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Cremola

Buono, autentico e naturale

En Cremola nos llevamos una muy grata sorpresa, nosotros y nuestros perros, que nos acompañan a todas partes: en su carta también hay helado para ellos.

Autor: Aina Coll

Fotógrafo: Jaume Oliver

El helado es sinónimo de verano, placer irrenunciable y manjar estrella del estío. Y las heladerías parecen multiplicarse, en Palma y alrededor de toda la isla, como las setas en un bosque húmedo para saciar nuestro deseo. Pero pongámonos serios porque el hedonismo lo merece: ni todas las heladerías son iguales ni todos los helados nos emplazan de la misma forma a la indulgencia, a pesar de que el término ‘artesanal’ cope, bien grande, cada vez más fachadas a modo de reclamo.

De hecho, con la voluntad de reafirmar nuestro amor por el buen y verdadero helado, una tarde de junio vamos hasta la Plaça Verge del Miracle, en el barrio palmesano de Santa Catalina, a degustar los que elabora Elá Elá. Un plan que, para ser honestos, readaptamos sobre la marcha porque la heladería se ha transformado -y nosotros no nos habíamos enterado- y ahora es Cremola: un local estrecho, decorado con buen gusto en colores pastel que, bajo la sombra de un toldo azul, contempla las puertas de la iglesia de Sant Magí.

En el interior, la protagonista es la clave de toda heladería: una vitrina que exhibe sabores que sorprenden porque son una fiesta -original y selecta- de ingredientes: avellana del Piamonte con denominación de origen, vainilla de Madagascar, chocolate amargo Bean to Bar de Nicaragua, dulce de leche argentino con chips de chocolate, mango con yogur y un toque de cardamomo… y de entre esta seductora lista destacan dos propuestas, una por local y otra por exótica: almendra, crunch de almendra y naranja conforman Puro Mallorca y ChocoMiso en una fusión sorprendente de ingredientes que, en nuestra cabeza, no habríamos combinado jamás.

Dicen que el sabor de nuestro helado preferido habla de cómo somos, que en cierto modo nos define. Clásicos, atrevidos, precavidos, arriesgados, estridentes, inusuales e incluso amantes de lo aparentemente imposible. Y como hoy nos hemos reunido seis amigos con ganas de pasarlo bien y echarnos unas risas, nos parece un buen plan elegir cada uno su sabor y, por qué no, a través de ellos conocernos un poco más -¡incluso puede que nos llevemos alguna sorpresa!

En cono o en vasito, empezamos el juego: el refrescante lima limón y jengibre es el predilecto del que no lleva demasiado bien el calor y anhela, desde mayo, la llegada del otoño; el helado de fresas de Manacor con mango, avellana y pistacho de Bronte lo elige alguien que siempre está pensando en el próximo viaje, y la combinación de aceite de oliva y chocolate salado es, cómo no, la preferencia del que ama disfrutar, constantemente, de nuevas experiencias.

El helado de pistacho y caramelo salado resulta ser la apuesta ganadora de esa amiga que siempre te sorprende con un plan inesperado -y, a veces, incluso, demasiado osado- y, por último, las dos bolas de avellana que coronan un cucurucho clásico entre los clásicos es la elección innegociable del que no corre riesgos, del que jamás se saltaría una norma, pero -y quién sabe si precisamente por eso- es también aquel en el que todo el grupo confía y siempre confiará.

Sujetando el helado como nuestro bien más preciado, salimos al parque entre risas antes de que se derrita entre nuestros dedos. Antes, sin embargo, nos llevamos una muy grata sorpresa, nosotros y nuestros perros, que nos acompañan a todas partes: en la carta de Cremola también hay helado para ellos, un obsequio elaborado a partir de una receta avalada por una universidad italiana a base de yogur natural, higos y dátiles que hace que nuestros amigos disfruten tanto como nosotros. Un detalle precioso que agradecemos todos.

Los ingredientes naturales, la cremosidad en la textura y el sabor que solo aportan las materias primas de calidad marcan la diferencia entre un helado magnífico y un helado mediocre. Cremola, sin duda, merece estar en la lista de los helados por los que sucumbiríamos, una y otra vez, al placer sencillo que supone pasar una tarde relajada de verano, con amigos, lamiendo un helado a la sombra de un árbol en el parque. Con el beneplácito, de eso estamos absolutamente convencidos, de nuestros perros también.

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