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Klüg Burgers

Amantes de las smashburgers

Existe un elemento distintivo que convierte la oferta del Klüg en un reclamo fuera de lo típico, y es la técnica que utilizan para preparar sus hamburguesas.

Autor: Joan Ramis Boscana

Cuando cruzamos la avinguda del Compte de Sallent y nos internamos en el carrer Blanquerna, una imagen impacta en nuestra mente para recordarnos lo siguiente: las baldas de nuestra nevera están algo desnudas, nos piden casi a gritos que las llenemos con algo que nos alimente. Es en ese momento cuando salimos de la tienda Melicotó para acercarnos a un Agromart que hace esquina, una de las veintiún tiendas repartidas por Mallorca que apuestan por el producto de payés, esa figura en extinción que ara la tierra para cultivar unas hortalizas, verduras y tubérculos que se encuentran en pocos sitios. Salimos del supermercado y el Klüg Burgers no tarda en revelarse ante nosotros como un lugar que no podemos dejar atrás. Miramos nuestra compra: tampoco es que vayamos demasiado cargados. Le preguntamos a la camarera si tiene mesa para dos y enseguida encuentra un hueco. Hacía tiempo que le habíamos echado el ojo a esta hamburguesería, necesitábamos incorporarla en nuestro listado de sitios que Palma alberga como lo que son: monumentos edificados en honor a la carne. 

Alguna vez habíamos entrado en la página web del Klüg Burgers para leer lo siguiente: La felicidad tiene forma de hamburguesa. Cuando accedemos a su local, corroboramos esa cita por el semblante del personal, la sonrisa de los comensales y la sensación que nos arrebata al sentarnos. El local no es que tenga unas dimensiones demasiado grandes: mesas altas con taburetes por un lado y otras más bajas casi pegadas al otro extremo del establecimiento. Es justo ahí donde nos sientan a nosotros, bajo unos potos cuyas ramas se precipitan desde un techo negro. La barra instalada al fondo de local cuenta con varios, muchos tiradores que sobresalen de la pared. Detrás de ese muro, se esconden los barriles de algunas cervezas artesanas que se han fermentado en la cervecería Lowther. Sin dudarlo ni un instante, pedimos una lager y una pale ale, dos brebajes que pondrán el toque espumoso y dorado a unas burgers que ya estamos señalando con el dedo.

Existe un elemento distintivo que convierte la oferta del Klüg en un reclamo fuera de lo típico, y es la técnica que utilizan para preparar sus hamburguesas, llamada smash. El método consiste en aplastar la carne contra la plancha para que la grasa se cristalice, lo que dota a la hamburguesa de un mayor punto de sabor. Este aporte es toda una novedad en la cultura hamburguesera de Palma, el motivo que casi nos ha empujado hasta el interior del local. Un momento después del primer trago a nuestras birras, vuelan hasta la mesa nuestras dos nominadas: la Epicarda y la Modo Diablo, aunque esta última la pedimos en versión beyond meat, una transformación a la que puede someterse toda su carta. Un dato que revela el cambio de conciencia que atraviesa la sociedad.

Si alguien cree que nuestras hamburguesas van a venir solas, está muy equivocado. Son los Nachos de P*** Madre los primeros en dejarse ver, y aparecen con un cheddar que se derrite de placer junto a la salsa barbacoa. Una mezcla que se impregna en el cerdo desmenuzado que descansa sobre las tortitas. Estos secundarios se esfuerzan mucho por robarle importancia a las verdaderas protagonistas de esta historia, que son las burgers. Nada más llegar, se hacen con el foco que les pertenece. El primer bocado nos avisa de algo: este pan es diferente porque está hecho de patata, y la hamburguesa lo agradece porque ambos ingredientes siempre hacen buenas migas. El sabor de la carne es lo que más nos descoloca: nos la han traído bien hecha y, aun así, es de lo más jugosa. Esta smashburger va sobrada: la mayonesa trufada le otorga ese toque peculiar en el que se amoldan las setas salteadas. La rúcula, por otro lado, soporta un emmental con el que conforma la base.

Menuda cosa tremenda, tan tremenda como lo está una Modo Diablo que pica lo justo y necesario. Un pequeño demonio para veganos en el que la cebolla morada y la mermelada de pimiento, los dos componentes malignos de su receta, reciben la yema de un huevo que se deshace como nosotros lo hacemos: en elogios. Que nadie lo dude: volveremos al Klüg Burgers porque nos ha encantado. 

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