¿Son capaces, los alimentos, de explicar nuestra cultura, nuestra historia y nuestras raíces? y ¿qué posición ocupan estos en las relaciones que construimos? Estas son algunas de las cuestiones que hicieron reflexionar a Deborah Piña durante un viaje a México. En realidad, la mallorquina se licenció en derecho y sociología, pero fue una estancia en el país de los tacos y el mezcal lo que cambió su visión acerca del papel que juegan los alimentos en nuestras vidas. «El maíz es capaz de explicar toda una civilización. Ahí fue cuando me pregunté cuál era el alimento que daba sentido al Mediterráneo», nos cuenta durante nuestra distendida conversación. Esta reflexión acerca del maíz sería el germen de lo que hoy es Deborah’s Culinary Island, un proyecto personal que gira en torno al alimento mediterráneo, su pasión.
En la actualidad, y desde hace ya unos años, Piña desarrolla experiencias con el fin de promover la cultura del alimento local en una antigua panadería del siglo XVIII ubicada en el centro de Palma. La suya no es una escuela de cocina al uso, sino más bien una experiencia cultural que ofrece la posibilidad de acercarse a esa otra Mallorca, la auténtica, la sabrosa, la aromática y, en fin, la enraizada.
Para dar a conocer -y acercar- a las personas que nos visitan esa otra cara de Mallorca, crea e imparte cursos, itinerarios y eventos, y ofrece su servicio de cáterin privado. En los workshops en grupos reducidos, por ejemplo, enseña a los turistas –el 90% de sus clientes son extranjeros- alimentos propios del mediterráneo, platos típicos y tradiciones culinarias. En los eventos, para los que busca localizaciones en plena naturaleza, casas señoriales o viñas, ofrece paseos que combinan el descubrimiento cultural e histórico y la degustación de productos locales.
Todos sus servicios tienen un propósito común: dar a conocer la cultura gastronómica de raíz, ser un puente entre culturas, hacer que los que desean descubrir la isla conecten con la identidad culinaria del lugar. Para que eso sea posible, no hay nada impostado ni rebuscado en sus iniciativas porque a lo que quiere llegar es a esa comida de abuela, de casa, en cierto modo primigenia, que quizá no se encuentra ya en muchos restaurantes.
«El turismo puede ser algo muy provechoso cuando volvemos a replantear la riqueza cultural del intercambio».
El concepto originario de sus propuestas se inspira en las experiencias que a ella le gusta vivir cuando visita otros lugares, otras culturas. Cuando viaja, nos confiesa, le gusta «ir al mercado, conocer gente local, descubrir productos…» y eso es exactamente lo que intenta recrear en su proyecto. En esta travesía hacia la autenticidad también hay un factor muy importante que Piña pone en valor y agradece, el factor humano: «Tengo mucha suerte con la gente que viene y he disfrutado de conocer a todas las personas que han venido este verano. Ha sido un encuentro, un enriquecimiento. El turismo puede ser algo muy provechoso cuando volvemos a replantear la riqueza cultural del intercambio».
Además de la búsqueda de lo humano, lo cultural y lo auténtico, otro tema que sale a la luz en nuestra conversación es el de la naturaleza, unido al de la medicina. «Cuando buscas la esencia de sabores, olores e ingredientes que representan una identidad, te encuentras con la vegetación, con la naturaleza, que son una fuente de alimento y de medicina». De hecho, junto a su amigo Joan Canaves, herbolario y destilador, ambos experimentan esta esencia de la isla tanto en talleres como en su retiro Mallorca esencial.
En esta singular propuesta, que ya ha celebrado su segunda edición, ambos proponen unos días de conexión en la naturaleza en los que las plantas y los productos locales –y sus innumerables beneficios- son los protagonistas. De nuevo, al hablar del retiro en el Puig de Randa, vuelve a surgir la palabra raíz: «en una granada, en el romero, en una llonganissa… ahí podemos encontrar nuestras raíces gustativa y olfativamente. Y las debemos proteger y custodiar».


«Desde el amor se despierta la conciencia».
El proyecto de Deborah Piña va tomando forma con el paso del tiempo, de forma orgánica. Hace más de diez años que es chef privado y, poco a poco, ha ido desarrollando el resto de sus servicios. Durante los meses más duros de la pandemia -y los sucesivos confinamientos-, tuvo que parar y, en ese lapso de tiempo, comprendió la importancia y el sentido que tenía, para ella, lo que estaba haciendo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que le apetecía estar al servicio de la isla. «Quería cuidarla, que la gente la conociera desde un ángulo más íntimo y, desde ahí, quererla».
En esta voluntad de cuidado, la sostenibilidad también juega un papel importante. Como todos, Piña revisa los puntos en los que su trabajo puede ir mejorando hacia un camino más respetuoso con el planeta, pero sin duda su impacto positivo -quizá de forma indirecta- ya está presente en muchas acciones cotidianas: apuesta por productores locales, favorece la cadena autóctona e invita, a través de sus experiencias, a querer la isla porque, como ella reflexiona en voz alta, «desde el amor se despierta la conciencia».
La comida nos une. Cocinar juntos, celebrar alrededor de una mesa, probar ingredientes, catar un buen vino y brindar con él… son pequeños gestos cotidianos que forman parte de nuestro estilo de vida. Actos sencillos que homenajean nuestras tradiciones, nuestras raíces, nuestro modo de ser y convivir. Y eso es justamente lo que Piña nos propone y reivindica. No podría gustarnos más ese volver la mirada hacia la tierra y sus frutos; ese aprecio hacia el sabor, el tacto, el aroma de una Mallorca que siempre estaremos dispuestos a redescubrir.



