa en el interior porque algo nos dice que el ambiente de este bar no deja indiferente a nadie.
Nos acomodamos junto a la ventana, que nos regala unas preciosas vistas a la Serra y a las calles, siempre animadas, de Valldemossa, y pronto llega la carta. Llonguets -de caprese con mozzarella de búfala y pesto casero de almendras o un mestizo roast sándwich con ADN mallorquín- granola con fruta de temporada, dulces con pintaza y varias opciones de picoteo, como un vistoso humus de remolacha, llaman nuestra atención entre una interminable lista de bebidas, frías y calientes, en la que dominan el buen café y el té orgánico.
Entre todas las opciones –que evidencian una apuesta decidida por el producto de proximidad y ecológico-, encargamos dos zumos, uno de naranja y otro de manzana, un llonguet y unas tostadas. Listos para disfrutar.
Hemos pedido un llonguet de chutney casero de mango, queso mahonés, tomate y rúcula que resulta suculento y original, dulce y salado a la par, gracias a una combinación de sabores frescos que combinan y suavizan la densidad del queso menorquín.
Las tostadas –nos han advertido los fans de Barbaflorida- son un must en este lugar, así que encargamos una ración de rebanadas de pan con jamón ibérico que llegan acompañadas de aceitunas mallorquinas. Un plato simple, estamos de acuerdo, pero que nos recuerda precisamente que en los placeres mundanos uno puede hallar un instante de felicidad –y sabor- difícil de explicar.
La afluencia de comensales a mediodía en este local de Valldemossa es copiosa, pero relajada. Puede que sea por el escenario natural que nos rodea o puede que también ayude la decoración –singular, pero sin pretensiones- del lugar, que transmite esa sensación: una antigua barra y una estantería de rejilla que alberga algunos alimentos le otorgan al espacio cierto aire de antiguo colmado, y las mesas de madera y las lámparas de ratán crean un ambiente cálido y acogedor que invita a alargar el brunch y a perder de vista el reloj.
Nos vamos de Barbaflorida más que satisfechos –por la comida y el trato recibido- y, justo antes de salir, curioseamos entre los productos que lucen en la estantería. Entre cafés e infusiones, nos encontramos con los tés de Dos Alquemistas, a quienes pudimos visitar en La Bodega de Biniaraix. Siempre es un placer encontrarse con conocidos.
Ahora sí, abandonamos el local, pero una visita a Valldemossa conlleva una parada obligatoria: Can Molina nos reclama. Hacia este mítico horno con más de un siglo de tradición nos dirigimos para volver a casa con unas cocas de patata. Regresar de este pueblo con las manos vacías sería imperdonable y, además, las tradiciones están para cumplirlas.
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