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Saona Joies

Emoción hecha joya

Producto LocalArte Sostenibilidad
Autor:
Aina Coll
Fotógrafo:
Jaume Oliver
04.24.2024
Inspirándose en la naturaleza y en sus propias emociones, Lídia Bosch crea piezas que no siguen el ritmo de las temporadas, sino la corriente creativa de su autora. A pequeña escala y de forma consciente, su trabajo es el fruto de la maestría de alguien que sabe dar forma a su propia sensibilidad.

La joyería es una de las tantas formas de hacer de la creatividad, artesanía; de la emoción, una pieza única y tangible. Lo sabe bien Lidia Bosch, quien crea, con sus manos, un universo de belleza simple, atemporal y conectado con la naturaleza.

«Cuando era pequeña me gustaba hacer cosas con las manos y mi hermana y yo jugábamos a disfrazarnos con las joyas de mi madre. Además, me divertía hacer mis propios regalos para mis amigas. Creo que todo empezó así», cuenta sentada en el taller que ha organizado en su propia casa, un espacio cálido y acogedor, bañado de luz natural y plagado de plantas y flores.

A pesar de que esta pasión la ha acompañado a lo largo de toda su vida, Lídia estudió una carrera, un máster y trabajó durante dos años en un mundo laboral ajeno a la joyería hasta que el verano de hace ya seis años, cuando terminó su contrato, decidió hacer un curso en la escuela palmesana S’Estellera. Al llegar el otoño, debía encontrar otro trabajo, pero decidió no buscarlo.

«Quería más creatividad en mi día a día, que no fuera solo un hobby», explica, así que se formó en s'Estellera y luego trabajó dos años y medio con el joyero Pep Joan, donde pudo perfeccionar su técnica. Cuando llegó la primera oportunidad de participar en un mercado, encontró en ella «la excusa perfecta para dar el paso».

«Quería más creatividad en mi día a día, que no fuera solo un hobby».

Así nació, en 2018, Saona Joies, un proyecto personal y sostenible que abraza la sencillez y las formas orgánicas, y convierte la naturaleza, la cultura mediterránea y las emociones en piezas únicas a través de las técnicas clásicas de la joyería.

El entorno es primordial en el proceso creativo de Lídia, que encontró en la naturaleza el nombre perfecto para su firma. «Me gusta buscar el origen de las palabras y encontré la náufraga baleárica» -una especie de planta que solo se encuentra en Córcega y en la Serra de Tramuntana-, «pero ya estaba registrada como marca, así que fui jugando y nació Saona. Después de tanto buscar, decidí que quería que sonara bien».

En realidad, aunque fortuito, el nombre no es en balde. Con referencias claras al mar - «S’Ona» significa La Ola, en catalán-, su simbolismo acompaña la forma de trabajar de Lídia: con producción propia, a pequeña escala y generando el mínimo impacto, una visión que se traslada a su packaging, de cartón reciclado y sin tintes tóxicos. «Es mi modelo de negocio: una joyería que respeta el medioambiente».

«Cuando voy al campo o al mar, siempre me fijo en los elementos que encuentro y pienso en cómo puedo utilizarlos: ramas, hojas, maderas… A partir de aquí, salen mis colecciones».

Lejos de los tiempos que dictan las modas y las temporadas, la joyería de Lídia profesa la lentitud y cada una de sus colecciones bebe del ritmo de la naturaleza, de donde saca inspiración a raudales. «Cuando voy al campo o al mar, siempre me fijo en los elementos que encuentro y pienso en cómo puedo utilizarlos: ramas, hojas, maderas… A partir de aquí, salen mis colecciones». Algunas, como Olea, se mantienen porque entusiasman a su público. Otras solo la acompañan durante un tiempo, pero el stock es mínimo para  «no producir de más y crear excedentes».

Además de crear a partir de materias orgánicas, también lo hace con ceras. De ellas han nacido sus dos últimas propuestas: Jana, con formas irregulares, y Gorg, con geometrías onduladas  «que me recordaban al mar». Parta de donde parta, su material es la plata -aunque en el futuro le gustaría, reconoce, explorar con el oro- y en sus creaciones, ensalzar la belleza de lo simple acaba siendo un denominador común.

El paisaje botánico de Mallorca, el suave balanceo del junco mecido por el viento, la delicadeza que encuentra quien sabe observar los detalles y los frutos que nos regala la tierra inspiran Olea, Jonc, Soft y Terra -capturadas por la óptica de Espe Perelló-, que ahora también conviven con las bolsas de algodón orgánico que diseña su madre. «Creció en una mercería, con su abuela y su tía, y siempre anda tejiendo, así que decidimos incorporarlas a la página web».

Lídia lleva unos años compaginando su pasión por la joyería con otro trabajo. A día de hoy, distribuye sus piezas en puntos de venta como Suite 13, en Palma; DADA, en Pollença y Joy, en Deià  -todas alineadas por los mismos valores-. En su clientela ve un perfil heterogéneo pero que, sin duda, «valora lo hecho a mano, se interesa por la artesanía y le llama la atención la materia orgánica. Alguien que busca la sencillez».

Orgullosa de seguir dando rienda suelta a su creatividad tras seis años de altibajos en un mundo, el de la artesanía, que no se presenta fácil y estable, ahora Lídia sueña con tener un taller a pie de calle para poder estar más en contacto con la gente. Mientras tanto, disfruta creando desde su propia visión, estética y conceptual, joyería para los que observan, aprecian y gozan de la belleza de las cosas simples que nos rodean.