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Ses Cosines

Comida casera con toques creativos

Pasamos nuestros ojos por la propuesta gastronómica del local y detectamos algo: aquí todo es casero.

Autor: Joan Ramis Boscana

Los calendarios que cuelgan en las casas de Artà tienen todos los martes tachados, la fecha que hemos elegido para trasladarnos a esta parte del Levante. Queremos ser testigos de un mercado que por mucho que se celebre de forma semanal, tiene un sabor único. Después de haber visitado ArtArtà para empaparnos de la cultura artesana del pueblo, nos dirigimos a la plaça del Conqueridor para camuflarnos entre la multitud que colma el centro neurálgico del municipio. Los puestos del mercado representan un muestrario de artículos de raza mallorquina: aceites que concentran lo mejor de la aceituna isleña, vinos que reúnen las propiedades de nuestra tierra, productos de llatra que se fabrican con el tacto de unas manos experimentadas. El tiempo pasa y nos dan la una y media, momento en que los tenderos empaquetan sus bártulos y nuestra panza se queja. Echamos a andar y nos topamos con el restaurante donde hemos reservado: Ses Cosines. Su toldo nos anuncia que aquí se comen tapas, burgers & gins. Nos damos por enterados y entramos. 

Nunca hubiésemos dicho que el carrer Montserrat Blanes escondería un lugar tan espectacular. Ses Cosines es un establecimiento de techos altos, suelo de madera y paredes que lucen estampados con palmeras. La barra que nos encontramos a mano derecha, nada más acceder al lugar, cuenta con unos azulejos algo desgastados que presentan un aspecto de hermosa decadencia. Las proporciones del restaurante nos impresionan, un espacio donde caben un buen puñado de mesas que los clientes van ocupando con tranquilidad. Un rectángulo de baldosas hidráulicas nos guía hasta una puerta que da al exterior del local. El parte meteorológico vaticinaba lluvias, un pronóstico que nos ha llevado a reservar a cubierto. Pero el sol ha salido entre las nubes y la camarera nos ha preparado un sitio donde todo el mundo quiere comer: un patio con helechos colgantes y plataneras. La luz del día se filtra entre una cubierta de brezo para iluminar los platos de los comensales, que tienen una pinta envidiable.

Nos descargamos la carta de Ses Cosines mientras suena un álbum de Jamiroquai. La música parece proceder de las plantas, que nos vigilan desde todos los rincones del patio para hacernos compañía. Pasamos nuestros ojos por la propuesta gastronómica del local y detectamos algo: aquí todo es casero, el trato se nos antoja de lo más familiar al intercambiar un par de palabras con la camarera. A pesar de que seamos muy fans de las burgers gourmet y del picoteo, son las sugerencias de la semana las que se meten en nuestra cabeza, y de ahí ya no podemos sacarlas porque también quieren entrar en nuestra tripa: pulpo a la parrilla con humus de aguacate, ensaladilla con bonito del norte, pimiento aliñado y anchoas del Cantábrico, pan bao relleno de tartar de salmón con crema de rabanito… Los ojos nos hacen chiribitas, pero parte de nuestra ilusión se hace añicos cuando nos enteramos de que las albóndigas con salsa de vermut mallorquín – el Rumbo de Licors Moyà – se han agotado. Su propio éxito se las ha comido, señal de que aquí el sabor de toda la vida se respeta.

La camarera sonríe cuando le transmitimos nuestra elección. Mientras esperamos, aprovechamos para acudir al servicio. Subimos unas escaleras y no podemos salir de nuestro asombro: el piso superior es casi tan espacioso como el de abajo, con un par de estancias abuhardilladas y un envigado que cruza el techo. Todo está decorado de forma exquisita: vitrinas acristaladas, damajuanas en las esquinas y unas paredes empapeladas con felinos. Y así nos sentimos ahora nosotros, con un hambre felina. Regresamos a nuestra mesa cuando llega nuestro primer platillo, como lo llaman en Ses Cosines: una berenjena asada al carbón que nos atraviesa con un flechazo. Está preñada de un chutney de calabaza que nos aporta unas dosis de dulzor que se entienden a las mil maravillas con el tahine blanco y el crumble de anacardos. Las dos mitades de la berenjena han sido conquistadas por unos brotes de remolacha y aceitunas de aquí. Una colisión de sabores de lo más atrevida que puede mojarse en un labneh de yogur artesano. No tenemos palabras, tan solo aplausos.

Nos retiran el plato y escuchamos el ruido de cuchillos y cacerolas que viene de la cocina, cuya ventana comunica con el patio. De ahí sale nuestra segunda elección, que es un tiradito de gallo de Sant Pere por el que también sentimos amor a primera vista. Nos ha faltado pan para rebañarlo en la leche de tigre de ají amarillo, en la emulsión de maracuyá. Agradecemos la ternura el pescado, la ligera sensación que recorre nuestro paladar y que se remata con una punzada delicada de picor. Nos es por nada, pero la hemos clavado con Ses Cosines.

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