GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Llegados a este punto (que nos conduce hasta los límites del placer que uno puede degustar en un almuerzo) nos abrazamos a la indulgencia y, sin remordimientos, vamos a por un postre compartido.
Autor: Aina Coll
Fotógrafo: Aina Coll
Miquel Calent no necesita presentación. Su visión y su destreza ante los fogones, pero también su personalidad apasionada y arrolladora, lo han convertido en un referente de la gastronomía mallorquina -más allá de cualquier estrella-. Habitual en la televisión local, en eventos y shows culinarios, su restaurante, Can Calent, es un destino de obligado peregrinaje para todo aquel que entienda la comida desde el disfrute -como nosotros-.
Ubicado en Campos, el local que regenta junto a su hermano Joan Vicens, quién se encarga de la parte vinícola de la propuesta, es un espacio moderno, cuidado y acogedor, con un gran salón al que llegamos tras echar un vistazo -con curiosidad irremediable- al gran expositor de vinos que conecta la sala-bar, que funciona de entrada, con el comedor. El ambiente, tranquilo un miércoles a mediodía, nos invita a relajarnos, a conversar y a degustar. Tres verbos que siempre nos apetece conjugar y todavía más hoy, que vamos a catar los platos de todo un referente de la isla.
Tomamos asiento y exploramos la carta, un mapa que guía la ruta de un viaje por el deleite y el regocijo: callos de ternera, calamar al estilo de «la padrina Calenta», arroces -de bacalao, de sepia, de carne y de verduras de temporada-, y una selección de carnes y pescados: lomo de emperador, canelones de pulpo, timbal de pato asado, lechona negra deshuesada y entrecot de ternera mallorquina forman parte de la complaciente lista.
Atractiva y suculenta, la carta no nos pone nada fácil la elección, pero decidimos empezar con un primero para compartir, seguir con dos principales y redondear la jugada con un buen postre, así que, mientras picamos algo de pan con sobrasada y aceitunas -una forma de abrir el apetito 100 % Made in Mallorca-, llega a la mesa el primer acto: patatas de pobre con yema de huevo, champiñones y trufa negra. Es una propuesta riquísima y muy saciante con la que casi nos quedamos llenos nada más empezar, pero de la que no podemos resistirnos a mojar, una tras otra, rebanadas de pan hasta hacer desaparecer el último rastro de salsa del fondo del plato.
Como principales, escogemos los canelones de pulpo, shiitakes y avellanas, que nos maravillan con un sabor sorprendente que desafía al siempre deseable canelón convencional, y el tartar de ternera mallorquina, foie y huevo frito, un plato refrescante en la boca, de sabores equilibrados y, de nuevo, en una ración más que generosa.
Llegados a este punto (que nos conduce hasta los límites del placer que uno puede degustar en un almuerzo) nos abrazamos a la indulgencia y, sin remordimientos, vamos a por un postre compartido. Finiquitamos la jugada a lo grande: un bizcocho de chocolate con helado de chocolate con leche y flan de chocolate blanco es nuestro colofón. Y al escribirlo recreamos la auténtica barbaridad para las papilas gustativas que resulta ser esta suerte de tarta de tres chocolate deconstruida que amamos y que tardaremos en olvidar.
Más de una vez hemos escuchado a Miquel Calent hablar de cómo, cuando era pequeño, observaba, escuchaba y ayudaba a su abuela Calenta mientras guisaba en la cocina de su casa. Que fue ella quién le contagió la curiosidad por lo que ocurre entre los fogones y la pasión por el recetario tradicional. Y lo cierto es que cuando uno sale de Can Calent agradece profundamente que, algunas veces, la familia tenga esa capacidad de influir en lo que sabemos y amamos hacer. Cuánto goce nos habríamos perdido sin la padrina Calenta y el bueno de Miquel.
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