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De la mano de Marc y Diego, dos grandes amigos, nace La Romaguera, un restaurante de tapas de autor dispuesto a transportarnos a otros lugares y deleitarnos con sus creaciones.
Autor: Cristian Rodríguez Domínguez
Por todos es sabido que Sóller es uno de los pueblos con más encanto de nuestra querida isla. Y no es para menos. Uno de los motivos más evidentes es su inigualable ubicación, la vall, abrazada por completo por la majestuosa Serra de Tramuntana, que nos deja una estampa idílica que enamora a todo aquel que visita el pueblo. Los olivares y sobre todo los naranjos y limoneros son los actores principales de un espectáculo sin igual para la vista. Pero además de la ubicación, también nos encanta la gran variedad de proyectos que se desarrollan en la zona y que son dirigidos con amor y pasión por gentes del lugar.
Es el caso de La Romaguera, un restaurante situado en el corazón del pueblo, en una de las calles más pintorescas del lugar, que comparte nombre con el negocio. Este local abrió sus puertas no hace mucho tiempo y nace de la unión de dos grandes amigos, Marc y Diego, que aunando fuerzas sacaron adelante su idea: crear, con producto de gran calidad, unos magníficos pinchos de autor. Como os podéis imaginar, con esta premisa, no nos quedaba otra que hacerles una visita y degustar nosotros mismos alguna de sus creaciones. Ya teníamos excusa para volver a Sóller (si alguna vez se necesita una para ir hasta allí).
Llegamos un día soleado entre semana, la actividad en la localidad es frenética, visitantes por cada uno de los rincones. Nos dirigimos sin más dilación a nuestro punto de encuentro. Al llegar, podemos comprobar que las fotos no mentían y que la calle, donde también se encuentra la terraza del local es muy coqueta. Ahí encontramos a Joaco, un afable camarero que nos atenderá en la jornada de hoy. Preguntados por si es nuestra primera vez, decimos que sí, entonces nos cuenta que la carta la componen tapas donde prima la calidad a las grandes cantidades y nos recomienda 3 por persona. Así que le hacemos caso. Aprovechamos también para pedir un agua grande y fría.
Mientras esperamos, nos damos cuenta de que la calle es muy transitada, un ir y venir de gente en todo momento, y al estar cerca del centro, oímos el tranvía pasar. Es entonces cuando llega el primero de los platillos: unos mejillones de gran tamaño, sabrosos y perfecta cocción, marinados con curry rojo thai, coco y cilantro. Una salsa ligeramente picante, que hará las delicias de los que amamos los sabores fuertes, pero que no es un impedimento para que lo puedan probar todos. Un disfrute para comenzar.
La segunda de las tapas estaba compuesta por unas gyozas rellenas de setas confitadas con crema de trufa y crujiente de albahaca, todo ello envuelto en una masa casera y fina, nada empalagosa y bien cocida. El aroma de la trufa inundaba la mesa, pero no restaba sabor a los demás ingredientes. Curioso el crujiente de albahaca, un toque distintivo y sabrosos para tomar entre bocado y bocado. Y, por último, llega el Iberian Pig, un pan bao esponjoso, como una nube, relleno de panceta ibérica confitada, crujiente por fuera y tierna por dentro, que se deshacía en la boca, acompañada de salsa tártara, hoja de shiso y coronado con cebolla encurtida. Sabores que se compenetraban a la perfección, sin quitarle protagonismo el uno al otro y regados con una salsa espesa y ligera.
Al terminar, comprobamos que Joaco tenía razón, 3 es una cantidad justa para saciar el hambre y poder degustar un poco de todo. Le agradecemos la atención prestada y nos vamos satisfechos con la elección y con un restaurante más en la lista de imprescindibles. Les deseamos toda la suerte del mundo y esperamos volver pronto.
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