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Maüa

La ética del chocolate

Producto Local
Autor:
Joan Ramis Boscana
09.22.2022
Bean to bar. Del grano a la tableta. Esta es la filosofía que defienden en Maüa para elaborar sus chocolates. Silvia Sánchez y Jaume Martorell fusionan orígenes latinoamericanos con ingredientes de Mallorca. El resultado de su experimento ofrece un producto sostenible que les ha puesto en el punto de mira.

El placer culpable. Ese latigazo de regocijo que recorre nuestro cuerpo mientras la conciencia, a base de aprendizaje, nos dice que esa sensación no va a durar, y que irá acompañada de una consecuencia que, a la larga, nos perjudicará. Es el concepto al que recurrimos cuando nos damos el gusto de practicar algunos hábitos que nos han presentado como nocivos, pero que también reportan unos beneficios innegables para nuestro espíritu. Relajarse en el sofá de casa para descansar la mente o adquirir algunos caprichos que nos hemos ganado con el sudor de nuestro trabajo son considerados guilty pleasures. Un significado que algunos asocian de forma automática a la siguiente imagen: la de alguien arrellanado en la butaca de su salón, arrebujado bajo una manta y mordisqueando una tableta de chocolate mientras sus ojos casi se ponen en blanco. El chocolate. Esa palabra a la que nadie puede resistirse sin notar una punzada de remordimiento. ¿Pero qué ocurriría si nos deshiciéramos de todos esos prejuicios? ¿Es posible cambiar esta noción ambivalente sobre un producto tan codiciado?

En Maüa se dedican a despojar al chocolate de todas esas etiquetas para pegarle otra. «Queríamos ofrecer un producto que fuese totalmente diferente a lo que la gente puede encontrar en un supermercado. Por eso trabajamos con el concepto bean to bar, que significa del grano a la tableta». Silvia es del norte de Nicaragua, de la zona que concentra las mayores plantaciones de café y cacao en todo el país. Fue en su tierra natal donde conoció a Jaume, un ingeniero agrónomo mallorquín que cruzó el Atlántico con motivo de un proyecto universitario hasta aterrizar en Centroamérica. En aquella época, Silvia trabajaba en proyectos de cooperación y sus funciones consistían en supervisar las iniciativas en las que Jaume colaboraba, asociadas a la sostenibilidad y a la industria cafetera. Así se conocieron y empezaron su relación. 

Desafortunadamente, la pandemia agravó la crisis político-social que ya golpeaba con dureza al pueblo nicaragüense, y ambos sobrevolaron el océano para buscar refugio en Mallorca. Para Silvia fue un descubrimiento; para Jaume, un regreso. Una vuelta al hogar en la que hizo perdurar su vinculación al cacao. «Recibía muestras de los proyectos que asesoro. Los probaba y les daba mi feedback. En aquel momento, teníamos un pequeño laboratorio en casa». Si a eso le sumamos que Silvia es una amante de la cocina y que se quedaba prendada de los dulces olores que desprendía el trabajo de Jaume, las raíces de Maüa se entienden a la perfección. En pleno confinamiento, formuló una pregunta cuyos interrogantes lo cambiaron todo. «Me preguntó que por qué no hacíamos chocolate».

«Decidimos hacer una rueda de crowdfunding interno entre amigos y familiares».

Jaume había trabajado con empresas multinacionales de chocolate y más de una vez había paseado por sus fábricas, pero jamás se había planteado ponerse manos a la obra porque «una cosa es verlo y otra es hacerlo». Sin embargo, conocía los procesos más elementales, y la pregunta de Silvia debió cobrar una forma demasiado suculenta en un futuro que - ¿por qué no? – podían vislumbrar. Solo les quedaba saborearlo. Se hicieron con una maquinita que aún conservan. Utilizaron el horno de su propia cocina. Hicieron algunas pruebas. Se sintieron satisfechos con el resultado de sus experimentos y buscaron un público para testear el producto. Aprovecharon la sobremesa de una comida familiar, cuando algunos paladares desean redondear el banquete con una dulzaina. En ese instante blandieron una tableta de chocolate delante de los comensales sin revelarles – ahí estaba la gracia – que lo habían elaborado ellos; se refugiaron bajo el decoro del invitado que ha comprado los postres. Eso fue en julio de 2020. El resto es historia.

