Todo empezó por veneración a los caballos, un apego que los Eisenmann quisieron trasladar a Mallorca porque el amor no entiende de países ni fronteras. Esta familia suizo-alemana es dueña de un proveedor líder de soluciones industriales, una faceta empresarial que compaginan con la adoración que sienten por estos animales. Con el cambio de siglo, el matrimonio comenzó la búsqueda de una propiedad en la que poder criar distintos ejemplares hannoverianos. Fue entonces cuando se toparon con la finca de Es Fangar, una construcción añeja levantada en los límites entre Manacor y Felanitx con una extensión de mil hectáreas, mucho más de lo que esperaban encontrar. «Se enamoraron de ella. La compraron en 2002 para restaurarla y convertirla en una biofinca a nivel mundial». Esto nos cuenta Carla Adrover, sumiller y responsable comercial de Es Fangar Vins. «Enseguida vieron que la finca tenía mucha historia, con una almazara y una antigua bodega». El hallazgo de esta bodega supuso toda una revelación, un punto de partida que no habían planeado. Entonces Peter Eisenmann se marcó un desafío: recuperar el cultivo de unas viñas que se habían condenado al olvido. Un objetivo ambicioso.
Se estima que la inversión que designaron a la producción de su propio vino asciende a los ocho millones de euros. Una fortuna que puso en marcha los engranajes necesarios para que su proyecto echara a andar. «En el invierno que va de 2004 a 2005 se trabajó con las primeras plantaciones de cabernet sauvignon. Luego en 2009 se produjo el primer vino y el año siguiente se fundó la bodega como tal. Somos bastante jóvenes». Una juventud que se aprecia en las instalaciones a las que somos invitados, donde la tecnología se acopla a la tradición en una acción simbiótica. El hall de entrada nos grita la importancia que tiene el diseño en este proyecto, donde una lámpara gigantesca vierte una lluvia reluciente sobre nosotros, compuesta por hojas de cepa. Las paredes de la bodega de Es Fangar están pintadas de un lila provocador y con significado: el color del vino, un tono que aporta paz.
Cuando preguntamos por los viñedos, Carla nos dice que se encuentran a quince minutos en coche. «En un principio la bodega tenía que construirse donde está la finca, en Son Prohens. Pero el ayuntamiento de Manacor no dio permiso porque se trata de una zona anell, protegida. Por eso la bodega está aquí, en Felanitx». No obstante, esta no es la primera bodega con la que contó el proyecto; la original se edificó cerca de donde nos encontramos. Pero el crecimiento natural de Es Fangar cambió las tornas. Entre 2013 y 2016 se plantaron veintidós hectáreas más de viñas, una ampliación que incrementó el total de terrenos destinados a la vid hasta las cincuentaiséis hectáreas. Fue en 2016 cuando se levantó la bodega donde se desarrolla nuestra charla, un dechado de modernidad y ciencia puntera que les deja embotellar ciento veinte mil unidades al año, aunque las instalaciones tienen una capacidad mucho mayor: seiscientas mil. Incluso más si contemplamos la sala de barricas. Casi nada.
«Nuestro método es el de la agricultura sostenible. Todos nuestros vinos tienen certificados ecológicos y veganos».
Puede que las cifras apunten alto, pero en Es Fangar Vins tienen los pies en la tierra. En unos viñedos que les conceden las variedades autóctonas con que trabajan: giró ros, prensal blanc, manto negro, callet y gorgollassa. Una oferta local que combinan con algunas propuestas internacionales como el cabernet sauvignon, merlot syrah, chardonnay o moscatel. «Mucha gente nos pregunta si queremos plantar más. La respuesta es sí, pero de momento nos centramos en lo que tenemos, que ya es mucho». Centrarse en lo que tienen, como dice Carla, representa enfocar su pasión en los ocho vinos que componen su catálogo, a los que debemos añadir una edición limitada que acaban de lanzar. Al dar una vuelta por las tripas de la bodega, nos quedamos impresionados por sus dimensiones y por los más de sesenta depósitos que la pueblan. Unas infraestructuras donde lo recogido de la vendimia se cuida con un tacto meticuloso.
Cuando decidieron sacar adelante su proyecto, los Eisenmann tuvieron en mente una filosofía que deviene en la piedra angular de Bodega Es Fangar: trabajar en armonía con la naturaleza para crear productos de máxima calidad. «Nuestro método es el de la agricultura sostenible. Todos nuestros vinos tienen certificados ecológicos y veganos». Unos méritos que se traducen en ausencia de fertilizantes químicos, en la elaboración de su propio compost y en una apuesta por las cubiertas vegetales o abonos verdes. «Las plantas más comunes que utilizamos para abonar las filas en la viña son la mostaza y el haboncillo. La mostaza actúa como un pesticida y el haboncillo crea bolitas de nitrógeno natural en las raíces». Un procedimiento orgánico que se remata con la propia tarea de vendimiar, realizada a mano por un equipo que, a través de los dominios de la finca, se desplaza en bicicleta. Auténtico compromiso con el medioambiente.


«Gracias a este mecanismo, obtenemos un vino mucho menos oxigenado».
El elixir que extraen de las uvas no solo está asociado al respeto que le brindan a la naturaleza, pues la tecnología juega un papel más que relevante en Es Fangar Vins. Nos fijamos en una placa enganchada en el techo de la nave y que avanza por unos raíles a gran altura. Cristina Madrid, la enóloga de esta bodega, nos explica que se trata del sistema gravitatorio. Una maquinaria que proporciona unas ventajas innegables: «Este método nos permite soltar la uva en un tanque sin tener que bombearla. La bomba emite unos impulsos a partir del oxígeno, y el oxígeno es un enemigo del vino porque lo que hace es oxidar. Gracias a este mecanismo, obtenemos un vino mucho menos oxigenado». Palabra de enóloga. Palabra de experta. «No es habitual disponer de este sistema».
Antes de acabar nuestra visita, Carla y Cristina nos invitan a catar unos vinos. Entre el morado de las paredes y bajo la luz de una tienda donde pueden adquirirse sus productos, nos sirven un Twenty Twelve blanco elaborado con moscatel. Un sorbo nos hace caer en un líquido aromático con notas frutales que aún vive en nuestra memoria. A diferencia del dulzor empalagoso de otros moscateles, este se nos presenta estupendamente seco. Luego le toca el turno a Sa Sivina, otro blanco que aboga por las variedades locales y del que dicen sentirse muy orgullosas. Entre el diez y el veinte por ciento de esta uva se madura en barricas nuevas de roble francés durante cuatro meses; el resto del tiempo permanece en acero inoxidable. Sabor intenso y explosivo que entra con untuosidad. Por último, nos dan a probar un tinto cuyos granos pasan por un proceso de limpieza individualizado, manual. Se trata de un Fangar-Génesis de edición limitada. Un vino que sabe liviano, afrutado, y que no ha pasado por barrica. Un trago especial y perfecto para una despedida que no será definitiva.



