Las tradiciones casi centenarias corren el peligro de desaparecer, de ser pasto del olvido para que pervivan solo en el recuerdo. Son como animales en peligro de extinción, especies que debemos cuidar con absoluta devoción y entrega abnegada. Solo así evitaremos su declive. Algunas tradiciones nos vienen de familia, herencias con las que se adquiere un compromiso de índole moral. Se aceptan voluntariamente para que se perpetúen a lo largo del tiempo. El traspaso de responsabilidades se encadena de padres a hijos, de generación a generación. Perola es uno de los agroturismos con más edad del territorio de Mallorca, un proyecto que las hermanas Salvà lideran con un profundo respeto a sus ancestros. Cuando nos invitaron para hacerles una visita, nos plantamos ahí en menos que canta un gallo. Los de su corral.
Justo cuando accedemos al interior del agroturismo, percibimos la calidez de una familia curtida en el arte del hospedaje. Nuestros pies descansan sobre un suelo de cerámica de gres, en un lugar que aún conserva algunas piezas de mobiliario que datan de tiempo atrás. Victòria nos habla sobre cómo empezó todo. «Pertenecemos a la primera remesa de agroturismos que abrieron en Mallorca cuando por aquí todo esto no se estilaba. Fue idea de nuestros padres». Los progenitores de Elisabet y Victòria decidieron convertir una explotación agrícola familiar en un pequeño hotel rural que, hoy en día, cuenta con seis habitaciones con capacidad para diez personas. Un aforo limitado que les deja fomentar un ambiente hogareño que, con un mayor volumen de huéspedes, se desvirtuaría por completo. Es Elisabet quien ahora se explaya sobre la fidelidad de su público. «Tenemos clientes que repiten cada verano desde 1996, cuando abrimos el agroturismo. Ellos agradecen mucho el trato familiar. Les gusta sentir la esencia de lo que somos y de lo que tenemos en la isla. Este es un turismo diferente».
«Nuestro padre sigue criando cerdos y nuestra sobrasada es ecológica. Es uno de nuestros productos estrella».
Acostumbradas como están a ser anfitrionas, las dos hermanas nos hacen cruzar un salón bañado por el sol de mediodía, donde la luz entra a raudales por las ventanas. Unas sillas tapizadas en telas de llengües rodean una mesa de madera oscura. Cuando salimos a la terraza, algunos huéspedes están acabando su desayuno: tostadas con pan de harina ecológica que su padre elabora en la finca Rafal Genàs, confitura de naranja que extraen de sus propios árboles, huevos que ponen unas gallinas que pululan por su corral. «Lograr todo esto es cada vez más complicado porque hay muchos agroturismos que han acabado en manos de empresas». Victòria hace referencia a la familiaridad que se respira incluso al charlar con ellas, sentados bajo una pérgola sobre la que crece vegetación, enfrente de una piscina que invita a pegar un capfico. Mientras Elisabet remata la explicación de su hermana, se oye el canto de algún ave que no conseguimos identificar. «No vamos a cambiar muchas cosas. Seguiremos en la misma línea porque esta es nuestra naturaleza. Aparte de alguna reforma que tenemos que hacer, nuestro funcionamiento interno mantendrá la misma dinámica».
Es precisamente en sus desayunos donde han efectuado variaciones, pues antes los servían a modo bufé y ahora los llevan directamente a la mesa. Una muestra de atención personalizada, un gesto que viene a ser una caricia a la sostenibilidad porque «así no gastamos tanto y se eliminan completamente los residuos». Los huéspedes que se alojan en el Agroturisme Perola permanecen en sus instalaciones una media de dos semanas. El tiempo adecuado para saborear los productos quilómetro cero que la familia Salvà, desde hace décadas, elabora desde la tradición y gracias a su huerto. «Nuestro padre sigue criando cerdos y nuestra sobrasada es ecológica. Es uno de nuestros productos estrella». Ciruelas, albaricoques, higos, melones. A medida que avanza la conversación, reparamos en que estamos en compañía de una estirpe de mallorquines que conoce la autosuficiencia.
Otro de los elementos que convierten Perola en un agroturismo sostenible es su instalación eléctrica, pues buena parte de su energía procede de un sistema de placas solares. El agua que utilizan para regar su jardín, por otro lado, la obtienen de tres pozos ubicados en la finca. A partir de un discurso sereno con tintes de protesta, Victòria manifiesta su malestar sobre el desabastecimiento de suministros que aquejan a los que viven en el campo. «Es un poco obsceno lo que ocurre en Mallorca. En los puntos más recónditos de Galicia o el País Vasco han llevado agua y corriente. Aquí en la isla, en cambio, te ponen mil pegas y te lo hacen pagar a precios exorbitados. No le veo una explicación razonable. Se trata de un derecho que tenemos».


«Acabamos de comprar una máquina de café que muele el grano. La gente quiere Nespresso, pero no queremos utilizar cápsulas. Es un disparate».
Cacarea un gallo cuando nos levantamos de la mesa. Elisabet se despide de nosotros con una sonrisa de disculpa; los quehaceres diarios de sus huéspedes la reclaman. La vemos caminar hasta el interior de un agroturismo que hizo la conversión ecológica hace unos seis años, y donde sus clientes se sienten como en casa. Nos fijamos en sus pasos decididos, los mismos que deben darse para alcanzar una sociedad más verde. Victòria remarca cuáles son esas pequeñas acciones que nos pueden conducir a tal meta. «Acabamos de comprar una máquina de café que muele el grano. La gente quiere Nespresso, pero no queremos utilizar cápsulas. Es un disparate». Una filosofía que también aplican para los amenities que suelen encontrarse en todo hotel que se precie; en Perola, salvo una pastilla de jabón que dejan para el huésped, no los hay. Y nos los hay porque los desechos que derivan de ese exceso de útiles están en las antípodas de sus convicciones. Lo que hacen para erradicar tanto desperdicio es comprar garrafas de jabón dosificable hecho en Totherba, otro proyecto con identidad mallorquina.
De camino a la salida, deambulamos por un camino de piedras que atraviesa el jardín frontal de la casa. Observamos una extensión de cultivo donde crecen unos naranjos y Victòria, solícita, nos invita a que un día nos desplacemos hasta el Rafal Genàs, la possessió donde su familia elabora la harina de trigo de xeixa. Aceptamos encantados para ser testigos de una tradición artesanal que no queremos perdernos. Cuando ya nos encaminamos hacia el coche, Miquela, su madre, nos da las gracias por haberlas visitado. La mujer ofrece resguardo a un conjunto de plantas con una sombrilla, así las protege del sol. En esta familia no escatiman en cuidados.



