Cada vez es más cuantioso el número de personas que se esfuerza por aprender a interpretar las etiquetas de los comestibles que copan tiendas y supermercados. Sí, esas listas de ingredientes y nomenclaturas -para muchos ininteligibles- que recopilan la información de lo que vamos a comer. Las llevan, y son sospechosamente largas, incluso alimentos tan básicos y fundamentales en nuestra dieta como el pan. Sin embargo, también existen personas –y, también, cada vez son más- que intentan consumir y producir con el menor número de ingredientes posible. Los fundadores de Laroti, una panadería muy especial ubicada en Campos, lo tuvieron claro: aquí se elaboraría y vendería pan sin etiquetas que descifrar. Y así es.
Como nos ocurre a muchos prácticamente a diario, a Juan Ocampo y a Ana Bunge les asaltaba la misma duda casi todas las mañanas: “¿qué podemos comer hoy que sea nutritivo, sano y no sea repetitivo?” Esta cotidiana pregunta dio lugar a la idea de lo que podría ser Laroti: un espacio en el que preparar y vender comida lista para llevar o, lo que es lo mismo, una rotisería. De ahí el nombre, claro, que viene del francés rotisserie y acuña, en algunos países de América Latina, los establecimientos que sirven comida preparada para llevar a casa.
Sin embargo, el concepto cambió y Laroti es hoy una panadería, aunque sigue teniendo mucho que ver con el sentido de la palabra hogar, pues mucho antes de que Laroti fuese una realidad, Ana y Juan estuvieron elaborando pan en casa por encargo durante un año. Al comprobar el éxito que tenían sus creaciones entre sus conocidos, compraron su primer horno, uno semiprofesional de segunda mano que llegó a la isla desde Valencia. «Arrancamos en casa y después buscamos un local. Queríamos compatibilizar la vida familiar», nos explica Ana, «porque, antes, Juan trabajaba en el restaurante de un hotel» y la panadería se presentó como una modelo de negocio que les permitía trabajar mano a mano y pasar más tiempo en familia. No en vano, se definen como una micropanadería «porque lo hacemos todo nosotros y lo hacemos en forma de pequeña selección y pequeña producción».
«Nos define la conciencia de lo que ofrecemos»
En la calle Convent de Campos, esta familia encontró el local adecuado para emprender su proyecto así que, después de una pequeña reforma y mucha burocracia, Laroti abrió las puertas en junio de 2022. Cuando le preguntamos a Ana cómo definiría su negocio, no titubea: «nos define la conciencia de lo que ofrecemos». Esa conciencia, como tenemos la oportunidad de comprobar, se sustenta en dos valores básicos inquebrantables: uno tiene que ver con el producto, que «intentamos que sea siempre local y ecológico para tratar de ser lo más kilómetro 0 y sostenibles posible», afirma Ana. Las harinas, como ingrediente principal, son cuidadosamente seleccionadas porque, como reflexiona Juan, «nos hemos acostumbrado a comer panes malos. Los procesos típicos se han perdido y, por una cuestión de precio, se trabaja con harinas que no son de aquí y que no sabemos cómo se han cultivado ni tratado».
El otro factor capital tiene que ver con el tiempo. Aquí las urgencias no tienen cabida porque el buen pan no entiende de prisas. «Un pan toma cuarenta y ocho horas desde que lo empiezas hasta que lo horneas», y así ocurre en Laroti, que nos propone una selección de panes que elaboran todos los días con ingredientes nutritivos y a mano, por supuesto. Habitualmente tienen diez variedades en el mostrador: pan integral de centeno, de espelta, de trigo blanco, de la mítica harina de xeixa mallorquina, de maíz morado sin gluten… Los fines de semana se atreven con algunos todavía más especiales y tremendamente sabrosos como el delicioso pan de algarroba y nueces, el mediterráneo pan de higos y almendras o el aromático de olivas negras y romero.
Es innegable que cada vez más personas priorizan el buen producto. Ese hecho a conciencia, con mimo y respeto, y que de algún modo nos devuelve a una forma de hacer, trabajar y, en fin, de vivir, de la que con el paso del tiempo nos hemos ido alejando. El pan no es una excepción y Laroti es una buena muestra de ello. Como nos cuenta Ana, «cada vez hay más gente trabajando con hornos semiprofesionales» y el crecimiento de la oferta de pan de masa madre, que ya se nota en la isla, puede que tenga mucho que ver con esas ganas de recuperar la esencia de un alimento que, con su industrialización, se había perdido.


«Trabajar con pasión, con gusto y con ganas de mejorar es lo que nos motiva».
En Laroti comprueban a diario este cambio, esta vuelta al pan de harina, masa madre y agua, gracias a su clientela. En verano han recibido la visita de muchos turistas y ahora, en invierno, han ajustado la cantidad de producción, aunque trabajan con muchos clientes locales que se han convertido en asiduos. Aun así, si algún día sobra excedente a la hora de bajar la persiana, como nos cuentan, aquí no se tira nada: ese pan se dona a una asociación del pueblo que lo reparte entre las familias con menos recursos.
Antes de despedirnos, hablamos de futuro, pero nos atrevemos a afirmar que, más que la proyección hacia el mañana, lo que alimenta a Laroti es la ilusión del presente. Como nos transmite la pareja, quizá, «algún día sirvamos desayunos o alguna comida, pero sin prisas. Laroti es nuestro primer proyecto, lo hemos pensado durante mucho tiempo sin saber cómo iba a ser y materializarlo es nuestra ilusión del día a día. Ver que funciona y trabajar con pasión, con gusto, con ganas de mejorar… es lo que nos motiva». Que sea así, pensamos. Por muchos años más de ilusión, conciencia y buenas migas.



