GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Existen pocos gestos en la isla tan navideños como este: tomar asiento en Can Joan de s’aigo, cortar un trozo de ensaimada humeante y mojarlo, sin miramiento, en chocolate caliente.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Jaume Oliver
Se dice que un establecimiento es emblemático cuando es significativo y representativo de un lugar, ya sea por su por su propuesta gastronómica, por su historia o por lo arraigado que está en una sociedad. Sin duda, a Can Joan de s’aigo este adjetivo le sienta como anillo al dedo: su carta es un homenaje a los clásicos, dulces y salados, de la gastronomía mallorquina, su historia es de todo menos aburrida e indiferente -se remonta tres siglos atrás-, y su idiosincrasia ha hecho que, cualquier día, a cualquier hora, una procesión de fieles parroquianos acudan puntuales a su cita en uno de sus locales.
Siempre es buen día para ir a desayunar a Can Joan de s’aigo, pero cuando el calendario indica que estamos ya a las puertas de la Navidad, esta visita se convierte en impepinable. A las 9:00 h de la mañana de un día laborable, pues, entramos en la sucursal de Baró de Santa Maria del Sepulcre o, lo que es lo mismo, accedemos a un templo de goce y regocijo que sabe a tradición.
Entre grandes cuadros de bodegones y paisajes, lámparas araña y sofás tapizados en terciopelo granate, hemos venido a disfrutar. La decoración, algo barroca, encaja a la perfección con el uniforme -clásico y oscuro- de los camareros, que parecen llevar toda la vida aquí, deleitándonos con chocolate a la taza y ensaimadas irresistibles.
La vitrina de cristal sobre una barra de madera que preside Can Joan de s’aigo es todo tentación, una invitación a caer rendido ante la amplia oferta de producto local: cocarrois, panades y todo tipo de coques saladas conviven con los imprescindibles de nuestra repostería: gató, cremadillos, crespells, coca de cuarto y coca de patata. Ahí es nada.
Un festín de elaboraciones caseras reivindica nuestra indulgencia mientras repasamos la carta por si se nos ha escapado algo. Por un momento, se nos ocurre encargar unos helados artesanos -otro emblema del lugar-, pero el frío ha llegado -por fin- a la isla y no hay mejor excusa para entregarnos a un suculento chocolate a la taza que acompañamos como manda el rito: con una ensaimada y una porción de cuarto que llegan rápido a nuestra mesa y bien empolvados de azúcar, como tiene que ser.
Existen pocos gestos en la isla tan navideños como este: tomar asiento en Can Joan de s’aigo, cortar un trozo de ensaimada humeante y mojarlo, sin miramiento, en chocolate caliente. Es un acto dulce -muy, muy dulce- que hace que cada una de las Navidades que has vivido desfilen, una a una, ante tus ojos. Recuerdos, imágenes, luces, regalos y mucha magia se condensan en este ratito de placer que reconforta, que sosiega, que abraza.
Can Joan de s’aigo fue una de las primeras chocolaterías de Europa, pero su fama se debe a mucho más que a su dilatada trayectoria. El vínculo que se ha creado entre el establecimiento (que cuenta con otros dos locales, uno en Carrer Can Sanç y otro en Carrer del Sindicat) es sin duda su mejor carta de presentación. Tanto que, en Nochebuena, muchas familias acuden, año tras año, a deleitarse con un chocolate con ensaimada, una tradición que se alarga durante todo el invierno. Es una costumbre, y nunca una costumbre fue tan suculenta. Celebrémoslo.
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