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Son Mesquidassa

Agricultura mediterránea en un frasco de aceite

A través de su fragancia y sabor, los aceites de Son Mesquidassa son un regalo para los sentidos -y un obsequio ideal para un ser querido gracias a su decidida apuesta por el diseño-.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

A los pies del Puig de Sant Salvador se extiende un campo de casi 100 hectáreas plagado de olivos. 150.000, ni más ni menos, entre los que predomina la variedad autóctona arbequina. Es Son Mesquidassa, el proyecto que la familia Rosselló Castell inauguró en 2019 en una apuesta que reúne agricultura, sostenibilidad y tecnología, y rinde tributo a un producto idiosincrásico de las Islas Baleares como es el aceite de oliva. 

Una mañana de marzo vamos hasta Felanitx con ganas de conocer este proyecto (sí, nos estamos convirtiendo en expertos en aceite de oliva Made in Mallorca -y nos encanta-). Nada más llegar a la finca, nos impresionan sus dimensiones, un campo vasto que parece no tener fin colmado de hileras de olivos que dibujan una preciosa postal que nos deja boquiabiertos mientras recorremos el camino que nos conduce hasta las puertas del edificio. Una gran casa de piedra que se integra en el paisaje natural nos aguarda al fondo entre una calma absoluta.

Una vez dentro del edificio, nos recibe la que será nuestra guía en esta visita que hemos concertado para conocer Son Mesquidassa y catar sus aceites. La planta baja del edificio la ocupa un comedor amplio donde sirven desayunos y celebran las degustaciones, y en el que la madera es el único elemento decorativo, con permiso de los aceites del lugar que lucen en las estanterías. 

Tras las presentaciones, un vídeo explicativo nos anticipa lo que a continuación descubriremos en persona: cómo se honra, aquí, la agricultura mediterránea. Una vez acaba la proyección volvemos de nuevo al exterior, donde nos explican que la recogida de la aceituna, que se produce puntualmente en octubre y noviembre, tiene lugar con máquinas para acelerar el proceso y asegurar que tan solo pasen dos horas desde la recogida hasta la molienda. Esta rapidez tiene una justificación: es la única forma de conservar todas las propiedades aromáticas y la calidad del aceite de oliva virgen extra. 

De vuelta a las instalaciones -punteras y de diseño contemporáneo- nos detallan, fase a fase, el proceso que sigue a la recolección: una vez reunidas las aceitunas, estas se clasifican -según la variedad y el grado de maduración- y, después, a través de una larguísima cinta transportadora que se tiñe de verde, llegan al lugar en el que se lavan y se pesan, y entonces empieza la molienda del fruto.

Durante el triturado, nos cuentan, el líquido se separa de la masa con un batido en frío a 20 ºC y la pasta, una enorme masa verde que se asemeja a la olivada, se separa del aceite, que se filtra para eliminar los posos que puedan haber quedado.

El proceso, lo comprendemos, está perfectamente estudiado y siempre ha tenido como prioridad la sostenibilidad: el hueso de la aceituna adquiere una segunda vida, pues se utiliza como biocombustible para el autoconsumo y genera agua caliente y calefacción en las instalaciones, y los desechos de la aceituna vuelven a la tierra para nutrirla y, a modo de herbicida ecológico, permite prescindir de productos químicos.

Tras enseñarnos las máquinas y comprender el proceso, visitamos el almacén, plagado de depósitos de acero inoxidable -contamos hasta dieciséis- que permanecen entre los 18 ºC y 20 ºC. Mientras, claro, el trabajo continúa en el campo, pues tras la cosecha, llega la hora de la poda, que se ejecuta manualmente para que cuando vuelva a llegar la recogida la máquina recolectora no dañe las ramas de los árboles.

Entre tanta tecnología, también tenemos tiempo para indagar en la historia de Son Mesquidassa y preguntamos por su recorrido. Tres generaciones de la familia se han involucrado, hasta la fecha, en la producción de este aceite que logra el equilibrio perfecto entre la agricultura moderna, la tecnología y la tradición. El impulsor fue Joan Rosselló, el promotor de Conserves Rosselló; después le siguió su hijo, Tòfol, y ahora son Malén, Xisca y Joan los que capitanean un proyecto que empezó a gestarse en 2007 y se materializó en 2013 con la plantación de los olivos.

Sorprendidos todavía por la magnitud y la vanguardia de Son Mesquidassa, volvemos al comedor para, por fin, catar tres de sus aceites. Empezamos con el clásico Son Mesquidassa, elaborado solamente con aceitunas de variedad arbequina, que desprende un aroma afrutado que nos recuerda a la manzana en nariz y a la avellana en boca. Definitivamente, este aceite sabe a todo lo que nos gusta de Mallorca.

Ahora llega el turno de Olidays, bastante parecido al anterior en cuanto a sabor, pero con un aroma más intenso. La clave está, nos cuentan, en que las aceitunas se recogieron en los primeros días de cosecha, lo que aumenta tanto su calidad como su aroma. El aceite nos encanta, pero no podemos pasar por alto el diseño de su etiqueta, que evoca unos ansiados días de vacaciones, descanso y playa que, a comienzo de marzo, ya anhelamos.

Para acabar, degustamos Joan Rosselló, un aceite que homenajea al fundador de Conservas Rosselló, germen de Son Mesquidassa. Este aceite es setenta y cinco por ciento arbequina y veinticinco por ciento picual, y se caracteriza por una textura y un sabor todavía más intensos. Ya nos proyectamos sirviéndolo sobre una rebanada de pan artesano e hinojo marino. ¿Quién necesita más?

Terminada la cata, antes de volver a la ciudad, disfrutamos de un paseo por el campo. Rodeados de olivos llegamos a una conclusión: a través de su fragancia y sabor, los aceites de Son Mesquidassa son un regalo para los sentidos -y un obsequio ideal para un ser querido gracias a su decidida apuesta por el diseño-, pero, además, su visión y saber hacer son una forma respetuosa y sentida de homenajear nuestro campo. Una almazara imprescindible que, equilibrando tecnología y tradición, merece la pena descubrir.

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