A veces un acontecimiento inesperado cambia el rumbo de nuestras vidas, personal o profesionalmente. Así fue en el caso de Alejandra Epifani que, allá por el 2012, de repente, se quedó sin trabajo. Formada en diseño industrial y especializada en producto, lo cierto es que la argentina afincada en Mallorca nunca se había dedicado a su sector y fue entonces cuando pensó que había llegado el momento de adentrarse en él.
Sin embargo, ciertas dudas planeaban en su cabeza: por un lado, tenía hijos pequeños y deseaba disfrutar de ellos; por el otro, le daba «algo de miedo diseñar para otros, quería ser la responsable de todo lo que pasase». En estas circunstancias, Epifani se aproximó al mundo del diseño y se dio cuenta de que éste «había evolucionado mucho hacia la informática» y ella llevaba años sin actualizarse.
Enamorada de la carpintería, finalmente resolvió investigar el reciclaje de residuos. Para su sorpresa, se dio cuenta de que existían muchas iniciativas en este sentido, pero sin apenas diseño de calidad. Justamente aquí abrió -o mejor, construyó- una nueva puerta laboral a su medida con la que hoy se gana la vida.
Al principio, Alejandra comenzó diseñando y fabricando muebles de cartón con cajas desechadas que recogía, cortaba y luego pegaba con cola al agua, pero éstos presentaban dos inconvenientes: eran muy voluminosos y requerían una gran inversión de tiempo. Dos desventajas a la que hubo que añadir las reticencias del público que, como cuenta Alejandra, «pensaba que los muebles no durarían». Ante el triple escollo, no quedó más que «recalcular el camino».
«Disfruto trabajando el papel, siento que estoy jugando».
Dicho y hecho. Con experiencia en el mundo de la joyería, Alejandra comenzó a experimentar, copiando otros materiales -como la piedra, la madera y el contrachapado- a través del papel. Con sus primeras creaciones, reunió a sus amigas y, cuenta, lo vendió todo. Luego, expuso en una tienda durante la celebración de la Nit de l’Art, en el mercadillo de Navidad de Felanitx, y la aceptación fue enorme. Ya no paró. Había nacido Cartonpia, la unión de cartón y utopía, inspirándose en la paradoja de que «algo tan frágil pueda ser eterno».
«Disfruto trabajando el papel, siento que estoy jugando», nos cuenta en el pequeño taller que ha organizado en su casa de Marratxí y en el que conversamos bajo la atenta mirada de su gato, que curiosea entre recortes de cartón. Aquí, Alejandra guarda infinidad de materiales, cartulinas y papel que recolecta de colegios, supermercados y oficinas. Cajas de galletas, libros antiguos, calendarios de años pasados… Todo es válido para desarrollar su talento y su creatividad. Con ellos ha creado lámparas, esculturas y joyas, muchas joyas.
El método, ahora que lo tiene dominado, parece sencillo cuando lo explica: «primero veo qué colores tengo, determino el orden y cuando decido el grosor, preparo agua pegajosa. Cuando tengo todas las páginas mojadas, las coloco juntas en una prensa durante cuatro o cinco días para que se junten. Después, las dejo secar a la sombra». El resultado es un material consistente que, de algún modo, consigue que el papel vuelva a su estado original. «Yo digo que creo mi propia madera».
En esta nueva madera, aparece un elegante y original veteado que determinan los estampados del papel escogidos, lo que le da a sus joyas un aspecto único y original. Una vez el material está seco, Alejandra da forma a cada pieza con las plantillas que ha diseñado: geométricas u orgánicas, pero siempre sencillas e inspiradas en la naturaleza. «Me he ido adaptando a lo que me ha ido pidiendo la gente», asegura con una sonrisa.


«Yo digo que creo mi propia madera».
Cuando empezó, recuerda, apenas tenía herramientas. Cortaba el papel y el cartón con utensilios de bricolaje y muy despacio por el miedo a cortarse, pero con el paso del tiempo ha ido adquiriendo herramientas profesionales y, sobre todo, experiencia. «He aprendido de forma autodidacta, con mucha prueba y mucho error, y con artesanos que me han enseñado sus técnicas».
Ahora, Alejandra crea sus pendientes, collares y anillos con mucha más destreza, pero con la conciencia y el cariño de siempre hacia un trabajo que le ha dado muchas alegrías. Ha vendido en Málaga, en Berlín y en Munich, en tiendas, en ferias y en mercados -tiene su parada fija en el mercado semanal de Sineu desde 2016- y en cualquiera de éstos sitios, siempre se vuelca en transmitir su proceso de trabajo. «La gente se sorprende mucho cuando ve el material porque muchos creen que es madera pintada. Y es que», continúa, «tenemos acceso a todo y hemos perdido la capacidad de sorpresa».
Aupada por el boca a boca, que considera ha sido fundamental en su trayectoria, ha impartido, también, un taller de lámparas y otro monográfico para los alumnos del joyero Damià Mulet. Además, en 2022 recibió el premio a la artesanía sostenible, que otorga el Consell de Mallorca, por su trabajo Burbujas de un Atlas.
«Trabajo cuándo quiero y dónde quiero. La libertad que me da a nivel familiar y personal no la cambio por nada», dice esta joyera atípica que compagina la orfebrería con clases de piano. También toma aire cuando le preguntamos por cómo afronta el futuro: «el objetivo que me planteo es tener un stock suficiente para poder dedicarme a desarrollar una escultura o una lámpara, pero no llego. Y, bueno, siempre quiero aprender más: en el torno, en el taller y explorar otros objetos con este material. Pero todo es tiempo, tiempo, tiempo. El tiempo es un tirano», concluye con una carcajada.
La sostenibilidad, claro está, es un valor capital de Cartonpia, aunque Alejandra cree que, además de reciclar, es imprescindible «dar unos pasos atrás en la vida y en el tiempo, y dejar de generar basura». Para ello, reclama la vuelta a esa época en la que consumíamos en envases retornables porque «la clave está», asegura, «en dejar de plantearnos el reciclaje y dejar de generar residuos». Un pensamiento que compartimos y que, queremos creer, no es utópico. Como no lo ha sido, tampoco, su precioso e inspirador proyecto.



