Bàrbara Mesquida se expresa con un entusiasmo contagioso. Estudió filología catalana (un deseo que anhelaba desde jovencita y que, cuenta, su madre le animó a cumplir) y después se formó en enología. Con ímpetu y decisión -que desbordan por su garganta cuando habla- se instaló en el Camí de Sant Joan con un nuevo proyecto entre ceja y ceja. ‘Solo tenía sòtil y trispol’ (techo y suelo), recuerda, ‘pero en tres meses y medio ya estaba instalada’ en Porreres. ‘Aunque esto parecía el Oeste. Era un espacio abandonado en el que todo estaba por hacer y decidí que esta sería mi manera de vivir’. Toda una declaración de intenciones.
Con la fuerza que transmiten aquellos que saben que están donde quieren estar, Bárbara charla, distendida, cercana y alegre, mientras nos enseña su huerto circular, que condensa su visión de la vida: una que pasa por fomentar el autoconsumo y una ‘mirada holística que bebe de la agricultura biodinámica’. Entre el huerto y veinte hectáreas de viñedos -ubicados entre Porreres y Felanitx-, Mesquida Mora es ya un proyecto sólido y abierto a la autorevisión permanente para no desviarse de su propósito.
Los hechos lo demuestran. Entre 2010 y 2015 decidió ‘abandonar un sistema de hileras pensado para la mecanización’ y comprometerse con el paisaje y la agronomía con el sistema de viñedos en vaso, que le permite crear una estructura más protegida que, además, consume menos agua. «Es el principio del Mediterráneo: optimizar agua», sentencia con rotundidad.
«Los proyectos deben beber de lo público y lo privado. Fui yo la que tuvo la idea y es una manera de hacer comunidad, sin pretensiones, y de dar vida al espacio».
De hecho, en un momento en el que la escasez de lluvia nos preocupa a todos, Bárbara reflexiona en voz alta: «No creo en la viticultura del riego. La situación es cada vez más extrema y sembrar viñas dependientes de ese agua es un suicidio porque es escasa. Prefiero hacer poco, ¡pero muy bueno!».
Su manera de entender el campo y de adaptarse a él es tan clara como su narrativa, y no es otra que «dejar a la próxima generación unas tierras más sanas y saludables de las que me encontré. Sin pesticidas ni herbicidas». Predica con el ejemplo y practica un trabajo preventivo en lugar de uno curativo, en el que la tierra cuida de sí misma y la naturaleza dicta los tiempos, a pesar de que haya renunciado a la certificación de agricultura biodinámica «para dedicar los recursos a sembrar árboles en lugar de a rellenar papeles».
La actividad prioritaria de Mesquida Mora es la viña, pero se complementa con visitas guiadas y actividades que la bodega organiza en el molino de Son Porquer, un espacio de encuentro abierto a la cultura. A partir de este verano, además, Bárbara planea instalar un food truck y abrir el celler. Crear un lugar al que ir, catar unos vinos, probar unos quesos y disfrutar de la puesta de sol. O como lo define ella, «una aproximación relajada y sencilla» a la cultura del vino.
Decidida y algo impaciente -como le recuerda su hija a menudo-, su cabeza no para de generar ideas, como la colaboración con el Ajuntament de Porreres y APAEMA (Associació de Productors i Productores d’Agricultura Ecològica de Mallorca), que impulsa actividades para niños y niñas, personas mayores y personas en riesgo de exclusión social. «Los proyectos deben beber de lo público y lo privado. Fui yo la que tuvo la idea y es una manera de hacer comunidad, sin pretensiones, y de dar vida al espacio».


«Como proyecto de vida, yo me lo paso muy bien. Hacer algo que te gusta es un privilegio».
Y aquí no se acaban los proyectos para alguien que piensa en, algún día, producir su propia mermelada o en hacer aceite. Un regreso a esa Arcadia que para Bárbara ‘tiene sentido’ a pesar de ser una idea «romántica». Venga lo que venga, la cuestión es disfrutarlo, y ella lo hace a conciencia: «Como proyecto de vida, yo me lo paso muy bien. Hacer algo que te gusta es un privilegio».
Tras una larga e interesantísima conversación en las viñas, nos adentramos en la bodega, ese suelo y ese techo que acogieron a Bárbara hace ya doce años. Un espacio que conserva la vaquería y se adapta al calendario lunar para marcar el ritmo de la vendimia. Aquí empieza nuestra cata, una aproximación a los vinos de Mesquida Mora de la mano de su productora. Un lujo.
Sincronía blanco representa las viñas más jóvenes del celler porrerenc en una mezcla perfecta de chardonnay, premsal, giró y parellada, que impregnan el paladar del frescor del Mediterráneo gracias a un prensado suave que respeta los aromas de la uva y se ha convertido en el más vendido de la casa en la actualidad. ¿Su etiqueta? Acaba de pasar por un rebranding y una imagen tan mediterránea como la de un barco navegando le hace justicia.
Acrollam -Mallorca leído al revés- sabe a fruta fresca, quizá algo salina, con un 50 % de premsal y otro 50 % de giró. Fue todo un reto para la bodega tras el caluroso verano de 2022, nos cuenta Bárbara, que va y viene y nos ofrece un inestimable tiempo para disfrutar de cada copa en calma.
Trispol y Sòtil homenajean los inicios de Bàrbara, pues, como ella misma nos explica, «cuando tuve que reinventarme, tuve muy claro que la idea era hacer dos vinos muy diferentes: la parte de la tierra y una más sutil. Así son Trispol y Sòtil». El primero, cuya etiqueta es un guiño a las baldosas hidráulicas de la casa de sus abuelos donde empezó a caminar, es un vino con mucha estructura, casi terroso, que sabe a fruta roja. El segundo, Sòtil, es mucho más ligero, delicado y floral.
Biodinámicos, disfrutones y con una historia que contar -la formación de Bàrbara queda patente en la narrativa que escriben las notas de sus vinos-, cualquiera puede gozar de un Mesquida Mora en Alemania, Noruega, Suecia, Finlandia, Estados Unidos o Japón. También en Mallorca, claro. Nosotros, de momento, ya nos visualizamos este verano, sentados a la sombra de una parra, admirando la puesta de sol y brindando por las mujeres que, con un suelo, un techo y una tierra, decidieron crear su propia forma de vivir.



