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Mercado de Santanyí

Aromas, colores y sabores

Explorando las maravillas del mercado de Santanyí: Un festín para los sentidos

Autor: Cristian Rodríguez Domínguez

Fotógrafo: Jaume Oliver

Siempre que se habla sobre pueblos, una de las frases que más se repiten es eso de “a pesar del paso del tiempo y los cambios, ha logrado preservar la esencia, lo auténtico, su encanto”. Y es que, en muchas ocasiones, es muy cierto. Localidades que, a pesar de todo, deciden de manera consciente o no, preservar su identidad, sus raíces, ya no como reclamo turístico, sino como una forma de ser y entender su realidad. Dentro de todos estos parámetros encaja a la perfección Santanyí, una villa situada en el suroeste del Llevant de Mallorca. Un pueblo rural y tradicional, enclavado en un entorno agrario, pero con acceso directo a algunas de las más hermosas y recónditas calas de toda la isla. La combinación perfecta entre vida de pueblo, naturaleza y ocio.

No obstante, este estilo más pausado y tranquilo se ve alterado dos veces por semana (miércoles y sábado) por su más que reconocido y clásico mercado semanal. Se encuentra ubicado en torno a la plaza mayor, donde agricultores, productores y artesanos de diferentes puntos del territorio, además del propio municipio, disponen sus mejores artículos para su venta. Un evento que no hemos sido capaces de obviar y que por fin tenemos la oportunidad de poder disfrutar de primera mano.

Como somos precavidos y esperamos gran afluencia de gente, llegamos minutos antes de que empiece el mercado. De hecho, algunos puestos están todavía siendo montados, así que aprovechamos para acercarnos a un bar a tomarnos un café y arañar los últimos instantes de una temperatura moderada antes de que el sol apriete con más intensidad. Enfilamos la calle Sebastià Vila en dirección a la plaza mayor, corazón del pueblo y donde se concentra la actividad diaria.

Es un ir y venir constante de gente, las terrazas a rebosar y los puestos repletos de unas frutas y verduras de temporada que desprenden una cantidad ingente de aromas, que te transportan directamente al campo. En uno de ellos, regentado por una familia de Porreres, captan nuestra atención unas cajas de fresas por su color rojo intenso, así que decidimos preguntar de donde provienen: de Manacor. Y no solo las fresas, los albaricoques, las sandías y melones son de aquí.

Seguimos caminando rodeando la parroquia de Sant Andreu, dejando atrás las hortalizas y encontrándonos aquí con puestos de ropa, arte, joyería y accesorios típicamente mallorquines, como son las cestas de llata, las telas de llengües, alpargatas o las más que conocidas abarcas, todo ello elaborado de forma artesanal y con productos de la tierra. En un mercado tradicional que se precie no podía faltar su horno tradicional, en este caso el de la Panadería Lozano, y su enorme y variada cantidad de distintos panes, bizcochos, panades y más dulces típicos.

Bajando dirección calle Rafalet, nos llama la atención un puesto muy apañado donde venden sal, mermeladas y uno de nuestros productos fetiche, el aceite de Mallorca. En esta ocasión las aceitunas que utilizan para elaborar el Aceite Es Pujolet son de la variedad Arbequina y Picual, que recogen de los olivares que tienen en su finca de Ariany. Catalina nos cuenta, que, como muchos negocios, empezaron vendiendo a familiares y amigos, y en la actualidad van por todos los mercados de la isla. Con una producción de 10.000 litros al año, su aceite denominación de origen, es muy apreciado por locales y turistas. Antes de despedirnos, nos invita a probar el tan preciado oro líquido. Delicioso.

Después de recorrer todos los puestos, ponemos punto y final a nuestra mañana de paseo. Nos vamos a casa con una gran experiencia y muy contentos de poder conversar con productores locales y conocer de primera mano el origen de los productos que ponen a la venta.

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