Moraduix nació en Mallorca durante el confinamiento. Como nos cuenta Angie Vallori, «me quedé sin piso en Palma, donde vivía, y volví a Selva, mi pueblo. La idea era regresar a la ciudad, pues allí tenía un pequeño taller compartido, pero con los repetidos confinamientos y las restricciones era muy difícil». Fue entonces, en esta situación de incertidumbre, cuando Angie y Carlos empezaron a dar rienda suelta a su imaginación. Diseñaron, dibujaron, jugaron. Exploraron posibilidades y, poco a poco, el proyecto fue cogiendo forma. Después, iniciaron un proceso de búsqueda para comprobar si el plan era viable y lanzaron una pequeña colección con tres diseños y una tienda online. Acababa de nacer Moraduix.
La acogida fue realmente buena así que, con la vuelta a la normalidad, acudieron a los primeros markets. Allí se dieron de bruces con la realidad: «enseguida nos dimos cuenta de que los diseños que ofrecíamos eran muy similares a los de otros proyectos. Entonces decidimos darle una vuelta al concepto que, en realidad, fue una vuelta a las raíces de Mallorca».
Empezaron a contactar con ilustradores a los que propusieron temas relacionados con el arte y la cultura de la isla: cuentos populares, el mar, la gastronomía… se han convertido en fuente de inspiración y seña de identidad de la marca. «Al fin y al cabo, las referencias que nos inspiran son de aquí, pero los temas son universales», explica Angie.
«Todo lo que hacemos se parece a nosotros. Hacemos lo que nos gusta y cómo nos gusta».
Y es cierto. Sus estampados, en colaboración con ilustradores mayoritariamente mallorquines, son un homenaje a las raíces culturales de Mallorca: el trempó, el ferreret e incluso los cerditos de su última colección son auténticos, tan auténticos que estos últimos están inspirados en Iggy y Pork, los cerditos que la pareja tiene en la casa en la que, de momento, se han quedado a vivir. «Todo lo que hacemos se parece a nosotros. Hacemos lo que nos gusta y cómo nos gusta», apunta Carlos. Para estar seguros de que es así, antes de estampar, las ilustraciones pasan un filtro muy curioso: se los enseñan a Llorenç Vicenç, nyegos, un amigo educador ambiental que da su aprobación solo si los dibujos plasman la realidad.
Su última colección cápsula refleja a la perfección ese deseo de unir creatividad, libertad y cultura. Para crearla, se han inspirado en la rondaia de Antoni M. Alcover, N’Espardenyeta, un clásico de la literatura infantil de la isla. De ella han tomado prestados elementos que, tras revisarlos, han dado lugar a una colección «para niños que no quieren salvar princesas y niñas que quieren encaramarse, saltar y reír a carcajadas».
El proceso para crear una colección como esta es largo: elegir tejidos, crear los patrones, recibir las propuestas de los ilustradores, estampar y, finalmente, producir las piezas a mano lleva meses de trabajo. De hecho, trabajan con un año de antelación, así que ahora ya están manos a la obra con la temporada otoño invierno del año que viene.
Para que todo ruede, Angie se encarga del concepto estético y la dirección de vídeo y fotografía, Carlos de las redes sociales y la logística (ahora, además de la tienda online, distribuyen a tiendas de las Islas Baleares, Valencia y Barcelona). Juntos, a cuatro manos, viven el proceso creativo, algo que llevan en las venas: Angie, pedagoga de formación, lleva años en el mundo de la moda con otros proyectos personales y Carlos es historiador de la arte. Además, desde hace un tiempo, cuentan con la ayuda de Aina Alzamora, quien se encarga de coser las prendas.
Sin embargo, durante estos años se han encontrado con algunos obstáculos con los que todavía lidian a diario. «En Mallorca apenas quedan talleres y hay muy poca mano de obra, así que nos ayudamos cuando lo necesitamos. A veces Carlos cose etiquetas, yo corto telas o comento con Aina algunos patrones para que me dé su opinión», cuenta Angie. Otra sorpresa que se han llevado al contactar con proveedores y distribuidores ha sido comprobar que «desde la península no se piensa en Mallorca desde el punto de vista industrial, y eso que durante décadas la isla fue un gran productor de calzado de altísima calidad», cuentan en su taller, paradójicamente situado en una antigua fábrica de zapatos y complementos de Selva.


«Somos sostenibles por convicción y por necesidad».
No obstante, pese a las dificultades, en Moraduix tienen claro que hay algunas reglas inquebrantables: aquí todo se produce a mano, pensado para que dure, y las telas son de algodón orgánico certificado. La sostenibilidad también es un valor inherente al proyecto, aunque no solo por voluntad. Como nos explican, «somos sostenibles por convicción y por necesidad. Cuando tienes recursos limitados, cada centímetro de tela cuenta y piensas muy bien cómo diseñar el estampado para no desperdiciar tejido».
La travesía de Moraduix no ha sido un camino de rosas, pero los capitanes de este barco ponen en valor todo lo positivo que les ha traído Moraduix: la posibilidad de fusionar arte y diseño de moda, acercar lo local a los más pequeños y recibir el feedback de los clientes que reciben sus prendas les da fuerzas para continuar. Eso, que no es poco, y esa curiosidad innata de los emprendedores: «si nos preguntas por qué seguimos… no lo sé, supongo que nos motiva ver cómo ha crecido el proyecto en un año y queremos ver cómo evoluciona en el futuro. Sí, este es el objetivo: seguir creciendo de forma orgánica, natural, sin forzar nada. Como hasta ahora».



