GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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En la cocina de Andana no se inventa nada porque no lo necesita. Su visión -que homenajea nuestra cultura gastronómica y nuestro paisaje- es una oda al producto de proximidad, ese que reconocemos, que cultivamos y saboreamos desde hace siglos en esta isla del Mediterráneo.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Cuando llega la primavera, la normalidad que late en el corazón de la ciudad se transforma. Es lunes a mediodía y los trabajadores salen de sus oficinas para comer, pero ahora se entremezclan con la afluencia de turistas, a pesar de ser un día laborable y lluvioso. La gente va y viene de la estación intermodal, que desemboca en la plaça d’Espanya y, justo al lado, se encuentra Andana, el restaurante ubicado en la antigua estación, el KM 0 de la isla.
Entrar en él es como acceder a un refugio inesperado. Los tonos cálidos que lo decoran, las paredes de marés y las vigas de madera recuerdan a la arquitectura mediterránea de antaño, que convive con una larga barra de mármol y suelos de parquet. Bello, acogedor y decorado con extremo gusto, el restaurante -que abrió sus puertas en 2020- ofrece platos con ingredientes típicos de Mallorca -cocas mallorquinas, verduras al kamado, carnes, pescados y platos de cuchara- que se nutren con productos de huerto propio.
Dispuestos a catar diferentes platos, decidimos elegir una variedad suculenta de propuestas. Para empezar, apostamos por la coca de espinacas de na Joana, una masa crujiente con vegetales como acelgas, puerros, tomate, ajo y perejil, coronada por sardina ahumada y condimentada con tap de cortí, y dos variedades de croquetas -enormes, que se sirven por unidad- del Jardín -con carne guisada de ternera, ave y especias- y una de verduras. Son extremadamente cremosas y sabrosas así que sucumbimos a un comienzo triunfal.
Entre los principales, decidimos catar los canelones de carrillera. Que ningún comensal espere los canelones de toda la vida porque nada tienen que ver -ni en sabor ni en apariencia- pero tampoco absolutamente nada que envidiar: la salsa de vino tinto les da un toque único y sorprendente que encandila nuestro paladar.
Rendidos ante la cocina que dirige de Castro, mientras el restaurante se va llenando de locales y visitantes, llega el turno de los huevos de granja con patatas fritas y sobrasada casera. Rotos y removidos, la combinación de todos los ingredientes es, sencillamente, brutal. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
Hasta aquí la experiencia es maravillosa, pero la redondean -y de qué manera- dos tostaditas de pan con steak tartare que llegan a nuestra mesa cortesía de la casa. El amable camarero -la atención durante todo el servicio es exquisita- ha querido darnos a probar este manjar ante nuestra indecisión de si pedir el plato o no. La carne es suave y fresca, con un ligero toque picante, que nos obliga a recomendarla. Duda disipada.
Saciados pero golosos, la guinda del pastel la pone una torrija de coca de patata, una revisión original y acertadísima del clásico de Valldemossa. Una bomba de dulzor, sin llegar a empalagar, que combina texturas de forma magistral.
En la cocina de Andana no se inventa nada porque no lo necesita. Su visión -que homenajea nuestra cultura culinaria y nuestro paisaje- es una oda al producto de proximidad, ese que reconocemos, que cultivamos y saboreamos desde hace siglos en esta isla del Mediterráneo. Bebe de nuestros orígenes y, más que reinterpretarlos, los cocina con altas dosis de buen gusto, mimo y tacto, y el toque justo de creatividad que la cocina de vanguardia demanda.
En el corazón de la ciudad, en el epicentro desde el que van y vienen, sin cesar, los trenes que recorren las entrañas de Mallorca, Andana, ajena a las tendencias, posa su mirada en la tradición gastronómica balear y abraza el sabor de cada temporada en un espacio luminoso y armónico. Reserva tu billete. No querrás perderte este tren.
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