GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Observar las formas que dibuja la mezcla de colores, oler su aroma y degustar el té que tenemos entre nuestras manos es, también, un modo de saborear el momento. De estar aquí y ahora.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
La atención plena es, según el National Institute of Health, una ‘antigua práctica’ que trata de ‘ser completamente consciente de lo que sucede en el momento, de todo lo que sucede dentro y todo lo que sucede a nuestro alrededor’. O lo que es lo mismo: apagar el piloto automático y experimentar la vida tal como es.
Definir este estado de presencia resulta -en los tiempos que corren- más fácil que alcanzarlo. Sin embargo, los aficionados y devotos del té matcha -cada vez más numerosos- ensalzan, además de su sabor, su ritual de elaboración como un momento de mindfulness. De parar el bullicio interior y exterior, y concentrarse en la elaboración y el disfrute de este té de origen chino que, curiosamente, se cultiva en Japón.
Entre las prisas y la inmediatez que requieren nuestros días y rendidos a la llegada del clima primaveral que baña la ciudad con su preciosa luz, nos proponemos bajar el interruptor de nuestro piloto automático y, tras un paseo por el barrio de Santa Catalina, nos asomamos a A matcha a day, un pequeñito local cerca del mercado decorado con gusto que nos invita a tomar asiento y descubrir por qué este té de color verde vibrante y sabor umami ha cautivado a medio mundo.
Inexpertos en el universo del matcha, pero curiosos por naturaleza, nos dejamos orientar por la barista pues, para nuestra sorpresa, existen mil y una formas de redondear este té: con fresa, con lavanda, con mango o maracuyá; con coco, con sirope de arce y canela e incluso con chocolate blanco y especias de calabaza. Y también de tomarlo: bien caliente o con hielo, con leche de vaca o de origen vegetal.
Un matcha de fresa con leche de avena es nuestra elección, aunque también tomamos un café -flat white- de especialidad, que acompañamos con un matcha snicker de aceite de coco, cacahuete, dátil y matcha, claro. Y es aquí, una vez tomada la elección, donde comienza el ritual.
La elaboración, a simple vista, parece sencilla: se utilizan unos dos gramos de té que se baten en agua con un chasen -un batidor tradicional de fibras de bambú- o con un espumador. Luego, el líquido se mezcla con la leche -si se desea- y se añade el hielo para tomarlo fresquito. Y listo. Sin embargo, no es el proceso lo que llama tanto nuestra atención como el placer que provoca observarlo. La ceremonia requiere su tiempo y demanda calma, dos bienes escasos en nuestra contemporaneidad.
Observar las formas que dibuja la mezcla de colores, oler su aroma y degustar el té que tenemos entre nuestras manos es, también, un modo de saborear el momento. De estar aquí y ahora, disfrutando de un matcha que resulta refrescante y cremoso, con un toque final dulzón de fresa que deja un delicioso sabor de boca. El café, cremosísimo, nos sorprende con un último regusto suavemente salado que contrasta con el matcha snicker, dulce y goloso, aunque no contiene azúcares añadidos.
A matcha a day es una propuesta singular y cuidada, como su línea de productos -mención especial a su propuesta gráfica, fresca y actual-. Puedes llevarte a casa (y sus divertidas frases te tentarán) sudaderas -this girl runs on matcha-, camisetas -but first I need matcha-, tote bags -If it’s green, I’ll drink it- o hacerte con tu propio kit para iniciarte en este sorprendente mundo del té y apagar, más a menudo, el dichoso piloto.
Si es por nuestra primera experiencia aquí, no suena nada mal tomárselo en serio y disfrutar, a partir de ahora, del placer de tomar un matcha al día.
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