GastronomíaYumee. Cocina de encuentro
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Nos sentimos como en casa en el Café Macondo, que cuenta con un huerto urbano del que extraen buena parte de sus ingredientes.
Autor: Joan Ramis Boscana
S’Escorxador es uno de esos espacios que en Palma ha tenido varias vidas. Este enorme complejo de estilo modernista hoy alberga distintos negocios que se debaten entre el comercio y el ocio, entre lo privado y lo público. Nosotros sentimos especial debilidad por la plataforma ciudadana que hace unos años vino a salvar los Cines Renoir, que no es otra que Cine Ciutat. Al lado de un quiosco donde venden las entradas, detenemos nuestra mirada en la cartelera y nos decidimos por una película europea que se proyecta a las cinco de la tarde. No queremos comer en casa. Pensamos en algún sitio que esté por la zona y nos acordamos del Café Macondo, del que tanto nos han hablado por culpa de su cocina consciente y saludable. Está solo a cinco minutos a pie, una distancia corta que celebramos.
Guarecido por unos soportales de la carretera de Valldemossa, el Café Macondo llama la atención precisamente por su discreción. Algunas personas dan cuenta de su comida en unas mesas ubicadas en la terraza, sobre la que cuelga un letrero blanco presidido por una mariposa rodeada de un anillo de flores. El nombre y el logotipo del establecimiento son el anticipo de su filosofía: naturaleza y realismo mágico. Esos dos conceptos son más que suficientes para acceder a un lugar con una personalidad noble y honesta. El mobiliario es ya toda una declaración de intenciones, fabricado a partir de la reutilización de materiales. En un rincón del local hay un espacio destinado al relajo: libros, un pequeño sofá y un florido jardín vertical. Aquí no hay pretensiones; lo que hay es vida.
Nos sentamos en nuestra mesa. Dirigimos nuestra mirada a un techo colorido que hace buena pareja con los cojines de algunas sillas, estampados con un arcoíris. El Café Macondo está decorado con objetos étnicos que impregnan el lugar con ramalazos exóticos. Es Luisa quien nos sirve una Rosa Blanca y nos cuenta de qué consta el menú completo. La cosa no puede empezar mejor porque de primero hay una crema, y nos han dicho que estas son un verdadero deleite para los sentidos. El segundo consiste, tal y como ellas lo denominan, en un “no pollo” a la vasca que nos deja bien intrigados. Por eso lo pedimos. Luisa se marcha hacia la cocina. El sorbo de la Rosa Blanca nos recuerda donde nos encontramos: en las entrañas de una Mallorca en la que se escuchan los ecos de una música latinoamericana. Así es el Café Macondo.
La crema no se hace esperar demasiado. Luisa la dispone sobre nuestra mesa. Su color es anaranjado porque sus ingredientes son la zanahoria y la calabaza, bien especiadas. El espesor de este primer plato está coronado por dos láminas de pan. Basta una cucharada para confirmar aquello sobre lo que nos habían avisado: efectivamente, estamos ante un puré riquísimo, suave, dotado de un sabor a fruta y verdura acentuado por las especias que flotan en el cuenco para contrarrestar el dulzor de la calabaza. Cuando nos enteramos de que el primer plato siempre es una crema, no nos sorprendemos. Nos demoramos tanto como podemos mientras la saboreamos.
El segundo aparece en nuestra mesa para resolver el misterio de antes. Se trata de un guiso compuesto por arroz blanco, ajo, cebolla y pimiento rojo y verde. Un conglomerado de ingredientes aderezados en salsa de tomate y una heura que le coge el relevo al pollo. No podemos pedirle más a esta versión vegetariana de un plato arraigado en la cultura euskaldún. Una receta que se sirve caliente para este otoño que ya aprieta, y que sabe a elaboración casera gracias a una heura que lleva el peso del plato. Nos sentimos como en casa en el Café Macondo, que cuenta con un huerto urbano del que extraen buena parte de sus ingredientes. Los postres vienen en forma de yogur natural con cereales y tropezones de fruta que mezclamos en una vajilla de coco.
Antes de marcharnos, le damos la enhorabuena a quienes capitanean este local: a Luisa y Luna. Dos personas concienciadas que imparten talleres para mujeres en situación vulnerable en su local. Chapó para el Café Macondo.
El segundo aparece en nuestra mesa para resolver el misterio de antes. Se trata de un guiso compuesto por arroz blanco, ajo, cebolla y pimiento rojo y verde. Un conglomerado de ingredientes aderezados en salsa de tomate y una heura que le coge el relevo al pollo. No podemos pedirle más a esta versión vegetariana de un plato arraigado en la cultura euskaldún. Una receta que se sirve caliente para este otoño que ya aprieta, y que sabe a elaboración casera gracias a una heura que lleva el peso del plato. Nos sentimos como en casa en el Café Macondo, que cuenta con un huerto urbano del que extraen buena parte de sus ingredientes. Los postres vienen en forma de yogur natural con cereales y tropezones de fruta que mezclamos en una vajilla de coco.
Antes de marcharnos, le damos la enhorabuena a quienes capitanean este local: a Luisa y Luna. Dos personas concienciadas que imparten talleres para mujeres en situación vulnerable en su local. Chapó para el Café Macondo.
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