Entre los muchos beneficios que nos aporta tener plantas en nuestras casas, numerosos estudios relacionan estas joyas de la naturaleza con la mejora del ánimo, la absorción de malos olores, la reducción del estrés y, por supuesto, con la mejora de la calidad del aire. Elena, la creadora de Biznaga Atelier, añade otro motivo por el cual vestir nuestros hogares de plantas y aprender a cuidar de ellas: «cuidar de tus seres vivos también te ayuda a tener concienciación para cuidar de la naturaleza -la montaña, las playas e incluso a reflexionar sobre cómo nos movemos-». Y, sin duda, no le falta razón.
Esta apreciación deja entrever, ya al comienzo de nuestro encuentro, la sensibilidad de Elena y la vocación que la llevó a crear el Atelier: «Biznaga nace con la ilusión de compartir mi pasión por las plantas y del deseo de contagiar la concienciación del cuidado del medio ambiente». Toda una declaración de intenciones que la impulsó a abrir un espacio en el que se dan cita personas que, además de su amor por las plantas, comparten el deseo de conocer gente, desconectar de la rutina y relajarse. De hecho, muchos de sus alumnos coinciden: las horas del curso son ratos para estar con uno mismo y con los compañeros del grupo; instantes de tiempo de calidad para su bienestar mientras se toman un té, charlan y aprenden cosas nuevas.
«Como seres humanos, pertenecemos a la naturaleza y, por instinto, nos sentimos atraídos por ella y buscamos esa sensación de bienestar y conexión».
En el Atelier, Elena ofrece cursos en grupos y sesiones privadas en los que enseña no solo qué tipos de plantas existen y cómo cuidarlas, sino también a integrarlas en nuestras vidas y en nuestros hogares para aprovechar todo su potencial curativo, porque esto no va solo de plantas, va también de personas. Para llegar a la gente, Elena trata de transmitir sus conocimientos de forma muy amena, inspirándose en el concepto de biofilia. Esta teoría defiende que las personas estamos vinculadas a la naturaleza y que esta relación es vital para nuestro desarrollo físico y psicológico. Al fin y al cabo, como nos asegura, «como seres humanos, pertenecemos a la naturaleza y, por instinto, nos sentimos atraídos por ella y buscamos esa sensación de bienestar y conexión».
Antes de llegar a Mallorca, Elena vivía en Ámsterdam. Formada en diseño industrial y diseño gráfico, en la capital de los Países Bajos conoció a mucha gente autodidacta o que se había formado en un campo y trabajaba en otro distinto que le apasionaba. Este hecho la inspiró a romper con ciertas creencias y a deshacerse de las jerarquías que conlleva trabajar en grandes corporaciones para apostar por su libertad y un estilo de vida acorde con su modo de ver el mundo. Quería alejarme de la pantalla, así que estuve investigando, conocí a gente y me motivé muchísimo».
En 2016, Elena se mudó a Mallorca. Aquí conoció a María –alma mater de Artisteo Taller- y fue gestando la idea de lo que es hoy una realidad. Hace dos años, en enero de 2020, ambas decidieron compartir un espacio creativo, un taller que albergara sus propuestas, pero la pandemia paralizó sus planes y no abrieron hasta el verano de ese mismo año. Por entonces, era complicado que los dos proyectos convivieran a la vez debido a las restricciones de aforo, pero la ilusión permanecía intacta y se adaptaron. Como cuenta Elena, el recibimiento fue muy especial porque, encerrados en casa, «todos empezamos a conectar más, tanto con las plantas como con nosotros mismos, y la gente vino con muchas ganas».


«Vivimos en selvas de asfalto y estamos muy desconectados de la naturaleza».
Además del curso Tribu Botánica y de las sesiones privadas, Elena ha incorporado un servicio de interiorismo botánico para transformar espacios, tanto viviendas privadas como cafeterías, tiendas u oficinas. Con esta propuesta, investiga el concepto, diseña el espacio e instala las plantas e, incluso, ofrece un servicio de mantenimiento. Esta es una forma de volver al verde y, sobre todo, de reintegrarlo en nuestra vida cotidiana porque, como asegura, «viviendo en diferentes ciudades, me di cuenta de que la naturaleza siempre estaba lejos. Vivimos en selvas de asfalto y estamos muy desconectados de la naturaleza».
Biznaga y Artisteo, además de compartir local, también tienen en común cierta necesidad de crear espacios para socializar, estar con la gente y pasarlo bien. Una vertiente que desean explorar de cara al futuro: «tanto a María como a mí nos gustaría abrir el espacio a coloquios para poner en común ideas y dar a conocer otros proyectos. Cuando emprendes, la vida social se reduce, y echamos en falta conocer personas con la que crear vínculos». Esta red de colaboración está presente en el ADN de Biznaga, que cuenta con piezas del ceramista Paparkone y con una selección de aceites esenciales de Joan Cavanes. «Para mí es muy importante revisar qué compramos, apoyar el producto y la artesanía local para enriquecer lazos, la cultura, la tradición. De hecho, este tema da lugar a muchas conversaciones con los alumnos».
Elena desprende esas ganas de volver a conectar con algo esencial que, en un ritmo de vida frenético, como sociedad, hemos perdido de vista: el presente, la naturaleza, el impacto de nuestros actos en el entorno y lo que hacemos en cada instante. Y aunque el camino está plagado de subidas y bajadas, ella lo tiene claro: «si es lo que te motiva, pruébalo». Y aunque su timbre de voz es suave y calmado, su mensaje emana fuerza porque en este mismo sendero ha encontrado la recompensa: «me siento más yo desde que me dedico a esto y eso tiene un valor increíble».