El éxito de esa primera cata improvisada les hizo perseverar en su labor. Poco a poco y sin perder el tesón, derribaron los límites de la intimidad para extender un proyecto que estaba floreciendo. La fama de su chocolate fue corriendo de conversación en conversación. Un amigo lo prueba, su boca se derrite de placer y se lo cuenta a otro, con la cremosidad de su textura aún bailando en su lengua. Los pedidos no paraban de crecer y se dieron cuenta de que ellos también debían hacerlo. Animados por la buena acogida de su criatura, encontraron el local que hoy se erige como su obrador, sito en una esquina de carrer Aragó donde nadie diría que se practica la alquimia. Maüa empezaba a ser una realidad. «Decidimos hacer una rueda de crowdfunding interno entre amigos y familiares. Conseguimos la inversión que necesitábamos para arrancar y nos asociamos a la Coop57, una cooperativa financiera de servicios éticos». Una plataforma que les inyectó la dosis de capital que les permitió alcanzar los niveles de producción que hoy sostienen.

«Incorporamos productos locales como la sal de Es Trenc, la almendra de una cooperativa de Consell o naranjas de Sóller».

El producto que sale del obrador de Maüa es único porque procede de un solo origen, a diferencia de las mezclas que dan como resultado los chocolates comerciales que encontramos en tiendas al uso. Si seguimos la línea transparente que une sus eslabones de producción, ubicaremos su fuente en la densidad tropical de las selvas de Nicaragua, donde se celebra la recolecta del cacao. La añoranza que Silvia siente por su tierra, por sus costumbres y tradiciones, sirvió de inspiración. «La idea era poder trabajar con pequeños grupos cooperativos de los distintos lugares de donde traemos el cacao. Y Jaume los conoce. Para nosotros es muy importante conocer la procedencia de nuestro grano y cómo se procesa. Saber cómo fue la cosecha, cuál es el sistema de fermentación y de secado, que es lo que nosotros no podemos tener aquí y que se realiza en el punto de origen». Un origen que hoy en Maüa se ha propagado hasta otras regiones como Panamá, Ecuador y Perú. Su filosofía consiste en empaparse de los procedimientos que utilizan los productores que les envían su materia prima. Por eso los visitan. «Es que esto forma parte de nuestro producto. Queremos entender de dónde viene, cómo están esos productores, cuál es el pago que reciben».

La génesis de Maüa se nutre del cacao que germina en las fincas latinoamericanas, de eso no hay duda. Pero el desarrollo del producto culmina en Mallorca. Los ingredientes que nacen en suelo isleño ponen la guinda a un chocolate que fusiona lo de allá con lo de acá. «El cacao que nos llega de Nicaragua es ecológico y con él decidimos hacer inclusiones. Incorporamos productos locales como la sal de Es Trenc, la almendra de una cooperativa de Consell o naranjas de Sóller. Nosotros somos muy puristas, pero enseguida nos dimos cuenta de que la gente quiere chocolate con cosas». Esta amalgama de sabores cristaliza en un género que probamos en directo, ahí mismo, de un mordisco. La pureza diáfana de Es Trenc se anticipa al dulzor del chocolate; el cítrico de la naranja se conjuga con el amargor de Nicaragua. Silvia y Jaume se adaptan a los gustos de sus clientes porque son atentos, saben escuchar. ¿Que se te antoja el chocolate con jengibre? Ellos lo preparan. ¿Que te pirra el chocolate con sésamo? Dicho y hecho. Esto no es chocolate con cosas. Esto es otra cosa. 

El público que toca las puertas de Maüa está compuesto por personas concienciadas. Gente interesada en la naturaleza del producto y dispuesta a pagar por su calidad: extranjeros que han oído hablar de un chocolate diferente, jóvenes preocupados por una alimentación sana. Ellos son quienes configuran una comunidad que no para de crecer y que se reparte por todos los puntos de España. Su tienda online les sirve de escaparate, pero han encontrado un auténtico filón en locales gourmets repartidos ya no solo por Palma, sino también por Holanda, Italia y Alemania. No obstante, si alguien se acerca al obrador también puede comprar el producto in situ, aunque tienen planes de futuro a corto plazo: «En septiembre subiremos cortinas y ofreceremos el producto aquí mismo». Un aquí mismo cuyas ganancias podrían repercutir en las zonas de las que extraen el cacao. «La idea es destinar parte de los beneficios a una inversión en Nicaragua. A una escuela, porque Silvia trabajó diez años en educación».

Maüa intenta transmitir historias a través del chocolate. Nosotros nos hemos enamorado de la suya sin sentirnos culpables.