Existe en el recuerdo de muchos mallorquines la imagen de una mesa ya puesta, adornada con el mantel de los banquetes familiares y la cubertería Duralex que nunca falla. En esa postal que pretendemos dibujar se come paella, se nota por el aroma que procede de la cocina, por el buen humor que desprenden los abuelos y porque el calendario indica que nos encontramos en el séptimo día de la semana. Nos fijamos en los rabanitos que descansan en un plato, en el pimiento blanco tan típico de aquí que, a modo de picoteo y crudo, casa estupendamente bien con el arroz. Pero quien acapara todas las miradas no es la paella que aún humea sobre el fuego; es la botella de pinya que preside el convite en el centro de la mesa, la misma que deja escapar un siseo gaseoso al desenroscar su tapón. Esa es la bebida que pasa de mano en mano, de vaso en vaso. Y fue la marca Puig quien amenizó tantas escenas hogareñas como la descrita en este párrafo, parte integrante de una memoria colectiva que hoy también habla en presente.
«Todo aquel que haya tenido una infancia en Mallorca y que sea más o menos de mi edad se acuerda de la pinya». Julià nos recibe en el centro de envases retornables de Begudes Puig, ubicado en los límites del polígono de Son Castelló, en Palma. Nacido en 1992 y bisnieto de quien inauguró este proyecto familiar, no disimula su emoción cuando nos habla de la trayectoria empresarial que sus antepasados inauguraron hace casi un siglo. «La gente de Mallorca le tiene un cariño excepcional a la pinya. Cada vez que digo que soy de Puig me lo hacen saber». A nuestro alrededor, nos vigilan cajas repletas de unos refrescos que cuentan un pedacito de nuestra historia isleña. Una historia que toca temas como el de la supervivencia de una marca local que respeta la tierra, y que no teme a las grandes corporaciones. Begudes Puig ha sabido amoldarse a los tiempos que corren para luego reinventarse.
Todo empezó con un aventurero llamado Julià Puig, el bisabuelo de quien nos cuenta esta crónica y con el que también comparte nombre. Un hombre emprendedor que después de abandonar la industria zapatera se metió de lleno en el negocio de los sifones, en Llucmajor. Un cambio de rumbo que emprendió desde el garaje de su propia casa, donde suelen ocurrir estas cosas. «En la península la gente pensaba que al agua con gas le faltaba algo. Por eso se empezó a experimentar con diferentes aromas». De todo eso han pasado casi cien años. Nos trasladamos a 1927, cuando los negocios de bebidas refrescantes subieron como la espuma en Europa; aunque sería más acertado decir que se hincharon como una burbuja.
«La globalización y la llegada de las grandes marcas extranjeras lo cambió todo».
El Viejo continente pareció quedarle pequeño a Julià Puig, que un año más tarde de haber lanzado su propia gaseosa decidió surcar los mares con su amigo Gascó. Pusieron proa hacia un periplo por Centroamércia con parada en Cuba, donde descubrieron un diamante en bruto que marcaría un antes y un después en el devenir de su proyecto: la piñita. «Les gustó mucho y pensaron que aquí, en Mallorca, podría funcionar muy bien. Fue un éxito inmediato». Desde entonces, la pinya se ganó el derecho legítimo de proclamarse como un símbolo local.
La irrupción de Begudes Puig en el panorama de las bebidas carbonatadas se percibió como una bocanada de aire fresco. Una novedad en toda regla, pues la población de aquella época tenía el paladar acostumbrado al agua y al vino. La efervescencia de un líquido dulzón que se recrea en la garganta con un leve picor era el no va más, un producto inusitado con toques divertidos en la segunda década del siglo XX. Con todo, el desembarco de Puig no estuvo exento de competencia. El discurrir de las décadas hizo que Mallorca, a lo largo de los años setenta, estuviese infestada de empresas que producían gaseosa, sifones y colas. Se llegaron a contar 131 negocios de ese sector. «La fiebre fue mucho mayor que en la península. Esa competencia hizo que el consumo de bebidas refrescantes aumentara, pero la globalización y la llegada de las grandes marcas extranjeras lo cambió todo».
Julià se refiere al aterrizaje de monstruos corporativos de la talla de Coca-Cola, que mediante una estrategia de mercado totalmente destructiva hizo desaparecer numerosos negocios familiares. La compañía estadounidense prometía enormes ganancias a cambio de que el pequeño comerciante distribuyese y fabricara su refresco; una oferta que iba en detrimento del producto autóctono, como si el artesano abandonara su propia creación para favorecer al gigante. David contra Goliat. Cuando Coca-Cola construyó su propia fábrica y prescindió de sus distribuidores locales, ya fue demasiado tarde para que las marcas de aquí remontaran el vuelo.


«Mi abuelo siempre trabajó con vidrio retornable y no concebía otra manera de hacer las cosas».
Pero Begudes Puig supo sobrevivir al depredador gracias a unos esfuerzos románticos que se contagiaron de una generación a otra. «Mi abuelo siempre tuvo clara una cosa: lo que era suyo no se lo podían quitar. Nunca le dio la espalda a su producto. Entonces lo que hizo fue adquirir las marcas que iban cerrando en Mallorca. Pero sin destruirlas, que es lo que hacen las multinacionales. Él las compró para seguir produciéndolas. Mantuvo su nombre original porque entendió que la gente les tenía cariño». El abuelo de Julià distribuyó Gum i Ramis en Felanitx, Segura en Porreres, El Molino en Algaida y La Peral en Palma. El broche lo puso cuando a finales de los ochenta compró la marca Miret, ampliamente conocida también en la capital. Gracias a esta protectora visión de negocio, los habitantes de los pueblos pudieron seguir ligados a estas bebidas, cuyas burbujas comparten el ADN de la población.
Si Darwin dijo que no sobrevive el más fuerte, sino quien sabe adaptarse al cambio, Puig se erige como el máximo representante de esa consigna. Noventaicinco años después de su nacimiento, su catálogo contiene una variedad de productos de lo más colorida: pinya, limonada, naranjada, cola, cola zero, lima limón, tónica, ginger beer, soda y gaseosa. Un amplio abanico que permite refrescarnos con la esencia de un producto nativo y sostenible. «Mi abuelo siempre trabajó con vidrio retornable y no concebía otra manera de hacer las cosas. Puso el grito en el cielo en contra del plástico, y mi padre siguió con esa filosofía». El proceso de producción de Puig, por lo tanto, no admite el uso de plásticos bajo ningún concepto. El centro de envases retornables que inauguraron hace dos años, donde se desarrolla nuestra charla, es el vivo ejemplo de ese compromiso medioambiental. Una instalación prácticamente adherida a su propia fábrica, donde producen unos 3 millones de unidades al año. Unas cifras impresionantes que llaman la atención cuando nos enteramos de que la empresa, en 2004 y durante un año, tuvo que cerrar.
Como si de una planta se tratase, Puig se ha ido regenerando desde que reabrió sus puertas. Empezaron casi de nuevo, haciendo repartos a domicilio a particulares en una furgoneta. Hoy vuelven a estar presentes en bares, restaurantes y supermercados, con una plantilla que incluye a un 50 % del personal procedente de la Fundació Sant Joan de Déu y con planes de futuro para el próximo año, cuando empezarán a incorporar naranjas y limones de Mallorca para sus zumos. Puig es como un ave fénix rejuvenecida, pues hoy en día impacta en un público joven que vuelve a situar sus botellas en el centro de la mesa. Para que la felicidad de antaño no sea solo cosa del pasado.



